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La presencia estremecedora que ahora tiene

[Este es un fragmento de mi novela Serás mi tumba.]


Piensa, mientras hojea el periódico atrasado que guardaba en el petate, en las mujeres a las que amó antes de la guerra, en las que ha amado después de la derrota, y se imagina a sí mismo muerto sobre las hojas caídas en el bosque para alfombrarlo y darle la presencia estremecedora que ahora tiene.
La muerte aparece tantas veces en su vivir superviviente que es su mejor amiga, su auténtico amor al que no quiere ni puede aproximarse porque le duele más que lo ama. Esquiva y lejana pero tan cotidiana, aletargada entre los árboles que pueblan los montes donde él mismo se confinó a cambio de la tortura de los guardias y el suplicio de la derrota sin barrotes.
En el diario se ve al dictador rodeado de gentes de iglesia y de militares que le saludan con una relevancia infatuada, los unos con aire bobalicón aunque terrible, los otros como una absurda hipérbole de lo castrense. Pero si la imagen es patética hasta la náusea, las palabras impresas escupen las mentiras habituales de los poderosos en tierra de pobres. Y el fútbol… Él pasa rápidamente las páginas para llegar a las dedicadas a los deportes, con Joaquín vestido de portero del Racing, que es lo que ya era el padre antes de la guerra y lo que sigue siendo el hijo tantos años después de debutar en el equipo de primera división en los años de mayor hambre, Joaquín, su amigo Joaquín.
Las mujeres vuelven cuando cierra los ojos y se ve a sí mismo junto a Joaquín y Cuca y Carmina, en los meses en los que comenzó a frecuentar la Casa del Pueblo sin poder intuir que eso le iba a suponer un futuro de emboscado. Había que trasladarse a Atos para poder ir al cine, y allí están ahora los cuatro dentro del cerebro y el alma de su cerebro y de su alma, sentados él con Carmina y Joaquín con Cuca, soñando lo que la pantalla plasma en la oscuridad de la sala tan fría y tan húmeda. Carmina, su pelo negro y su sonrisa de felicidad apabullante, la mirada que le transformaría a él en un hombre para siempre.

Sonríe cuando lee que el Racing tiene un buen equipo que ha sido capaz de ganar al Atlético de Bilbao en San Mamés, y se imagina por un segundo en las gradas de Santander aplaudiendo a los jugadores cuando les visita el gran Real Madrid. Él habría sido un buen delantero centro. Pudo. Y patea una piedra con más estilo que ímpetu allí arriba, en el lugar donde se ha jurado a sí mismo que será su tumba.

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