España culminó en los tres últimos lustros del siglo XX un proceso de modernización basado en cuatro ejes: la consolidación democrática; el “Estado social” (no sería apropiado aplicarle, en puridad, el concepto de “Estado del bienestar”, en crisis en el mundo occidental desde hacía una década, pues aquí no se acompañó de pleno empleo); el desarrollo autonómico; y su integración en la Europa comunitaria.
Transitaba el año 1986 y la historia daba un giro de 180º en comparación a 1936. Cincuenta años después, parecían enterradas las heridas de la Guerra Civil y empezaba a perfilarse como modélico el proceso de transición a la democracia. Atrás quedaban tanto penurias pasadas como algunas de las cuestiones pendientes (autoritarismo, centralismo, aislamiento o militarismo) de la contemporaneidad española.
El éxito con que empezaba el periodo pasaba la prueba
del nueve en el mítico “92” con dos grandes hitos
internacionales, la Expo y los Juegos Olímpicos,
celebrados en Sevilla y Barcelona, respectivamente. Ambos acontecimientos
situaban a España en el mapa de la modernidad, mostrando
una imagen exterior del país que superaba los manidos tópicos y poniéndolo a la
altura de la Europa más avanzada.
Pero las enormes expectativas quedaron, en parte,
frustradas (Ysàs, 2011). El partido dominante que había pilotado la
transformación, el PSOE, y su líder, Felipe
González, se habían ido dejando buena parte de la credibilidad por el
camino, mientras se fortalecía y reorganizaba la oposición. La crisis
económica y los casos de corrupción,
vinculados al Gobierno y al partido que lo sustentaba, fueron el caldo de
cultivo en que crecieron las expectativas del Partido Popular (PP),
nacido como una refundación de Alianza Popular, tres años después de haberlo
hecho Izquierda Unida (IU), que
venía de una peculiar manera de rescatar la crisis del Partido
Comunista de España (PCE) federándolo con otras organizaciones de
izquierdas. Si el PP (refundado en 1989) representaba la
reorganización del centro-derecha como alternativa de poder, IU (fundado en
1986) lo hacía con los partidos situados a la izquierda del PSOE pero
anteponiendo los principios a la victoria. Los grandes sacrificados fueron el
centro (la UCD se desplomó en 1982 y el Centro
Democrático y Social-CDS, de Suárez, una década después) y el PCE
(integrado en IU).
El año 2000 puso el broche de oro a una etapa exitosa
iniciada por un partido (PSOE), que había perdido la guerra, y culminada por
otro (PP), cuya génesis debía a un ex ministro de Franco (Fraga) y liderado
por José María Aznar; su mayoría absoluta en las
elecciones situó al país en el selecto club del euro.
La imagen de fracaso, ligado al inicio de la centuria,
había quedado también atrás. Había historiadores que interpretaban la historia
de España como un “desafío de la modernidad” (Fusi, Palafox, 1997) o daban las
“claves de la profunda transformación de España” (Powell, 2001). Y sociólogos
que analizaban las “tres décadas de cambio social en España” (González,
Requena, 2008), que habían dejado un país tan distinto al de generaciones
anteriores. Nadie podía sospechar el alcance real de la crisis
económica e institucional que se avecinaba, que ha propiciado que se
retomen estereotipos pasados.
En el espejo
europeo
Una mirada tres décadas atrás nos descubre el arranque
del sueño comunitario. El inicio del año 1986 coincidía con la integración
española en la CEE y apenas tres meses después, el 12 de marzo,
se celebraba el referéndum sobre la permanencia
en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
El anhelo europeo llegaba con incertidumbres en torno
a expectativas exageradas y a su trabazón con la defensa del mundo occidental,
pues el Gobierno de Calvo-Sotelo había dejado como
herencia la pertenencia a la Alianza Atlántica. Felipe González, que había
aprovechado, en el pasado, protestas y manifestaciones populares contrarias a
la misma, se había comprometido a someter a referéndum la continuidad de España
si ganaba las elecciones de octubre de 1982, como así hizo y, por goleada.
Cuando apenas faltaban tres meses para agotar la legislatura y disfrutaba de
las mieles comunitarias llegaba la ansiada consulta. En el camino, el
líder socialista había pasado de oponerse a su entrada a negarse a su
salida. El argumento empleado se basaba en el ejemplo francés, desarrollado dos
décadas antes por el general De Gaulle: permanecer en la Alianza pero fuera de
su estructura militar. La consulta se complicó por su carácter no vinculante y
la ambigua formulación de la pregunta:
“El
Gobierno considera conveniente, para los intereses nacionales, que España
permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se
establezca en los siguientes términos: 1º La participación de España en la
Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar
integrada. 2º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir
armas nucleares en territorio español. 3º Se procederá a la reducción
progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España. ¿Considera
conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos
acordados por el Gobierno de la Nación?”
La participación no llegó al sesenta por cien y el
resultado fue favorable a la posición gubernamental (52,5%
de síes frente al 39,8% de noes). Pero el “no”
ganó en Cataluña, Euskadi y Navarra. Y Manuel Fraga, lejos de plasmar en las
urnas su nítida apuesta atlantista, apostó por la abstención, creyendo que así
desgastaba más a un ejecutivo socialista que había evidenciado sus
contradicciones. Como tal cabe interpretar que el socialista Javier
Solana (ministro, sucesivamente, de Cultura, Educación y Asuntos
Exteriores en gobiernos de González) presidiera la OTAN entre 1995 a 1999.
El cambio de actitud ante la OTAN lo había gestionado,
desde el ministerio de Defensa, Narcís Serra, que dejó la
alcaldía de Barcelona para desempeñar una cartera en la que permaneció casi una
década. No lo tenía fácil pues las Fuerzas Armadas estaban acosadas desde
dentro por golpistas (estaba reciente el 23-F) y desde fuera por terroristas.
Por otra parte, su bagaje militar era mínimo y ni siquiera había cumplido la
mili. Pero su reforma del Ejército contribuyó a modernizarlo y democratizarlo.
Con una España integrada en la CEE y la Alianza
Atlántica, parecían conjurados los fantasmas del pasado y culminado el sueño
europeo. El maratón negociador para entrar en la Europa comunitaria, iniciado
por Adolfo Suárez, tuvo su primer fruto con el ingreso de España en el Consejo
de Europa (noviembre de 1977); pero el bloqueo francés, sometido a la presión
de sus agricultores y pescadores, temerosos de la competencia de los productos
españoles, mantuvo la petición española en el limbo durante ocho años. Las
reformas socialistas habían demostrado que el Gobierno español había hecho sus
deberes. El Consejo Europeo de Bruselas (fines de marzo de 1985) autorizó la
integración española, culminando largas y difíciles negociaciones. El ministro
de Asuntos Exteriores, Fernando Morán, firmó el Tratado
de Adhesión a las Comunidades Europeas el 12 de junio de 1985. El 1 de
enero de 1986 España se convirtió en un país miembro de pleno derecho de la
CEE. Las reticencias del presidente francés, Giscard D’Estaing, fueron superadas
con la llegada al poder del socialista Mitterrand y el apoyo alemán a su
ingreso. A cambio, España debió aceptar unas condiciones bastante
duras y largos períodos transitorios para sus productos agrarios
(en especial para frutas, hortalizas y aceite de oliva, hasta 1996) y para
pescar en caladeros comunitarios (hasta 2003), aunque, en la práctica, se
acortaron.
Pese a los sacrificios requeridos a España para la
integración de pleno derecho en la CEE, el balance fue
muy positivo en sus primeras décadas. Antes
de que la crisis hiciera acto de presencia, se hablaba de simbiosis e
influencias mutuas entre Europa y España (Morata, Mateo, 2007) y se llegó a
calificar la política regional de la sucesora de la CEE, la Unión
Europea (UE), en España como la “mayor operación de solidaridad de la
historia”, capaz de gestar un modelo de prosperidad y bienestar únicos en el
mundo (Benedicto Solsona, González Ballvé, 2007).
En el espejo
socialista. Del partido hegemónico al bipartidismo
El llamado felipismo abarca
la etapa de gobierno más prolongada de la democracia española. Durante los tres
lustros que van de 1982 a 1996, se pasó de un sistema de partido
hegemónico (con sucesivas mayorías absolutas de Felipe González
en 1982, 1986 y 1989) a uno bipartidista, con PSOE y PP protagonizando la
alternativa política hasta la actualidad. Su origen se sitúa en 1989, su puesta
de largo en 1993 y su estreno en 1996.
El “pragmatismo y sentido de Estado” de la primera
legislatura, basado en el saneamiento y el reajuste económico para
reducir la inflación y el déficit público, provocaron los primeros desencantos
en sectores que habían apostado por el cambio socialista; pero también vino a
asegurar sus triunfos posteriores, con la tarjeta de visita de la
modernización, el progreso y la integración europea (Fusi, Palafox, 1996).
El relativo desgaste de su primera legislatura no
impidió la nueva victoria de González, por mayoría absoluta, en las elecciones
de 22 de junio de 1986. Aunque había perdido, respecto a las elecciones de 28
de octubre de 1982, un millón doscientos mil votantes (los que van de los 10,1
a los 8,9 millones) y dieciocho escaños (de 202 pasó a 184), también había
visto reducidos los suyos (trescientos mil sufragios, de los 5,5 a los 5,2
millones, y dos escaños, pasando de 107 a 105) el principal partido de la oposición,
la Coalición Popular de Fraga, pagando así su
ambigüedad en el referéndum de la OTAN.
La gran novedad de estas elecciones de 1986 fue la
presencia de una nueva formación política, Izquierda Unida, que apenas logró
siete escaños y quedó por debajo del cinco por cien de los sufragios. Reciente
aún la expulsión de Santiago Carrillo y sus
seguidores del PCE en 1985 (Carrillo fundó el Partido de los Trabajadores de
España-Unidad Comunista, fuera de IU), Izquierda Unida, liderada por el minero
asturiano Gerardo Iglesias (sucesor de Carrillo en
el PCE), no logró ilusionar suficientemente al electorado desencantado con el
gobierno socialista. Aquella primera IU incluía a los prosoviéticos del PCPE, a
ex socialistas del PASOC y a otras fuerzas a la izquierda del PSOE, tan
heterogéneas como el Partido Carlista, el Humanista o Izquierda Republicana.
Novedoso, por relevante, fue el resultado del Centro
Democrático y Social (CDS), el partido de Suárez, el tercero en número de
escaños, pasando de los dos de 1982 a los diecinueve de 1986, tras obtener más
nueve por cien de los sufragios.
El cartel electoral de González en 1986 era muy
diferente del anterior. Si en 1982, un joven Felipe miraba hacia su izquierda
con el azul celeste al fondo, bajo el lema “Por el cambio”, cuatro años después
aparecía su rostro en primer plano, sobre fondo vegetal, mirando de
frente, con una leve breve sonrisa, y vistiendo traje claro y corbata, para
trasladar una imagen de seguridad que reforzara el lema “Por buen camino”. En
el referéndum se había jugado su prestigio y su victoria fue pírrica. Con su
política de reconversión industrial le volvieron la espalda numerosos obreros.
Pero su apuesta europea y el crecimiento económico daban un margen de confianza
que supo aprovechar.
Los temores de los sectores más tradicionales se
habían disipado. El PSOE había perdido peso entre los obreros pero
conservaba el apoyo de las clases medias y urbanas, que inclinaban la
balanza del triunfo electoral. Había provocado las primeras decepciones pero
logrado sus principales objetivos: consolidar la democracia y modernizar el
país.
A mediados de los ochenta, el PSOE dominaba la mayoría
de las instituciones y era difícil que fuera desbancado del poder. Las
principales capitales españolas (Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia) y las
comunidades autónomas de referencia (Andalucía, Madrid, Comunidad Valenciana)
mantuvieron gobiernos socialistas durante esta década.
La principal alternativa era la derecha conservadora
de Manuel Fraga, la Coalición Popular (de AP y sus socios, PDP y Partido
Liberal) que no consiguió superar la debilidad con que nació. Ni en 1982 ni en
1986 había podido superar el 26% de techo electoral. Ganar el centro, con el
CDS de Suárez como principal referencia, no era posible con Fraga. Sacrificó su
presidencia de AP temporalmente y tuvo que retomarla dos años después, tras el
fracasado y fugaz liderazgo de Antonio Hernández Mancha.
Buscando constituirse en alternativa real, paso a denominarse Partido
Popular en 1989, al fusionarse los tres partidos de la Coalición
y aupar a un nuevo candidato, José María Aznar, ex
presidente de la Junta de Castilla y León. Fraga, recompensado como presidente
fundador en abril de 1990, no vio superado su techo electoral hasta 1993 (con
el 34,8%).
Las elecciones generales de 29 de octubre de 1989,
celebradas tras la primera gran huelga general de la democracia
(14-D, que tuvo lugar el 14 de diciembre de 1988),
que ganó el pulso al ejecutivo de González, arrojaron una nueva
mayoría absoluta socialista, aunque más ajustada que nunca (175
diputados). Con poco más de ocho millones ciento quince mil votos, el PSOE
había perdido dos millones de votantes en siete años. El cartel electoral
presentaba a un Felipe González más envejecido sobre un fondo neutro con el
lema de “España en progreso”. Sin el carisma de antaño, aparecía como el
gobernante que necesitaba un país que se preparaba para los dos acontecimientos
más relevantes en el plano internacional de su historia reciente, la Exposición
Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona.
La imagen de su contrincante, un joven Aznar al frente
del nuevo Partido Popular, en mangas de camisa, corbata y amplia sonrisa
delante de un cielo azul acompañaba al lema “¡Palabra!”, la que parecía faltar
al líder socialista. Sin embargo, Aznar prácticamente clavó los últimos
resultados de Fraga en porcentajes, escaños y votos. El techo electoral no
variaba con el cambio de partido pese a que contar con un nuevo aliado
mediático, el diario El Mundo, de Pedro J. Ramírez,
que nació en plena campaña.
Como tercero en discordia apareció Julio
Anguita, ex alcalde comunista de Córdoba y nuevo líder de IU, que
–aprovechando los ecos del 14-D— consiguió duplicar ampliamente en votos y
escaños el resultado de Iglesias, al superar el nueve por cien de los sufragios
y diecisiete escaños en 1989. Por detrás quedó el CDS de Suárez, que perdió
tres escaños respecto a 1986, iniciando un declive que culminó con la dimisión
de su líder en 1991. Para entonces, el PP había integrado a antiguos dirigentes
ucedistas y asumido un viraje hacia el centro-derecha para capitalizar el
desgaste del electorado socialista.
En las elecciones de 6 de junio de 1993, el PSOE de
González consiguió contradecir las encuestas y vencer, por escaso margen, al
emergente PP. Con 159 escaños y más de nueve millones ciento cincuenta mil
votos, había recuperado votantes y superado a su mayor contrincante en cuatro
puntos. Con un gobierno de mayoría relativa, recurrió
a pactos puntuales con los nacionalistas vascos y catalanes. La
corrupción, la crisis económica y el fuerte desgaste político habían ido
minando al felipismo pero aún no habían conseguido derrotarlo. Con los lemas
“Vota futuro” y “Por el progreso de la mayoría”, los publicistas socialistas
recurrieron en campaña a la imagen del doberman, representado en un PP
vinculado al pasado franquista, removiendo una historia que, hasta
ese momento, apenas se había usado como arma arrojadiza en campaña. La
otra novedad fue el doble debate televisivo, en Antena3 y Telecinco, dos de los
tres nuevos canales privados de televisión nacidos a inicios de los años
noventa. Con casi el treinta y cinco por cien de los sufragios obtenidos, Aznar
presentaba los resultados más brillantes del centro-derecha español (mejorando
notablemente los obtenidos por UCD), a quien habían votado más de ocho millones
doscientos mil españoles. Mientras IU continuaba su ascenso electoral
(cuatrocientos mil votos más, superando por primera vez los dos millones)
aunque apenas se traducía en un escaño más, pasando de diecisiete a dieciocho.
En el espejo de
la modernidad y el bienestar. Las dimensiones del cambio
El mismo Gobierno que había ejecutado la reconversión
industrial, liberalizado la economía y disparado la conflictividad laboral para
aumentar la competitividad y la integración europea puso en marcha
un Estado social. En esto sí aplicaron los gabinetes socialistas
el programa electoral, con el bienestar europeo como modelo.
El ingreso en Europa relanzó la economía
española. Un crecimiento superior a la media europea del PIB, en torno
al 4,5%, entre 1986 y 1990, permitió reducir el desempleo a niveles similares a
los de 1982 (16%). Era fruto de un marco económico más saneado y productivo, de
una reforma fiscal que duplicó ampliamente el número de contribuyentes y de una
fuerte inversión pública en infraestructuras (se triplicó la red de autovías y
autopistas, entre 1985 y 1992, y se inauguró el AVE Madrid-Sevilla en 1992).
La bonanza permitía afirmar en 1987 al ministro de
Economía, Carlos Solchaga, que España era un país donde
se podía ganar dinero rápidamente. Banqueros, financieros y nuevos empresarios
protagonizaban la vida social (desde los “Albertos”, es decir Alberto
Alcocer y Alberto Cortina, ambos primos, a Mario
Conde o Javier de la Rosa pasando por
las hermanas Koplowitz o Emilio Botín)
en una cultura del glamour y el enriquecimiento que
provocaba tanta admiración como rechazo.
Los grandes sindicatos (UGT
y CC.OO.) denunciaban que el crecimiento económico no iba acompañado de un
reparto de la riqueza y que si habían aceptado sacrificios de los trabajadores
en el pasado era a cambio de socializar beneficios con el cambio de coyuntura.
Su estrategia de presión al gobierno socialista pasó por la convocatoria
conjunta de una huelga general el 14 de diciembre de 1988 (14-D), que
paralizó el país y obligó a González a rectificar su propuesta de plan de
empleo juvenil, que introducía la fórmula de los contratos temporales. Y, en
definitiva, puso en evidencia el distanciamiento definitivo de dos
organizaciones “hermanas”, UGT y PSOE.
La presión sindical no tenía en cuenta los avances en
el bienestar de los españoles pues fueron los gobiernos de Felipe González
quienes universalizaron tres derechos sociales básicos: salud,
protección social y educación. La prosperidad permitió al Gobierno
socialista extender las prestaciones sociales, aumentando el gasto en
pensiones, sanidad y educación en 4,1 puntos del PIB entre 1982 y 1992.
Desde el ministerio de Sanidad y Consumo, Ernest
Lluch garantizó el derecho a la salud con
un extenso sistema sanitario y ampliando la cobertura sanitaria a la totalidad
de los españoles. Por su parte, el derecho a la protección social amplió
su cobertura a un mayor porcentaje de parados y se extendió a las pensiones no
contributivas y asistenciales y a ingresos mínimos para los sin recursos. Los
pensionistas se duplicaron en España entre 1977 y 1992, desde los cuatro
millones a los cerca de ocho.
El cambio en la política educativa fue
también muy relevante. El ministro de Educación, José María
Maravall, impulsó la Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE,
1985), configurando un modelo de educación primaria y secundaria pública y
única. Con la Ley Orgánica de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE, 1990),
el derecho a la educación se amplió hasta los
dieciséis años, aunque no se realizó una evaluación rigurosa de los recursos
financieros para su aplicación. Previamente, en agosto de 1983, se había
regulado la autonomía universitaria con la Ley de Reforma Universitaria (LRU),
que reestructuró su organización docente y planes de estudios. España se situó
entre los primeros países europeos en porcentaje de universitarios, mientras se
triplicaban las becas y nacían varias universidades o el plan nacional de I+D.
La LODE y la LOGSE se venían a sumar a otro de los
frentes abiertos con la jerarquía eclesiástica, la despenalización
del aborto en tres supuestos (1983), sin duda uno de los derechos
sociales más relevantes conquistados en estos años pues reflejaba una apuesta
del Gobierno socialista por avanzar en la igualdad entre el hombre y la mujer,
en un contexto de incremento de población activa entre las mujeres.
La Conferencia Episcopal, que
consideró las leyes educativas y el aborto como una provocación, impulsó una
estrategia movilizadora y de encuadramiento de los católicos (López Villaverde,
2013). Aunque el ejecutivo socialista hizo concesiones económicas y normativas
(la asignación tributaria del 0,539% para la Iglesia, la institucionalización
de la enseñanza privada concertada con fondos públicos, pero bajo control de la
comunidad educativa, o el establecimiento de la asignatura de religión
obligatoria para el centro y optativa para el alumno), el episcopado mantuvo
sus principios neoconfesionales (en la línea marcada en el Vaticano por Juan
Pablo II), plasmados en su documento “La verdad os hará libres” (noviembre de
1990).
También hubo cambios en política cultural. Con Javier
Solana al frente, se ampliaron notablemente los presupuestos del
Ministerio de Cultura, además de apostar por la gratuidad de los
museos (1983) e inaugurar el Arqueológico de Mérida y el Centro de Arte Reina
Sofía (1986). Con su sucesor, Jordi Solé Tura, abrió sus
puertas el Museo Thyssen-Bornemisza (1992). También renació la vida cultural,
con una oferta creciente, mientras la “movida”, en Madrid o
Vigo o tantas y tanas ciudades españolas, coincidía con la edad de
oro del pop español.
La expansión económica culminó en 1992, con
las dos grandes celebraciones ya citadas que mostraban al mundo el éxito de la
imagen de España: los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal
de Sevilla.
En el espejo
deformante del terrorismo
El Gobierno socialista heredó el problema terrorista.
Aunque ya habían perdido peso el terrorismo de extrema derecha y del GRAPO y
desaparecido la rama político militar de ETA (ETA-pm), la
banda terrorista vasca siguió actuando de manera sangrienta en su particular
“guerra de desgaste” contra el Estado, para que cediera ante su chantaje,
sangre y extorsión. Si bien lejos de las cifras de fines de los setenta (con
más de ochenta asesinatos anuales), los gobiernos de González tuvieron que
hacer frente a un alto tributo en sangre, que osciló entra la veintena y la
cuarentena de asesinatos. No obstante, hubo circunstancias diferentes, debido a
la nueva actitud de los gobiernos vasco y francés.
El relevo político en la lehendakaritza, tras la
salida en 1985 de Carlos Garaicoetxea (que rompió
con el PNV y fundó un nuevo partido
nacionalista, Eusko Alkartasuna), vino de la mano del más
conciliador José Antonio Ardanza,
que mejoró las relaciones con el Gobierno socialista de Madrid. Incluso, en
1987, la entrada de algunos socialistas vascos en su ejecutivo autonómico,
facilitó avances en la lucha antiterrorista.
La normalización de las relaciones con
los nacionalismos vasco y catalán se tradujo en el traspaso de
competencias previstos en sus estatutos de autonomía y en la colaboración
gubernamental (los socialistas entraron en el Gobierno vasco junto al PNV hasta
1998) y la cooperación institucional (los Juegos Olímpicos de Barcelona se
desarrollaron con un gobierno central y un ayuntamiento socialistas pero una
Generalitat nacionalista).
Contra la violencia terrorista de ETA, el
gobierno de González usó las diferentes tácticas posibles.
Más allá de sus resultados prácticos, se constató el final de la imagen
romántica que había conservado ETA entre los sectores independentistas y en
parte de la izquierda o en Francia, donde se hablaba de luchadores por la
libertad.
La vía diplomática, orientada a
la cooperación con Francia, logró que, desde 1984, las autoridades francesas
colaboraran con las españolas más estrechamente, retirando la condición de
refugiados políticos a los etarras y extraditando a los que tenían causas
judiciales pendientes. La culminación de esta colaboración fue la
desarticulación de la cúpula de ETA en Bidart en 1992.
La política de reinserción fue
continuista respecto a la de gobiernos anteriores y estaba dirigida a los
etarras dispuestos a renunciar a la violencia. Paralelamente, para aislar a los
presos de la presión de los abogados y dirigentes etarras, el ministro de
Justicia Enrique Múgica (1988-1991) impulsó la política
de dispersión por toda la geografía nacional, medida ésta que fue
muy criticada por las familias y la izquierda abertzale.
La creación de un frente político contra
el terrorismo tuvo dos focos, Madrid, y Vitoria. En el Congreso
de los Diputados, todos los partidos democráticos firmaron en 1987 el Pacto
de Madrid. En el Palacio de Ajuria Enea, la residencia del
lehendakari, se firmó en enero de 1988 un pacto semejante (Pacto de
Ajuria Enea) por parte de los partidos democráticos representados en
el Parlamento Vasco.
Por último, representantes del Gobierno y de ETA
iniciaron conversaciones o negociaciones directas (como
hicieron todos los gobiernos, desde Suárez hasta Rodríguez-Zapatero) en Argel (1987
y 1988), suspendidas ante la negativa de los terroristas de renunciar a la
violencia. En una de las interrupciones de los contactos, ETA perpetró su
atentado más sangriento; fue el 19 de junio de 1987, en el Hipercor de
Barcelona, que provocó una verdadera carnicería (15 muertos y 35
heridos).
González ante su
espejo roto. La crisis socialista y el fin del mito de Felipe
En los años noventa culminaba el proceso de desarrollo
autonómico, el problema militar había pasado a la historia y España se había
integrado en Europa. Sin embargo, el desgaste del poder socialista había ido
acompasado al ascenso del Partido Popular. Con un creciente poder municipal y
regional en sus manos, el PP se mostraba como alternativa creíble, superando su
pasada vinculación al “franquismo sociológico”.
Los casos de corrupción se
iniciaron en enero de 1990: la escasa transparencia en la legitimidad del
desempeño de ciertos cargos de Juan Guerra provocaron
un año después la dimisión de su hermano, Alfonso, de la vicepresidencia del
Gobierno. Era peccata minuta en comparación con los que se
avecinaban. En mayo de 1991, el diario El Mundo destapó el
escándalo de FILESA, de presunta financiación ilegal del
PSOE. Y en marzo de 1994, el mismo periódico sacó a la luz el protagonizado
por Luis Roldán, que hubo de dimitir como director
general de la Guardia Civil. En julio de 1994, el juez Baltasar
Garzón, que volvía a la Audiencia Nacional tras abandonar el
ministerio y la vida política, reabrió el caso GAL antes
de que prescribiera.
En realidad, los episodios de guerra sucia contra
ETA, protagonizados entre 1983 y 1987 por los Grupos Antiterroristas de
Liberación (GAL), venían a continuar los asesinatos selectivos de supuestos
etarras que, entre 1975 y 1981, había reivindicado el Batallón
Vasco Español (también conocido como AAA, con veinticuatro
asesinatos en el entorno de la izquierda abertzale y el independentismo vasco).
Pues bien, el GAL, compuesto como sus antecesores por mercenarios e individuos
vinculados a cuerpos policiales, provocó veintiocho asesinatos del entorno de
ETA en el sur de Francia, con el objetivo de extender el problema terrorista
allí y que la policía francesa colaborara con la española, acabando así con el
“santuario” de la organización terrorista en suelo francés. Pero el escándalo
no estalló verdaderamente hasta los años noventa, sirviendo para poner contra
las cuerdas a Felipe González (cuya responsabilidad como supuesta “X”, o máximo
responsable, no pudo ser demostrada) y llevando al banquillo y a la cárcel a su
cúpula del Ministerio de Interior (en especial al ex ministro José
Barrionuevo y a Rafael Vera) y a políticos
socialistas vascos.
La corrupción, las revelaciones del caso GAL y los “papeles
del CESID” (turbio asunto de de escuchas ilegales al rey y a distintos
políticos) sirvieron para que el PP de Aznar y la IU de Anguita, junto a
determinados periodistas y periódicos (El Mundo y ABC)
lideraran una campaña feroz que denunciaba el agotamiento del proyecto
socialista y la necesidad de una regeneración moral de la vida política.
Mientras tanto, el PSOE mostraba fisuras internas, entre guerristas y renovadores desde
1991.
La relativa recuperación económica de
1994 y 1995 (que sucedió a la recesión del bienio anterior, en el que la
economía española se había contagiado de la fase recesiva europea), liderada
por Pedro Solbes como ministro de Economía, no
consiguió contrarrestar el ambiente de cambio que destilaban los principales
líderes de opinión. Parecían demasiado alejadas las alabanzas del historiador
norteamericano Edward Malefakis, que había afirmado en un
artículo titulado “El logro socialista”, publicado en El País en
vísperas de las elecciones de 1993, que la etapa socialista había emprendido
una “trayectoria de transformación económica y social rara vez igualada en la
historia de España”. Frente a este relato, un grupo de periodistas de gran
relevancia (calificados por el director de El País Juan Luis
Cebrián como “sindicato del crimen” y englobados en la Asociación
de Periodistas y Escritores Independientes, AEPI, como Luis María
Ansón, Pedro J. Ramírez, Federico Jiménez Losantos, Antonio Herrero, Martín
Ferrand o Martín Prieto, entre otros) hablaban de acoso a la libertad
de expresión y se marcaron como objetivo prioritario provocar la caída del
Gobierno de González; para uno de ellos Ansón, entonces director de ABC,
la etapa socialista había traído “la destrucción
de España”.
Estaban abiertas las puertas para la alternancia,
natural en las democracias consolidadas. Las elecciones europeas de 1994 o las
autonómicas y locales de 1995, ganadas por el PP, ya lo apuntaban. Frente al
desgaste y división socialista, Aznar había consolidado su liderazgo en la
derecha española mientras renovaba el discurso y el programa de su partido,
sobrepasando su electorado tradicional y dirigiéndose a sectores más
centristas.
En el espejo de
la alternancia. El gobierno del PP de José María Aznar
La alternancia llegó tras las elecciones
generales de 3 de marzo de 1996, pero no otorgaron la mayoría absoluta que
esperaba Aznar. Con un envejecido González como contrincante (su
lema “España en positivo”, contrastaba con la cantinela de su oponente en el
Congreso, “¡Váyase, señor González!”), la ventaja del PP apenas superó el 1% y
catorce escaños. En consecuencia, José María Aznar (cuyo rostro joven, en el
que destacaba un mostacho que tapaba su labio superior, sobre un fondo azul
marino aterciopelado, llamaba al electorado a votar a la “Nueva Mayoría”) se
vio obligado a pactar con los nacionalistas catalanes, vascos y canarios con el
fin de mantener apoyos parlamentarios suficientes a su gobierno. También tendió
la mano a los sindicatos.
La estrategia del diálogo y la
negociación dio sus frutos en la primera legislatura del PP,
evitando la conflictividad social. Aquel Aznar moderado confesaba
hablar (contrariamente a los lemas anticatalanes de sus seguidores en la noche
electoral) catalán en la intimidad (sic), se entendía con los representantes
sindicales y ponía fin al servicio militar obligatorio, una medida muy popular
que tuvo que implementar la derecha.
El lado oscuro de su primera legislatura fue el terrorismo
de ETA, que se dirigió de manera especial contra militantes y
concejales populares. Los casos más notables fueron el secuestro de Ortega
Lara (liberado por la Guardia Civil a principios de julio de
1997, tras paras casi año y medio en un zulo) y el asesinato del concejal de
Ermua Miguel Ángel Blanco el 12 de julio, dos días
después de ser secuestrado, pese al clamor popular por su liberación. El
estupor que provocó el lamentable estado en que fue liberado Ortega, sumado al
chantaje y ejecución de Blanco, generó una movilización sin precedentes y dio
nacimiento al “espíritu de Ermua”.
El fracaso de su “guerra de desgaste” llevó a ETA
a cambiar de estrategia (Sánchez-Cuenca, 2001), creando un frente
nacionalista con el PNV para conseguir la independencia por la vía de los
hechos consumados. 1998 trajo importantes novedades en el tema terrorista. Por
un lado, los ecos que llegaban de Irlanda del Norte, por el acuerdo de paz
entre el Gobierno británico y el IRA y los unionistas protestantes para acabar
con un viejo conflicto terrorista. Por otro, el acuerdo de Lizarra (Estella),
de 12 de septiembre, entre organizaciones nacionalistas vascas, para buscar una
solución al conflicto vasco, siguiendo el modelo irlandés. Cuatro días después,
ETA declaró una tregua indefinida, argumentando el cambio de actitud del PNV.
Empezaba ahora la negociación de los terroristas con
representantes del Gobierno del PP, como había ocurrido una década
antes con el gobierno de González. Pero también fracasaron las conversaciones.
El 28 de noviembre de 1999, ETA comunicaba el final de la tregua,
que había sido utilizada para ganar tiempo y recomponer su organización. De
paso, había quedado en evidencia el pacto de Lizarra, que ponía precio político
al abandono de la violencia. De hecho, el año 2000 fue tan sangriento como la
suma de los producidos en los tres años anteriores a la tregua. Una de las
víctimas fue el ex ministro socialista Ernest Lluch.
Pocos días después de su asesinato (8 de diciembre de 2000), PP y PSOE firmaron
el Acuerdo por las libertades y contra el terrorismo para
apartar la política antiterrorista de la confrontación electoral e impulsar
reformas legales para aislar al entorno etarra.
A modo de epílogo
Hasta que se ha hundido la imagen del icono de la
política económica de Aznar, Rodrigo Rato, aparecía
su política económica como exitosa. Es preciso
analizarla. Vista en su conjunto, fue de corte liberal,
con la reducción del papel del Estado en la economía, la privatización de
empresas públicas, la disminución del gasto público y la rebaja de impuestos.
El objetivo era cumplir, antes de mayo de 1998, los objetivos de
convergencia (sobre inflación, deuda, tipos de interés y déficit
público) establecidos en Maastricht, con el fin de que España ingresara en
la Europa del euro. Para reducir la inflación, practicó
una política de contención salarial. Para rebajar la deuda pública, privatizó
empresas públicas rentables (como Argentaria, Telefónica, Repsol o ENDESA),
aumentando, a corto plazo, la recaudación para Hacienda. El déficit se redujo
con la moderación del gasto público y el aumento de los ingresos por la
recuperación económica, basada en buena parte en la liberalización del suelo y
en el boom inmobiliario. También
bajaron los tipos de interés, paralelamente a la inflación. En consecuencia,
España se incorporó a la Europa de la moneda única desde 1999, aunque el euro
no empezó a circular físicamente hasta 2002 (con un cambio fijo de 166,386
pesetas por euro).
La economía española parecía ir mejor que nunca, con
un PIB por encima de la tasa europea y norteamericana. El crecimiento se basaba
sobre todo en el sector inmobiliario y unos salarios a la baja compensados por
unos tipos de interés bajísimos que permitía el endeudamiento a largo plazo en
bienes inmuebles (y de consumo) con la premisa de que el precio de las
viviendas iría creciendo progresivamente. El contexto era de una desregulación
económica que parecía ser positiva para el disfrute de la sociedad, aunque
estuviera en la base de la crisis financiera futura.
Pese a generar con el tiempo una “burbuja
inmobiliaria”, proporcionaba pingües beneficios a la administración pública por
las recalificaciones de suelo público y los ingresos fiscales por las licencias
de obra. También beneficiaba al empleo, incrementado notablemente en el sector
de la construcción y en los sectores dependientes de la misma.
Junto a la mejora de la financiación, la construcción
proporcionó a los regidores municipales una oportunidad para pasar a la
posteridad, contando con “edificios de autor”. Las comunidades autónomas, que
recibieron las competencias en sanidad, educación y servicios sociales, se
sumaron a la fiebre edificadora. El país se llenó de recintos feriales,
polígonos de ocio, museos, paseos marítimos y palacios de congresos, a mayor
gloria del alcalde o presidente regional.
La entrada en el euro en 2002,
tras cumplir los criterios de convergencia, se presentó como el aval definitivo
a esta política económica. El resultado a corto plazo fue un alza de precios
bien visible por la práctica del redondeo.
Para las etapas siguientes, con otras presidencias
socialistas y populares, remitimos al lector a las obras de Ignacio
Sánchez-Cuenca (2012 y 2014) que explican, en el primer caso, la
audacia de los “años de cambio” y la insatisfacción de los “años de crisis” que
marcaron, respectivamente, la primera y segunda legislatura de Zapatero y, por
último, la “impotencia democrática” que nos lleva hasta el presente, con Rajoy.
Bibliografía
citada
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YSÀS, P., ed. (2011), La época socialista:
política y sociedad (1982-1996). Madrid: Marcial Pons, (Ayer, núm.
84)
[Este artículo de Ángel Luis López Villaverde apareció el 10 de mayo de 2017 en la revista digital Anatomía de la Historia que yo dirigí.]

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