Estaba escuchando la preciosa canción de Serrat Decir amigo y al evocar el ámbito personal a que nos retrotrae he reflexionado sobre alguno de los aspectos de estas relaciones que no siempre, desafortunadamente, se conservan.
Los niños y adolescentes hablan de sus amigos como si el mundo fuera, ante todo, una red interminable de nombres propios: cumpleaños, viajes imaginados, tardes compartidas que se encadenan sin pausa. En esa abundancia hay algo casi físico, una prueba de que la amistad, en sus primeras formas, es expansión pura. Pero al escucharlos, uno no puede evitar advertir el contraste: crecer parece implicar lo contrario, una lenta reducción del círculo.
En la vida adulta, la amistad ya no
se multiplica con la misma facilidad. Más bien se erosiona. No por una ruptura
concreta, sino por un desgaste silencioso: los horarios que no coinciden, la
lejanía geográfica, las prioridades que se desplazan, los rasgos que antes eran
tolerables y ahora resultan decisivos. Entre todas los factores de cambio, el
matrimonio destaca como una de las más visibles: la pareja se convierte en el
centro gravitatorio, y los amigos pasan, sin drama, a una órbita más lejana.
La paradoja de la amistad es que
depende de la elección. A diferencia de la familia o el trabajo, no hay una
estructura que la sostenga por sí sola. Esa libertad, que al principio la hace
tan intensa, también la vuelve frágil. Mantener una amistad a lo largo del
tiempo exige una voluntad activa, casi un pequeño acto de resistencia contra la
inercia de la vida adulta.
Quizá por eso, al escuchar a los niños, no solo percibimos su entusiasmo, sino también una forma de advertencia. Ellos aún viven en la edad de la acumulación; nosotros, en la de la conservación. Y en ese tránsito se juega una de las tareas más discretas —y más difíciles— de la vida: decidir a quién seguimos eligiendo.
[Foto: Grupo de jóvenes caucenses, hacia 1977 Retratados en los jardines de la villa de Coca, durante las fiestas de agosto Foto de Jesús El Charro]

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