Andy y yo nos conocimos en Villa Cisneros. Su padre era buzo profesional y aun usaba escafandras con casco de metal y tubos para bombear el aire. A mí me daba miedo todo aquello, pero me gustaba la ventanita del casco; como las de algunos confesionarios. Pasábamos el día en la playa, usando nuestros cinco sentidos para localizar bichos y, a la vez, esquivar a los generales y mayores que paseaban con sus amores por allí.
Los otros que paseaban eran los
presos del fuerte; como en las películas de piratas, aún llevaban una bola
atada al tobillo y, cuando no estaban muertos de calor, cantaban una tonada
marinera: “líbranos de la bola y la cadena, tráenos amores, amores rápidos y
ron, ron cubano”.
En esa época, Andy ya llevaba sus
gafas redonditas que seguían con él en Noja. Las usaba sobre todo por la noche,
cuando mi padre nos ponía películas. El último verano vimos todos los sábados Jasón
y los Argonautas, con aquellos monstruos maravillosos que había hecho su
tío, Ray Harryhausen.
Cuando teloneó a Police en Madrid no
pudimos vernos. Yo creo que Sting estaba tan cabreado por cómo les pasaron por
encima que, usando sus contactos, los mandó fuera de la ciudad lo antes
posible.
Después de Noja ha vuelto el
silencio, pero seguro que nos encontraremos otra vez. Y si no, pues a otra
cosa.

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