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Sesenta (un poema de Antonio Rivero Taravillo)


Sesenta años hace ya que muero.

Los anillos del árbol se distancian

del eje, el núcleo oscuro de su tierra.

Solo un palmo separa la corteza

del centro de su savia inaccesible.

El tiempo, que es espacio, va despacio

pasando como un tren de mercancías

que no carga el horario en sus vagones

y se toma, tranquilo, todo el tiempo

en este santiamén vertiginoso,

en un pispás lentísimo y sin prisas

hacia un paso a nivel sin más barrera

que el cruce del pasado y el futuro.


Un abrir y cerrar de ojos dura

esta casualidad, el pestañeo,

de ser yo y no una cebra o un martillo,

cajón, abeto, lezna, mosca, efímero;

de ser yo y no una piedra con sus ondas

arrugando la frente de un estanque.

Todavía las aguas están lisas

pero el légamo crece allá en lo hondo.


Seis décadas hace ya que nazco.

En un suspiro todo ha sucedido.

Tres veces veinte giros del planeta:

no sé cuántos kilómetros, millones

que son la caravana de sus órbitas,

las parábolas rápidas del trompo

que ayer no más lancé. Siguen sus vueltas

circulando muy dentro de mis sueños

que un agudo compás dibuja hiriente.


No he cerrado el paréntesis, persisten

bebé, niño, muchacho, hombre adulto,

pero viejo jamás, de eso me salvan

los versos, su obstinado sortilegio

o filtro de una eterna juventud:

si sus acentos marchan como deben,

el pulso no me falla y sigo vivo

latiendo en la armonía de las sílabas.


Sesenta libros ya cumplen mis días,

y están en blanco aún todas sus páginas.

                                       A. R. T., 10-5-2023.

Comentarios

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