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Cosas que leo en los libros que leo (XXVII)

Uno lee libros por diversas razones, para asombrarse es una de ellas. Lo que siguen son asombros provocados por los libros que leo.


Los poetas de la Generación del 50 (o del medio siglo)

De izquierda a derecha y de arriba abajo: Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Ángel González, José Ángel Valente, Alfredo Castejón, Jaime Gil de Biedma, Alfonso Costafreda, Carlos Barral y José Manuel Caballero Bonald, en Colliure. Foto de Asunción Carandell

“José Agustín Goytisolo, como Ángel González, Gil de Biedma, José Ángel Valente y otros poetas de la generación del 50 —los niños de la guerra —, ensayaron nuevas formas de decir, retomando el compromiso moral y político de la poesía social y militante anterior, pero desde un intimismo poco afectado por soflamas proselitistas o amaneramientos líricos al uso”.

Fidel Moreno: ¿Qué me estás cantando? Memoria de un siglo de canciones, 2018


El ser humano, su historia

“Desde que emergimos en la zoología, tres millones de años nos separan de las armas y los utensilios tallados en piedra. Después cuarenta mil años de prehistoria. En fin, nueve mil años de historia, que no es otra que la guerra infinita. Los hombres, al finalizar la prehistoria y nacer el neolítico, desgarraron el tiempo hasta premeditar el año y trataron a las plantas, los animales y los hombres como si fueran criadores”.

Pascal Quignard: El odio a la música, 1996

 

La guerra

“Mirando hacia el frente, hacia la línea invisible donde se agazapaba el enemigo, crecía la calma. El terreno era liso y despejado, como un mar de sombras. Hasta Olivares sólo llegaba alguna voz suelta o el estampido de algún motor. Ni un solo disparo. Y, no obstante, miles de hombres se acechaban para matarse, a muy poca distancia unos de otros. Comerían, dormirían, incluso bromearían y soñarían, para, dentro de muy pocas horas, lanzarse a la zarabanda homicida, y matar sin saber a quién se mata o morir sin ver el rostro del matador. A toque de corneta. Cuando lo mandasen.

La noche cóncava y silenciosa era para Olivares como un inmenso grito de protesta contenido, porque bajo aquella tranquila apariencia él advertía un nervio invisible vibrando intensamente, como ese hilo telegráfico que atraviesa la noche de los campos y de los pueblos para anunciar quién sabe qué estremecedoras noticias y que pasa tal vez por nuestro lado sin que podamos entenderlo. Cerebros de hombres calculaban el número de muertos y cerebros de hombres preparaban los terribles lechos de los hospitales de sangre. En, calma. Bajo la noche. Con un cigarrillo entre los labios. Oficio. Desdén. La mecánica de la guerra.

(La verdad es que al contacto con la realidad grosera de la guerra, la literatura revolucionaria y su encendida dialéctica se quiebran y se pulverizan como pura hojarasca. Los dientes de la guerra trituran brutalmente cualquier pensamiento… pero la guerra… Son los lápices rojos, las reglas y los compases, los mapas… Motoristas, órdenes, Estados Mayores, toda una perfecta y complicada organización sobre el comercio de vidas humanas. La muerte objetivada, hecha número… La guerra no sabe para qué funciona. Funciona simplemente. Hombre, es la guerra. Pero… ¡Es la guerra! Y así hasta el final: la guerra sujeto, la guerra protagonista, la guerra razón. ¡Todo para la guerra! ¡Todo por la guerra! ¿Usted qué es? ¿Yo? Un miembro de la guerra, una uña de la guerra, un pelo de la guerra. La guerra es mi padre, mi dios y mi ley. Yo he nacido para eso: para servir a la guerra)”.

Ángel María de Lera: Las últimas banderas (novela), 1967

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