El notabilísimo periodista y escritor argentino Martín Caparrós publicó su decimoséptima novela en 2025, la extraordinaria Bue. Un canto narrativo de primerísima categoría literaria a su ciudad, Buenos Aires.
“Se
nos acaba el tiempo.
O, como dijo el
otro: ya lo inevitable tuvo hace tiempo lugar.
—No, lo inevitable
no.
—Sí, lo
inevitable.
—Nada es
inevitable hasta después”.
En medio del poderos ruido existencial de la gran ciudad, nombrada así en el libro, Ciudad, gotean a menudo informaciones sobre ese lugar apabullante sudamericanomundialargentinoargentino, esta es la primera, y lo es sobre su origen:
“En 1536, cuando
empezaron a fundarla, la Ciudad era un páramo. Hay lugares que son antes de
ser; la Ciudad, antes que ella, no era nada. Antes de ser, Madrid era la
sierra con mejor aire de Castilla; antes de ser, Roma era la belleza hecha
colinas; antes de ser, Manhattan era un puerto perfecto; México, sin ir más
lejos, siempre fue. La Ciudad, antes de ser, fue un pajonal infame; quizá
por eso tardó siglos en empezar a ser otras cosas, otra cosa. Quizá por eso le
da miedo su origen. Quizá por eso vuelve”.
La Catedral aquí se llama El Tambo (y
El Tambo “se llama El Tambo porque durante años fue una lechería”). Las
conversaciones en El Tambo no son lo único que escuchamos/leemos/vemos en la
fabulosa Bue. Porque la fabulosa Bue es o quiere ser, sin
pretender serlo del todo, lo que quiera que sea hoy esa ciudad que “siempre se
pensó como una ciudad occidental” sin dudar nunca que donde estaba era “un
sitio donde nunca estuvo”. Lo es literariamente, lo es en la ficción de una novela,
que si es como es esta novela, es mucho ser.
[…]
Bue
está presidida por el azar, concretamente por Azar, como un ser
mitológico, porque es vida en estado puro, con sus odios, miedos, ansias,
precauciones, cariños, recelos, infamias, deseos y esfuerzos.
“Llamemos azar al
cruce de demasiadas causas en una encrucijada que estaba preparada para que se
encontraran dos o, como mucho, tres. Lo llamamos azar cuando no somos capaces
de considerar tal maraña de causas —y registrar sus consecuencias. Azar es una
buena manera de llamarlo”.
Los habitantes de la Ciudad no son
sino “piezas de un engranaje que, por definición, no va a ninguna parte”. Azar
acecha (siempre), a menudo Azar se distrae. A la Ciudad únicamente se la puede
pensar “como un sistema en cambio permanente, donde la única constancia es la
inconstancia”. Ese constante cambio inconstante es el verdadero protagonista de
la novela de Caparrós.
“Azar
acecha
pero a veces
—algunas veces—
querría saber por
qué
o incluso
para qué.
Él querría.
No sabe que si
supiera
no sería”.
Las canciones. Suenan canciones en
medio de ese aparente desbarajuste gobernado por la literatura de batuta que
emplea el autor. Muchas canciones. Menciono solamente tres: la conmovedora Ciudad
de pobres corazones, de Fito Páez; el clásico de Soda Stereo En la ciudad de la lluvia;
y el prestigioso tango Uno, escrito por Enrique Santos
Discépolo con la música de Mariano Mores.
“Cada ciudad
tiene una música. Pero no es la que arman sus coches trenes bocinas
manifestaciones; es la música voluntariamente preparada que sus habitantes se
acostumbran a considerar la suya. En la Ciudad el tango ocupó, por mucho
tiempo, ese lugar: ahora la representa tanto como aquellos próceres que
declararon una independencia o algo así hace más de dos siglos. Es suya, pero
es de su museo. Y entonces busca una: es curiosa esa época en que la música de
una ciudad ya no está viva pero aun así la identifica, y esa ciudad todavía no
encontró otra que la podrá identificar y siga viva”.
Martín Caparrós es un
sabio. No cabe duda. Un sabio admirable y necesario. Uno
aprende constantemente cuando le lee. Aprende cosas útiles y aprende cosas
inútiles, todas esenciales. Como que “la felicidad nace de la
desgracia. Y, por desgracia, viceversa”. O lo que le hace decir a un
personaje de esos suyos gigantescos de tan humanos: que la ventaja de los
jóvenes es “que sus caras todavía son capaces de esconder sus almas”, más
exactamente, “que sus caras no son espejo de sus almas, todavía”. También eso que
escribe de que “hay una relación perversa entre la causa y el efecto, las
preparaciones y su uso: el tiempo, se sabe, está mal hecho”.
[…]
Buenos Aires, “una ruina orgullosa de sí misma”; ese ser una ciudad auténtica, “la Ciudad que empezó para ser la capital del mundo y ahora es la ruina de lo que nunca fue”.
Caparrós, que acabó de escribir este
libro en la localidad madrileña de Torrelodones en el año 2024, parece
despedirse de todos nosotros, o parece empezar a hacerlo, él que ha tardado
tanto “en descubrir que el futuro era algo ajeno”:
“Durante mucho
tiempo supuse que el futuro me sucedería a mí también; ahora, que sé que no, no
hay nada que extrañe más que la idea de un mundo muy distinto que nunca voy a
conocer”.
Este texto pertenece a mi artículo ‘Martín Buenos Caparrós Aires’, publicado el 23 de marzo de 2026 en Letras 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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