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XTC: todo tiene un porqué (por Enrique Tejerizo)


Andy y yo nos conocimos en Villa Cisneros. Su padre era buzo profesional y aun usaba escafandras con casco de metal y tubos para bombear el aire. A mí me daba miedo todo aquello, pero me gustaba la ventanita del casco; como las de algunos confesionarios. Pasábamos el día en la playa, usando nuestros cinco sentidos para localizar bichos y, a la vez, esquivar a los generales y mayores que paseaban con sus amores por allí.

Los otros que paseaban eran los presos del fuerte; como en las películas de piratas, aún llevaban una bola atada al tobillo y, cuando no estaban muertos de calor, cantaban una tonada marinera: “líbranos de la bola y la cadena, tráenos amores, amores rápidos y ron, ron cubano”.

En esa época, Andy ya llevaba sus gafas redonditas que seguían con él en Noja. Las usaba sobre todo por la noche, cuando mi padre nos ponía películas. El último verano vimos todos los sábados Jasón y los Argonautas, con aquellos monstruos maravillosos que había hecho su tío, Ray Harryhausen.

Cuando teloneó a Police en Madrid no pudimos vernos. Yo creo que Sting estaba tan cabreado por cómo les pasaron por encima que, usando sus contactos, los mandó fuera de la ciudad lo antes posible.

Después de Noja ha vuelto el silencio, pero seguro que nos encontraremos otra vez. Y si no, pues a otra cosa.

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