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Al mundo sólo lo salvará la ternura (por Rafael Narbona)



Paseando por el madrileño Templo de Debod, con doce años. Soy el primero por la izquierda.

De niño, no sabía por qué no crecía ni cogía peso. Hasta los 61 años, no descubrieron que sufría una cardiopatía congénita. Nací con el diámetro de las arterias más pequeño de lo normal, lo cual afectó a mi desarrollo. Según los médicos, la enfermedad me ha restado diez o quince centímetros. Debería haber medido alrededor de 1'75, pero me quedé en 1'61. Desde niño, me ahogaba cuando realizaba esfuerzos súbitos o subía las escaleras. Afortunadamente, un TAC descubrió el problema cuando mis dos troncos coronarios se hallaban obstruidos al 85 %. Podría haber sufrido muerte súbita. Cinco stents han resuelto el problema, pero tendré que cuidarme y medicarme el resto de mi vida.

En el colegio de curas donde estudié no sufrí bullying. No había chicas y mis compañeros jamás mostraron prejuicios o rechazo hacia mi fragilidad. Al revés, era bastante apreciado y respetado. En cambio, al llegar a la adolescencia, el contacto con el otro sexo me reveló que ser un hombre bajito es un problema. Las mujeres, al menos durante la juventud, suelen rechazar y menospreciar a los hombres que no se ajustan a cierto estereotipo. También los chicos son crueles con las mujeres que se desvían del canon de belleza. Pío Baroja afirmaba que "el sexo no es más que una fuente de miserias, de vergüenzas y de pequeñas canalladas". Pienso que no se equivocaba. El contacto con las chicas no hizo a mis compañeros más humanos, sino más violentos y desconsiderados, pues de inmediato descubrieron que los malotes ligaban más que los chicos buenos. El machismo no desaparece porque muchas mujeres suscriben sus dogmas de forma inconsciente.

Se sigue pidiendo al hombre que sea alto, fuerte, seguro, desafiante y protector. Por lo general, esa clase de hombres suelen ser los que luego maltratan a las mujeres. Nuestra especie ha progresado materialmente, pero nuestros impulsos básicos no han cambiado. Nuestro cerebro reptiliano sigue prevaleciendo sobre el neocórtex.


He vivido suficiente para saber que yo tampoco soy completamente inocente. Como la mayoría de mis semejantes, soy cómplice del egoísmo, la crueldad y la mezquindad que prevalecen en el mundo. No pierdo la esperanza de que nuestra especie algún día deje de lado las miserias que afean su conducta y causan tanto sufrimiento injusto. Al mundo sólo lo salvará la ternura. Sin ella, el porvenir será un yermo, donde no crecerá nada digno ni hermoso.



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