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Deseo de ser punk, aquella novela de Belén Gopegui


Es necesario tener una categoría literaria notabilísima para darle voz a una adolescente de 16 años y que esa voz, en realidad su escritura —pues cuanto leemos es lo que aquélla le escribe en un cuaderno a alguien (“me he puesto a escribirte: no eres un puto personaje inventado ni eres mi puto amor platónico, te he encontrado y tú sí tienes música”)— nos llegue poderosa, como la necesaria confusión certera con la que los humanos nos hablamos desde el estupor de no saber por qué el mundo es esa brutalidad imprecisa que a menudo salpicamos de abrazos y canciones. Belén Gopegui la tiene, esa categoría, esa capacidad, esa finura desgarradora, y por eso escribió Deseo de ser punk, su octava novela, publicada en 2009 pero que yo acabo de leer cuando escribo conmocionado lo que estás leyendo.

El título de la novela está inspirado en el poema de Leopoldo María Panero Deseo de ser piel roja, de 1970, con algunos de cuyos versos se abre el libro, a su vez inspirado en un microrrelato de principios del siglo XX escrito por Franz Kafka que, en ocasiones, se traduce como ‘Deseo de convertirse en indio’.

Martina, su protagonista y narradora, es consciente de que a sus dieciséis años todavía no tiene música. Nada más comenzar a leerla ya sabemos que el eje esencial de lo que se nos va a contar está subrayado, guardado por la música. Las referencias musicales irán apareciendo en el libro, una tras otra, vinculadas a los sentimientos de Martina (que odia la música de sus padres “porque en esa música la gente se da pena” y afirma que “toda esa música quejosa está hecha por gente que tiene que hacer algo y, en los ratos libres, como que les da por escribir una canción”). Comenzamos con la canción de 1970 Teach your children, de Crosby, Stills, Nash & Young. Enseguida llega La Oreja de Van Gogh (“no los odio, no se lo merecen”, pero “no cantan aunque canten, no tienen música ni letra ni nada dentro”). Luego Bonnie Tyler con aquella canción de 1983 titulada Total eclipse of the heart; Janis Ian y su At seventeen de 1975 (“me gustaría saltar al puto lugar donde Janis Ian esté cantando y decirle: deja de compadecerte”); Tú tranquila y a lo tuyo del año 1999 cantada por Fe de Ratas; Mi generación, de 2002, de Reincidentes; Enrique Urquijo, Quique González; Maneras de vivir, aquel himno de Leño del año 1981; un tema de Foo Fighters de 2007: The pretender; AC/DC, mucho AC/DC, también Guns N’ Roses (“pusimos Welcome to the jungle, y cuando simulábamos tocar la guitarra en realidad estábamos agujereando el mundo”); los Beatles, por cuya música muestra escasa simpatía la narradoraprotagonista; Knock me down de Red Hot Chili Peppers, de 1989; All the young dudes de Mott The Hoople, de 1970 (“es buenísima: suena y estás dentro, su sonido crea un cuarto diferente del lugar en donde la oyes, un cuarto donde sí puedes quedarte”); Arctic Monkeys o Belle and Sebastian (“grupos que no están mal, aunque me imagino que sirven mejor cuando te gustan las cosas que te rodean, tienes pasta, proyectos, yo qué sé”); la canción de Neil Young de 1979 My my, hey hey (out of the blue), también My my, hey hey (into the black); Alice Cooper; Grândola, Vila Morena, aquella composición de 1964 de José Afonso que diez años después hizo lo que hizo, supuso lo que supuso, en Portugal; Johnny Cash... Y, por supuesto, Gimme danger, la canción estrella de la novela, grabada en 1973 por Iggy and The Stooges.

“Una balada oscura, una de las baladas más poderosas y más oscuras de cuantas han existido, en una versión estremecedora, con un Iggy Pop que te hace entrar en la canción tanto que es como si no sólo se te erizara la piel sino todo, los pulmones, el estómago, el cerebro; la sangre se agita violentamente mientras, por fuera, la banda te acaricia, entonces reaccionarían”.

 

El poder de las canciones es fascinante. En la novela de Gopegui también.

 

“Entrar en una canción tiene que ser como la electricidad: en vez de un sitio, algo que te atraviesa y, mientras lo hace, la atracción hacia unas cosas y la repulsión hacia otras se vuelve muy potente. Tanto que tienes la impresión de estar siendo abducida y ahí estás tú, fuera de órbita, en un sistema planetario nuevo donde importa lo que vibras, deseas, blasfemas y sueñas mientras vives esa maldita canción”.

 

Las canciones se suelen extinguir “sin dejar huella”, pero algunas “son verdad”.

A Martina le fascina que en ocasiones quienes escriben canciones no tienen ni idea de lo que están diciendo, “es lo bueno de la música”. En las canciones no solamente importan quienes las componen o las cantan: “sin nosotros, que escuchamos, las canciones no existirían”.

 

“La música, la de verdad, no suena: te atraviesa el cuerpo de parte a parte”.

 

Las canciones son surcos, dice alguien en la novela, “hay que oírlas varias veces, Y cada vez el surco se hace más hondo, y entonces, cuando la oyes, no sólo oyes la canción sino las emociones de las veces que la has oído”.

Aunque no tiene música, la protagonista admite que, “puestos a tenerla, a lo mejor elegía algo de Extremoduro”, pues lo que le gusta de ellos es “que no se creen nada”. 

 

“Yo creo que cuando encontremos nuestra música podremos mirar a alguien a la cara de igual a igual, podremos decirle que tenemos un código y que queremos conocer el suyo”. 

 

Mientras trata de encontrar su música, Martina (que conoce la hipocresía con que sonríen los que odian) explica sus vivencias, sus tormentos adolescentes, su desconexión, habla, habla y habla. Habla así:

 

“Llega un momento en que las cosas dejan de importarte. Cuando los que te hablan no tienen actitud, oyes llover todo el rato. Como no la tienen, ya pueden venirte con el día de mañana, la materia interestelar o con la historia mundial del hip-hop, no me lo creo. Me parece que si me acerco a cualquiera de esos profesores o profesoras y les pongo un dedo en el hombro, mi dedo índice en su hombro, y empujo un poco, así, y otro poco, pues van y se caen. Y lo mismo mis padres: hablan y oyen canciones pero luego, cuando algo pasa, no se mantienen de pie, se piran o corren a esconderse detrás de una frase. Así que, bueno, resulta que aquí no hay nadie, unos hacen que hablan, otros hacen que escuchan, pero ¿dónde estamos?”

 

La actitud. Lo que hace distinto al rock: la actitud.

 

          “¿Quién no tiene dentro el ego de una jodida rockstar?”

 

Martina no entiende “por qué ayudar tiene que ser difícil, por qué tiene que haber tantas cosas rotas, por qué sólo unas pocas personas se ocupan de arreglarlas”. Pero sí sabe que “consolar a alguien a quien se le ha muerto un ser querido “es completamente imposible: a ver, prueba una frase que no te suene falsa. No hay ni una sola”. También cree saber que “nada está planeado” para que podamos arreglar aquellas cosas rotas, sino más bien “para que vayamos dejando todo atrás, gente partida, rota, y los demás tan tranquilos, como si no nos acordáramos”.

 

“Todos los cabrones de mierda que hacen que la vida nos duela a los demás”.

 

El rock será en la novela lo que más se parece a su música, acaba por creer Martina:

 

“Lo escucho y casi puedo permanecer ahí, como estar en el tejado mirando las estrellas y abajo todos los coches, y poder verte, ya sabes, como un refugio nocturno o, durante segundos, como ese sitio con cuartos y sillones gastados y amplificadores, guitarras, un hornillo y una vieja nevera que podríamos tener”.

 

Martina tiene una actitud punk, quisiera ser piel roja (pero no lo dice porque no conoce, no le hace falta, la expresión), es una destroyer de manual (es un decir, es una destroyer de novela, alguien que ha asumido que para ella, para su generación, “todo va a ser más difícil”), tiene todavía la energía que bastaría para poner el mundo patas arriba y dejarlo ¿aún peor? Gopegui no la ha creado para llegar a esta conclusión, desde luego, y por un momento, uno se pone de su lado, del de Martina, del de la socialmente consciente autora de la novela. Para eso sirve la literatura, para creer lo que escriben quienes quieren que lean lo que escriben y con ello nos conmovamos los que les leemos.

 

“De pronto no aguantas y sales a gritar, y hay más gente como tú, y no me extraña que se acaben rompiendo cristales o quemando los cubos de basura. Porque lo otro, esas manifestaciones a las que van mis padres que están convocadas por los responsables de todo esto y son muy ordenadas, y las pancartas parece que las ha hecho una empresa de pancartas, las personas andan un par de horas y la manifestación termina puntual, bueno, eso no sé para qué sirve. Es como un paseo”.

 

La vida, está aprendiendo la protagonista, no debe consistir únicamente en encajar, también se debe golpear, equivocarse, ser irresponsable, probar las cosas que te han dicho que no valen la pena, “porque no somos árboles, nos movemos, tenemos que hacer cosas”.

Martina le dice a alguien en la novela que tienen que irse pero no en ese instante:

 

“Tenemos que irnos de aquí, de todo, de nuestra casa, el insti, del futuro de cada día”.

 

Irnos y que se acabe “el pop de mierda, la música disco de mierda y las bonitas canciones de mierda”. Que suene el “rock a todo volumen, a cualquier hora y en cualquier sitio”.

El volumen. Y la furia. “Los adolescentes deprimidos, empastillados, anoréxicos, furiosos, la violencia, el talento desperdiciado, la tristeza”. De quienes, según Martina, lo único que esperamos los adultos es que empiecen “a vender y comprar todo”.

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