Sobre la Historia (sobre tenerla en cuenta, y no ignorarla) en los tiempos que vivimos reflexionaba el historiador Anaclet Pons en su libro El desorden digital. Guía para historiadores y humanistas. En este mundo cambiante, “muy pocos son los que pueden presumir de comprender esa mutación”. Ahí entramos en juego los historiadores, que nos aprovechamos de que “escribimos de forma retrospectiva, no prospectiva, una vez creemos saber cómo terminaron las cosas”. Esa es la razón de que nunca podamos dar por concluida nuestra labor: “reescribimos porque el pasado nunca deja de pasar”. Como “sabemos quién es el asesino”, dicho “descubrimiento nos permite atribuir determinado significado a lo ocurrido”. Pero no se trata de algo que ocurra “porque el desvelamiento haga irremediables todas las acciones anteriores, no sucede porque ahora descubramos su propósito oculto, sino porque es ese final y no otro el que las reordena”. No. Nada es irremediable, como tampoco nunca el colofón es algo definitivo, “pues nuevos hechos, diferentes procesos, variadas experiencias irán reafirmando un sentido o una perspectiva, o rescatarán otros distintos, nuevos u olvidados”. Y ahí entra en juego la distancia, algo que procuramos los historiadores “para entender que nuestro antepasado nos rehúye, que hemos de acercarnos a él con sus categorías, pero la pretendemos para ganar en profundidad, en complejidad”.
[…]
Y ahora, vayámonos a mediados del
siglo XVIII, para reflexionar sobre lo
que hacemos los historiadores.
El ilustrado y enciclopedista francés
Jean Le Rond d’Alembert —en el ‘Discurso preliminar’ de la Enciclopedia, o Diccionario razonado de
las ciencias, las artes y los oficios, donde, según nos explica Jorge Volpi en La invención de todas las cosas,
“emprende una historia general del saber”— dividió en tres las formas del
pensamiento (y lo que siguen son las palabras del propio Volpi para resumir el
asunto):
“La memoria,
a partir de la cual se genera la Historia; la reflexión, que da
paso a la Filosofía (y a la filosofía natural); y la imaginación,
o imitación de la naturaleza, de la que surgen las Artes y las Letras”.
Aunque yo uniría a las tres, a la
memoria, a la reflexión y a la imaginación, para explicar de dónde sale aquello
que escribimos los historiadores. Porque sin memoria (documental), sin
reflexión (para comprender) y sin imaginación (para completar sin desvaríos
arbitrarios lo que la memoria documental no nos muestra), la Historia no es
posible. La Historia, esa ciencia
literaria.
Este texto pertenece a mi artículo ‘La Historia, esa ciencia literaria’, publicado el 27 de marzo de 2026 en Historia 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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