En 1963, Bob Dylan escribió Masters of war. No era una canción agradable. Tampoco lo pretendía. Era, más bien, una invectiva con guitarra.
Dylan no cantaba contra la guerra en
abstracto —ese vasto territorio donde suelen refugiarse los discursos morales—,
sino contra quienes la fabrican, la planifican y la rentabilizan.
Dos años antes, en 1961, el
presidente Dwight D. Eisenhower había formulado la advertencia que
acabaría convirtiéndose en una de las frases políticas más citadas del siglo
XX.
En su discurso de despedida habló del
complejo militar-industrial: la alianza cada vez más estrecha entre
industria armamentística, aparato militar y poder político.
Conviene recordar quién hablaba. No
un viejo profesor pacifista, sino el general que había dirigido a los Aliados
en Europa.
Eisenhower conocía el engranaje desde
dentro y sospechaba que aquel mecanismo, una vez engrasado con suficiente
dinero y poder, podría terminar necesitando guerras del mismo modo que una
fábrica necesita pedidos.
Bob Dylan, desde la cultura popular,
llegó a la misma conclusión con bastante menos diplomacia. ¿Qué conclusión?
Entre un general prudente y un
cantante de veintipocos años se dibuja una intuición común: la guerra es un
fenómeno antropológico universal; es también una serie de accidentes
históricos; y es una fuente económica ahora ya de proporciones colosales.
Sesenta años después, el paisaje
resulta inquietantemente reconocible. La guerra como negocio es una fuente que
se multiplicado hasta lo indecible.
Marzo de 2026. Estados Unidos e
Israel bombardean Irán. Los comunicados oficiales hablan de “objetivos
estratégicos”.
Esta expresión pertenece a ese
curioso lenguaje burocrático con el que las guerras modernas evitan mencionar
algo gravísimo y bastante menos abstracto: los muertos. Porque muertos hay. Y
civiles en su mayoría, como casi siempre ocurre.
Mientras tanto, el gasto militar, la
caja de ingresos, avanza con una frialdad casi contable: cerca de mil millones
de dólares al día. A ese ritmo, la guerra adquiere una cierta rutina
presupuestaria que nos resulta impensable.
Y en medio de todo esto aparece Donald
Trump, cuya relación con la política exterior tiene mucho de negocio, de
trato inmobiliario trasladado al tablero geopolítico.
Amenaza, rectifica, vuelve a
amenazar.
Un día promete acabar con las guerras
interminables; al poco celebra demostraciones de fuerza que alimentan —con
notable eficacia— el mismo complejo militar-industrial sobre el que Eisenhower
advertía.
La ciudadanía observa la escena con
un desconcierto comprensible. No está claro cuál es el objetivo final.
¿Debilitar a Irán? ¿Acaso forzar un
cambio de régimen? ¿Demostrar un poder apabullante? ¿O sencillamente mantener
en funcionamiento una maquinaria que, una vez creada, necesita conflictos
periódicos para justificarse?
Las guerras modernas suelen empezar
con objetivos estratégicos muy definidos para terminar dejando algo bastante
menos definido: un vacío.
Irak lo ilustra con claridad. El
régimen cayó rápidamente, pero con él desapareció también el entramado
institucional que sostenía el Estado.
El resultado fue un desierto político
en donde prosperaron insurgencias, milicias y nuevas violencias… ¿que nadie
había previsto?
Destruir instituciones, al parecer,
es una tarea rápida. Construirlas exige décadas y una paciencia que rara vez
figura en los planes militares.
Por eso, Masters of war sigue
sonando incómodamente actual. Dylan no estaba haciendo poesía política en
sentido noble. Estaba señalando una lógica. Cuando la guerra se vuelve
rentable, deja de ser excepcional.
Eisenhower lo advirtió con la
prudencia de un alto mando ya retirado. Dylan lo gritó con una guitarra. Y
nosotros seguimos aquí, varias décadas después.
Estamos intentando entender si
estamos ante una crisis excepcional… o simplemente ante el funcionamiento
normal de un sistema que periódicamente destruye para volver a empezar.
Ah, y la parte edilicia, propiamente
inmobiliaria del asunto, no será asunto menor.

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