Existe una tetralogía novelesca agrupada bajo el nombre genérico de Los años de la ira, escrita por Ángel María de Lera, que recorre amparada en la ficción narrativa parte de la década de 1930 hasta el final de la siguiente contada desde la óptica vivencial de su autor. Está compuesta por las novelas Las últimas banderas, aparecida en 1967 e insospechado Premio Planeta aún bajo la dictadura del general Franco, Los que perdimos, de 1974 (antes, el autor, entre estas dos primeras, publicó otras dos novelas no pertenecientes a esta serie), La noche sin riberas, publicada dos años después (ya muerto el dictador) y Oscuro amanecer, del año 1977.
Me resistí inexplicablemente —confundido, más exactamente— a leer ninguna de ellas, ni siquiera la muy aclamada (cada vez más, no digamos ahora) primera novela de Los años de la ira, la magnífica Las últimas banderas (la novena de Ángel María de Lera), pero acabé recientemente por ponerme a ello y leída ésta solamente puedo decir de ella que es una brillante obra donde se explica la Guerra Civil española con la calidad analítica de un historiador al mismo tiempo que es una excelente novela en la que la ficción no es una excusa para mostrar lo estudiado, comprendido y explicado, ni esto último, lo analizado, es una rémora para la invención literaria. Ambas fluyen con una naturalidad pasmosa, bajo un estilo sencillo y certero. Puro arte literario amparando la disquisición histórica más reflexiva y juiciosa.
Ángel María de Lera fue fundador, en
1976, en los comienzos indecisos de lo que acabó por suponer la transición
desde una dictadura a la democracia, de la Asociación Colegial de Escritores
(ACE) —que desde 2019 da su nombre al premio que anualmente concede al Fomento
de la Labor del Escritor y de la Lectura—, a la cual me honro en pertenecer.
[…]
Su desaparición desde casi su misma
muerte, en 1984, de los recuentos históricos de carácter literario “tiene mucho
de inexplicable aunque no es difícil, si se indaga, encontrar algunas causas”,
nos dice Rico sobre De Lera. El descrédito del realismo social, la militancia
anticostumbrista en aquellos tiempos de euforia democrática y de movida,
la década de 1980, serían algunas razones, las principales, de esa relegación
continuada en el tiempo.
Voy a Las últimas banderas
(dedicada por el autor al recuerdo de su madre “y de todas las madres españolas
que lloraron la guerra civil”). A lo que he leído al leer esa gran novela
publicada cuando yo apenas contaba con cuatro años de edad y al régimen
franquista salido de la victoria en una guerra civil provocada por sus
componentes le quedaban todavía ocho años de existencia. Comienzo por decir que
no hay en ella nada de esa Tercera España equidistante que acaba por ser casi
siempre de uno de los dos bandos (el ganador) ni tampoco una contundente
pieza militante ciega ante el devenir histórico. Se trata de otra mesura, la
misma que rozando la excelencia se afinca en la sutil literatura de Ángel María
de Lera.
Lo que ocurre durante la novela
ocurre en los días, las semanas finales de la Guerra Civil en Madrid, en
marzo de 1939 (“en balcones, puertas y ventanas se coagulaba la negrura”),
aunque no solamente, pues una serie de eficaces flashbacks continuos
sitúan a los principales personajes en su contexto específico relacionado con
todo el conflicto, desde el golpe de Estado de julio de 1936.
Su principal protagonista es un maestro de escuela andaluz, Federico Olivares (trasunto indudable del autor), que se ve inmerso en lo que da en ser una auténtica guerra civil y sale huyendo de la zona donde ha triunfado el golpe, sabedor de que su carácter revolucionario le puede traer problemas y buscando a su vez combatir a los sublevados. Cuando todo comenzó allá por julio del 36, le dijo a alguien: “Va a haber jaleo, sí”. Y vaya si lo hubo. Aunque, ahora que caigo, el sentido del humor es casi absolutamente ajeno a cuanto leemos. Quizás sea ese un defecto, pero no sé yo si ha de aparecer siempre en el arte. En una narración realista como esta, creo que sí debería. En fin, tal vez sean cosas mías y solo sea por ponerle una pega a este ejercicio literario tan notable. Al fin y al cabo, Olivares/De Lera es capaz de decir que el pueblo español “es un elemento trágico, pasional, y detrás de él no hay nada”.
El miedo empujó a unos contra
otros en aquella tragedia, a unos a provocar una guerra no prevista, a otros a
combatir a quienes atropellaron las libertades. Y este es un libro esencial
para ver aquel miedo.
[…]
De Lera se retrata, anticipa su
delicada función de escritor de cuanto ve y conoce cuando, recién nombrado
comisario político, a su protagonista Olivares (que como sabemos es
literariamente él mismo) le dice un militar que se alegra mucho de su juventud,
porque “así hay más probabilidades de que alguien cuente un día todo esto
que está pasando”. Y lo hizo. Ángel María de Lera/Federico Olivares lo
hizo. Esta es la reflexión de su personaje sobre la guerra, parte de ella:
“La verdad es que
al contacto con la realidad grosera de la guerra, la literatura revolucionaria
y su encendida dialéctica se quiebran y se pulverizan como pura hojarasca. Los
dientes de la guerra trituran brutalmente cualquier pensamiento… […] La
guerra no sabe para qué funciona. Funciona simplemente”.
Porque, no lo olvidemos, Las
últimas banderas, más que un libro sobre la Guerra Civil excelente es un
brillante libro sobre la guerra. Sin apellidos. Un libro sobre la guerra en el
que se puede oír a través del patio de unas viviendas a una mujer cantar Ojos
verdes.
[…]
“La
vida es más fuerte que los seres humanos”.
Este texto pertenece a mi artículo ‘Ángel María de Lera y la realidad grosera de la guerra’, publicado el 2 de diciembre de 2025 en República de las Letras, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.


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