
Paseando por el madrileño Templo de Debod, con doce años. Soy el primero por la izquierda.
De niño, no sabía por qué no crecía
ni cogía peso. Hasta los 61 años, no descubrieron que sufría una cardiopatía
congénita. Nací con el diámetro de las arterias más pequeño de lo normal, lo
cual afectó a mi desarrollo. Según los médicos, la enfermedad me ha restado
diez o quince centímetros. Debería haber medido alrededor de 1'75, pero me
quedé en 1'61. Desde niño, me ahogaba cuando realizaba esfuerzos súbitos o
subía las escaleras. Afortunadamente, un TAC descubrió el problema cuando mis
dos troncos coronarios se hallaban obstruidos al 85 %. Podría haber sufrido
muerte súbita. Cinco stents han resuelto el problema, pero tendré que cuidarme
y medicarme el resto de mi vida.
En el colegio de curas donde estudié
no sufrí bullying. No había chicas y mis compañeros jamás mostraron
prejuicios o rechazo hacia mi fragilidad. Al revés, era bastante apreciado y
respetado. En cambio, al llegar a la adolescencia, el contacto con el otro sexo
me reveló que ser un hombre bajito es un problema. Las mujeres, al menos
durante la juventud, suelen rechazar y menospreciar a los hombres que no se
ajustan a cierto estereotipo. También los chicos son crueles con las mujeres
que se desvían del canon de belleza. Pío Baroja afirmaba que "el sexo no
es más que una fuente de miserias, de vergüenzas y de pequeñas
canalladas". Pienso que no se equivocaba. El contacto con las chicas no
hizo a mis compañeros más humanos, sino más violentos y desconsiderados, pues
de inmediato descubrieron que los malotes ligaban más que los chicos
buenos. El machismo no desaparece porque muchas mujeres suscriben sus dogmas
de forma inconsciente.
Se sigue pidiendo al hombre que sea
alto, fuerte, seguro, desafiante y protector. Por lo general, esa clase de
hombres suelen ser los que luego maltratan a las mujeres. Nuestra especie ha
progresado materialmente, pero nuestros impulsos básicos no han cambiado.
Nuestro cerebro reptiliano sigue prevaleciendo sobre el neocórtex.
He vivido suficiente para saber que yo tampoco soy completamente inocente. Como la mayoría de mis semejantes, soy cómplice del egoísmo, la crueldad y la mezquindad que prevalecen en el mundo. No pierdo la esperanza de que nuestra especie algún día deje de lado las miserias que afean su conducta y causan tanto sufrimiento injusto. Al mundo sólo lo salvará la ternura. Sin ella, el porvenir será un yermo, donde no crecerá nada digno ni hermoso.

Comentarios
Publicar un comentario
Se eliminarán los comentarios maleducados o emitidos por personas con seudónimos que les oculten.