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Reconocer los abusos en el pasado (un artículo de Esteban Mira Caballos)


La peliaguda cuestión de los perdones por los excesos de la conquista de América que, en 2019, solicitara el presidente de la República de México, Andrés Manuel López Obrador, al rey de España, Felipe VI, resucita periódicamente. Un
discurso populista que ha continuado su sucesora como jefa del Estado mexicano, Claudia Sheinbaum. [...]
En el ambiente tan enrarecido que sufrimos en la actualidad, cualquier frase es capaz de prender las llamas de tan agria controversia. Concretamente, el ministro español afirmó que “existió dolor e injusticia hacia los pueblos originarios durante la conquista”. Unas palabras que repito yo como historiador de manera habitual, implícita o explícitamente, pues en aquel remoto entonces se produjo un choque violento, especialmente epidemiológico, que diezmó a las poblaciones aborígenes. No se puede negar que hubo casos de crueldad, pero desgraciadamente ésta ha estado presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, al menos desde los orígenes de la civilización. Ya en el siglo XVII escribió el obispo Juan de Palafox, en una línea bastante determinista, que la maldad era inherente a la naturaleza humana, como se demostraba desde la primera culpa de Adán, aun dentro del Paraíso. Otra cosa muy distinta ha sido la manipulación intencionada que la presidenta mexicana ha hecho de las palabras del ministro español, al interpretar que constituían un primer paso en ese proceso de solicitud de perdón que reclama. Y digo que es una interpretación torticera e interesada porque el ministro de la cartera de Exteriores jamás aludió, ni insinuó, nada parecido a una petición de indulgencia.

Todo este debate creo que hay que enmarcarlo en el feroz relativismo que vivimos en nuestros días y en el tan traído y llevado fin de la historia. En pleno siglo XXI vivimos tiempos que se llaman de la posverdad, en los que todo el mundo opina, todo el mundo cree saber y todos creen tener la verdad, o al menos su verdad. Una época donde dominan los eslóganes y los titulares que nos llegan diariamente por decenas y en los que nadie profundiza, por lo que los bulos y las creencias campan a sus anchas. Está claro que en este mundo actual tan cambiante y peligroso, la sociedad necesita más que nunca de la reflexión crítica de los historiadores que tienen las herramientas y la formación metodológica necesaria para tratar de explicar el pasado y hacerlo más comprensible. Eso sí, es necesario repensar el papel de la historia, es decir, la utilidad social del conocimiento histórico. Los historiadores ya no podemos ser meros transmisores de información, debemos abrirnos al diálogo y a la empatía, acortando las distancias con la ciudadanía.

Abundando en los orígenes de esta polémica, quiero recordar que durante algunos períodos de la historia de España el descubrimiento y la conquista de América representaron auténticos mitos patrios. Una realidad que no tiene nada de particular, pues todas las naciones crean sus mitos, también España, y Colón, Cortés, don Pelayo o el Cid Campeador han formado parte de los mitos clásicos de la nación española. Para cualquier historiador de nuestro tiempo, que trata de explicar la historia lo más honestamente posible, esos mitos no son más que una curiosidad histórica, sin más trascendencia. Actualmente hay una polarización entre autores casi siempre ajenos a la ciencia histórica, que tratan de relanzar esos mitos, mientras que, en el lado contrario, se sitúa una legión de negrolegendarios que lo reducen todo a una sola palabra, genocidio, algo que, como veremos, en el caso del Imperio Habsburgo nunca existió.

Y partiendo de esa premisa falsa, el genocidio, permiten que se pase a un segundo absurdo como es la petición oficial de perdón. Se trata de un intento de politizar el pasado, obviando las opiniones de autores como la historiadora Agnes Heller, que han escrito que las culpas nunca pueden ser colectivas porque eso exculpa a los verdaderos responsables. Todas las acusaciones tienen que ser necesariamente individuales, atribuibles a personas concretas, con nombres y apellidos. Está claro que uno no puede pedir disculpas en nombre de otro, ni un jefe del Estado en nombre de toda una nación. Ni los españoles de hoy, ni mucho menos los mexicanos, se corresponden con los del siglo XVI. Con frecuencia se identifica a los españoles de nuestro tiempo con los herederos de los conquistadores y a los americanos con los pueblos originarios, cuando, en realidad, la población hispanoamericana actual es fruto de la fusión de lo prehispánico, lo hispánico y lo africano. Por último, es impensable que nosotros, o el jefe del Estado en nuestro nombre, pida perdón por unos hechos perpetrados en cualquier caso por unos conquistadores -con sus luces y sus sombras- de hace cinco siglos.

No se puede negar el declive demográfico, pues se estima que a la llegada de los europeos había entre 30 y 40 millones de indígenas y a finales del siglo XVI tan solo quedaban dos millones, la mayor parte perecidos por el choque epidemiológico. Son datos históricos que yo como historiador no puedo ocultar, por lo que se puede hablar de hecatombe demográfica pero no de genocidio. Éste último concepto no alude a la cantidad de fallecidos sino a la intencionalidad de provocarlos que, en el caso del Imperio español, por motivos éticos, religiosos y económicos nunca existió. Pero, aunque hubiese existido, es irracional empezar con una retahíla de disculpas que no llevan a ningún sitio; no tiene sentido que Mongolia pida perdón a Europa por ser el origen de la Peste Negra que mató en el siglo XIV a una tercera parte de la población europea. Ni los tunecinos a España por la invasión cartaginesa, ni los italianos a España por la invasión romana o los españoles a Italia por el saco de Roma.

 

[…]

 

            Como ya he afirmado, creo que pedir perdón por los excesos cometidos en el pasado no tiene ningún sentido. Pero, en cualquier caso, y aunque no estoy de acuerdo con ello, ya han sido pedidos explícitamente. Por tanto, no tiene ningún sentido seguir dando pábulo a estas excéntricas solicitudes que solo crean desazón y discordia entre dos pueblos ligados por cinco siglos de historia en común.

En definitiva, los españoles del siglo XXI no tenemos, no podemos tenerla, conciencia de culpa por lo que otros hicieron hace ahora cinco siglos. Es impensable que nosotros, o el jefe del Estado en nuestro nombre, continúe con esta porfía que no conduce a ningún sitio. Lo único racional que podemos hacer es conocer la verdad histórica y aceptarla, por dura que resulte. No se les puede pedir a los conquistadores que practicasen la multiculturalidad, que es un concepto de nuestro tiempo. Los españoles actuaron exactamente igual que otros pueblos occidentales antes y después de la Conquista. La expansión española fue acorde con el modo de pensar imperante en Occidente en esos momentos. Y por supuesto, ni que decir tiene que los portugueses, ingleses, holandeses y alemanes, por citar solo a algunos, actuaron de forma similar o peor en sus respectivas colonias.

En fin, insisto, la historia está para asumirla, contextualizarla y usarla para construir un presente y un futuro mejor. Creo que la única forma posible de restitución no es pidiendo anacrónicos perdones sino acabando con la discriminación de los más de 10 millones de indígenas que sobreviven en México en la actualidad. Desgraciadamente, estos tienen menos que los mestizos y estos a su vez menos que los blancos. De lo que se trata es de acabar con esa injusticia que no es de hace cinco siglos sino de ahora, y dejarse de discursos huecos y extemporáneos.

Este texto pertenece al artículo de Esteban Mira Caballos ‘De perdones, desmemoria y relativismo’, publicado el 28 de noviembre de 2025 en Historia 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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