Sesenta años hace ya que muero.
Los anillos del árbol se distancian
del eje, el núcleo oscuro de su tierra.
Solo un palmo separa la corteza
del centro de su savia inaccesible.
El tiempo, que es espacio, va despacio
pasando como un tren de mercancías
que no carga el horario en sus vagones
y se toma, tranquilo, todo el tiempo
en este santiamén vertiginoso,
en un pispás lentísimo y sin prisas
hacia un paso a nivel sin más barrera
que el cruce del pasado y el futuro.
Un abrir y cerrar de ojos dura
esta casualidad, el pestañeo,
de ser yo y no una cebra o un martillo,
cajón, abeto, lezna, mosca, efímero;
de ser yo y no una piedra con sus ondas
arrugando la frente de un estanque.
Todavía las aguas están lisas
pero el légamo crece allá en lo hondo.
Seis décadas hace ya que nazco.
En un suspiro todo ha sucedido.
Tres veces veinte giros del planeta:
no sé cuántos kilómetros, millones
que son la caravana de sus órbitas,
las parábolas rápidas del trompo
que ayer no más lancé. Siguen sus vueltas
circulando muy dentro de mis sueños
que un agudo compás dibuja hiriente.
No he cerrado el paréntesis, persisten
bebé, niño, muchacho, hombre adulto,
pero viejo jamás, de eso me salvan
los versos, su obstinado sortilegio
o filtro de una eterna juventud:
si sus acentos marchan como deben,
el pulso no me falla y sigo vivo
latiendo en la armonía de las sílabas.
Sesenta libros ya cumplen mis días,
y están en blanco aún todas sus páginas.
A. R. T., 10-5-2023.

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