Los juegos entre la ficción y la realidad son traicioneros, pero apasionantes, ¿verdad William Beckford? Al ser humano le gusta jugar con lo que se encuentra en el límite de la historia y de la pura invención, y hacerse esas manidas preguntas de qué es verdad o qué es mentira.
En esa frontera difusa, teñida además de una bruma con
infinitas alusiones literarias, se encuentra el personaje de Corto Maltés, el
trasunto aventurero del dibujante y guionista italiano Hugo Pratt (1927-1995).
El marinero irónico, que pasa de viñeta en viñeta reflexionando sobre la
condición humana sin despeinarse, es un icono del siglo XX —ya
también del XXI—, tan real como los habitantes de los libros de Historia. Me
explico.
Pratt le construyó una vida, azarosa, eso sí, habló de
sus ancestros, de sus aventuras de juventud, de su repentina aparición en La
balada del mar salado (por cierto, un álbum tremendamente
interesante) y de sus últimos días pues, al menos, se le pierde la pista como
voluntario de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española.
En las entrevistas que concedía hablaba el dibujante
de Corto como si se tratase de su mánager y daba alguna señal de sus pesquisas
por medio mundo para sus próximas andanzas en forma de álbum. Además, su
creador le hizo coincidir con personajes tan reales como Jack London (La
juventud) o lo dibujaba en escenarios mágicos, aunque reales, como las
calles de Venecia (Fábula en Venecia), la estepa rusa
durante la Revolución de Octubre (Corto en Siberia) o la cubierta
del SMS Königsberg en el África Oriental Alemana (Las
etiópicas).
Es curioso que de historia provenga historieta,
como una palabra derivada que contiene cierto tono despectivo. En una ocasión
Pratt comentó que la historieta podía ser un arte, aunque a él
no le gustaba eso de historieta sino literatura dibujada.
Y, la verdad, lo consiguió con creces. Tal vez ahí se encuentre el encanto de
Corto Maltés, que no es otro que ser un héroe en el cómic,
pero no a la manera de Spiderman, Superman y tantos y tantos personajes
inolvidables, sino rompiendo los límites convencionales de las historia
dibujadas.
La historieta se concibe todavía hoy como una línea
cursiva por debajo de la literatura escrita, de la novela, para que
me entiendan.
Pero el marinero de tantos puertos y de mujeres
inolvidables —perdonen si parece esta disertación el inicio de una copla— ha
superado la barrera de los géneros, pues participa con fortuna de la novela de aventuras,
del documental, de la autobiografía y hasta de la Historia, pues la
mayoría de sus correrías se sitúan en unas décadas muy concretas del siglo XX.
Pratt comentó que Corto Maltés no tiene cabida en el
mundo actual, plagado de máquinas y artefactos electrónicos, porque el singular
marinero del pendiente es un
romántico.
Por eso apetece la lectura de dos libros de reciente aparición: El deseo de ser inútil. Recuerdos y reflexiones y A la sombra de Corto. Conversaciones sobre su obra (ambos en editorial Coincidencias, de lujosa presentación). Los dos títulos no son más que de dos larguísimas conversaciones de Dominique Petitfaux, un experto en el mundo de la historieta, mantenidas con Hugo Pratt en la que se asiste al nacimiento del mito, la oposición enriquecedora entre el autor y sus personajes, y la sucesión de bellas —algunas inéditas— ilustraciones.
Y no deben ser tan sólo libros los que nos acerquen a
Corto sino sus historias, donde se encuentra su encanto, donde el personaje
está vivo. Déjense llevar por sus aventuras en forma de álbum. Una
propuesta: La casa dorada de Samarkanda. Viajen a lugares
exóticos, busquen un tesoro y, una última cosa, no se asusten con la presencia
de Rasputín.
[Este texto de Fernando Martínez apareció el 29 de agosto de 2013 en la revista Anatomía de la Historia, que yo dirigí]



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