“La historia es conocimiento de las sociedades en este o en otro tiempo y no solo mero discurrir o mero transcurso del tiempo. Entonces, quien cultiva la historia sabe —o debería saber a estas alturas del libro— que es una disciplina acerca del pasado.
De ese pasado no puede decirse
cualquier cosa o no puede recrearse según el deseo de cada cual. La memoria sí
es antojadiza, dependiente entre otras cosas del azar emocional y de los
recuerdos compartidos. La historia, no: no puede y no debe serlo.
Quien se dedica profesionalmente a
estudiar o investigar el pasado se somete a unas normas para así acceder
indirectamente a los documentos de lo pretérito, reciente o remoto, cuando
documento viene del latín docere (‘enseñar’).
La historia es una de las humanidades con método: trabaja con documentos, sí, y el documentum nos enseña lo que no está. Para manejar esos materiales sabiendo darles su significado, el historiador obra como un profesional, esto es, con disciplina, con rigor probatorio.
Según indicaba, una disciplina es un
conocimiento colectivo. Es decir, se transmite colectivamente. Es una pesquisa
sometida a reglas comunes que comparte un agregado humano (en nuestro caso, la
comunidad de los historiadores) con el fin de alcanzar ciertas metas.
Es más: nos hallamos ante reglas
establecidas por la Academia que son, por otra parte, las que permiten la
búsqueda de la verdad histórica. La verdad histórica no se ciñe exclusivamente
a lo sucedido en realidad, como sostuvo famosamente Leopold von Ranke en
pleno siglo XIX.
Lo no ocurrido, lo ideado y
fantaseado, pero a la postre descartado o fracasado, también es parte del
objeto de conocimiento. Ahora bien, sea lo verdaderamente ocurrido o sea lo
imaginado, lo concebido, pero desechado o derrotado, exigen pruebas, pruebas
comunes y un relato, gracias a lo cual puede comunicarse y compartirse.
Tal como la concebimos hoy, al
historiador le está vedado usar la fantasía, rellenar sus ignorancias con
fabulaciones. Entre los cronistas de otro tiempo, entre los historiadores
anteriores a la disciplina y a la profesión (que se forman en la Europa del
siglo XIX), la falta de documentos o testimonios bien podía suplirse con lo
ficticio.
Hoy, tal procedimiento es
inaceptable. Quien investiga desarrolla una averiguación basada en argumentos
bien explícitos y en documentos materiales o inmateriales que son —que deberían
poder ser— utilizables por los demás. Las fuentes de información tienen que ser
accesibles y el significado dado tiene que ser comunicable y comprensible”.
Este
texto pertenece al libro Qué es la historia, escrito por el historiador Justo
Serna, publicado en 2025 en la COLECCIÓN QUÉ ES por Sílex ediciones.

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