Nos explica el historiador Juan Sisinio Pérez Garzón, en su magnífica Breve historia de España, que durante el singular ambiente intelectual del siglo XVIII se produjo en el país una “novedosa polémica sobre el progreso de las naciones y, en concreto, sobre las aportaciones de la propia España”, una porfía provocada por la Enciclopedia francesa, que, en 1782, al publicar la voz España (escrita por Nicolas Masson de Morvilliers) la terminó interrogándose así:
“¿Qué
se debe a España? Y desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace diez,
¿que ha hecho por Europa?”
La Enciclopedia
catalogó, además, “el desarrollo de las artes y ciencias en España como el
propio de un pueblo de pigmeos”.
Aquí, respondió
dos años después el naturalista e ilustrado Antonio
José de Cavanilles, “muy respetado
en Francia”, por medio de un opúsculo (escrito en francés) titulado Observaciones
sobre el artículo España de la Nueva Encyclopedia; mientras la Real Academia Española convocó un concurso para lo que llamó una ‘Apología o defensa de la Nación’.
“Se abrió
una grieta importante —le leemos a Pérez Garzón— entre ilustrados”. De un lado,
por ejemplo, Luis García de Cañuelo, editor del periódico semanal El Censor,
“opuesto a todo tipo de apología nacionalista y dispuesto a aceptar con
tácticas mejorasen el país; y, de otro, escritores como el polemista Juan Pablo Forner, cuya Oración apologética por la España y su
mérito literario “quedó como referencia para el pensamiento reaccionario”.
Ese mismo
pensamiento reaccionario que ahora se afana en defender torpemente esa hispanofilia trasnochada y falsaria suya frente a lo que llama
sin comprender muy bien nada de cuanto analiza hispanofobia. Algo, por cierto, perfectamente contraargumentado
en el mencionado libro de Juan Sisinio Pérez Garzón.

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