Técnicas de iluminación es el sexto libro del escritor español Eloy Tizón, el tercero suyo de relatos, publicado en 2013. Es el segundo suyo que leo (el anterior, también de cuentos, aparecido en 2023, era Plegaria para pirómanos). Sus diez relatos son extraños y concernientes a la vez, quiero decir que nos resultan salidos de una cierta elucubración a menudo aparentemente desparejada de la realidad al mismo tiempo que acaban por ser notariales esfuerzos literarios por explicar lo que somos o queremos o podemos o tenemos que ser. Son narrativa extraordinaria en el pleno sentido de la palabra.
Tizón deja que su libro se abra con
esta cita de la pensadora francesa Simone Weil extraída de aquella
recopilación póstuma de sus ideas titulada La gravedad y la gracia (La
pesanteur et la grâce, en el original), publicada en 1947, cuatro años
después de su muerte:
“No juzgar.
Todos los defectos son iguales. No hay más que un defecto: carecer de la
facultad de alimentarse de luz”.
Luz es la que enfoca una y otra vez en sus diez cuentos Eloy Tizón a las palabras que lo componen. Técnicas de iluminación.
El primero de los relatos lleva por
título ‘Fotosíntesis’ (“la ley de la gravedad no tiene por qué llevar
siempre razón”) y a mí me resultó un mal comienzo, confuso, estrafalario, que
casi (de no ser por la reverencia que el autor me merece) me hizo desistir de
seguir leyendo. No obstante, me reservo algunas cumbres dentro de él. Esta:
“Mirar
también es una forma de rezar. Fijar la vista en algo digno de ser amado, por
un instante, y luego desaparecer”.
O esta otra:
“Todos
somos viudos de nuestra propia sombra. Sin embargo, en el instante de morir,
con nuestro último aliento, todos comprenderemos que sin sospecharlo nuestros
pies han bordado un tapiz”.
‘Merecía ser domingo’
es el segundo. En él podemos leer que es “triste pero forzoso es admitir que
los besos no recibidos han hecho más por la literatura que los besos recibidos”.
Y quizás solamente por eso merezca la pena su lectura.
El tercero se titula ‘Ciudad
dormitorio’. Y es buenísimo. Hay aquí “una especie de crimen sin víctima”
(leemos “una cosa entre trágica e insignificante, como la autopsia de un
gato”), hay toda una ciudad a deshoras, cuando es más ciudad, en esa hora con
“esa luz, esa explosión solar entre dos bloques de casas”, la de los dos mundos
paralelos, “inconsolables ambos”, el de la juerga teñida de final y el del
trabajo madrugador malpagado.
“Ese
olor muy trabajado de cuero, perfume y tabaco rubio que emanan las clases
privilegiadas”.
Eloy Tizón ha alzado ya, en el libro,
el vuelo como narrador aventajado y es capaz de escribirnos que hay
veces en que pareciera que “toda nuestra vida no fuese más que un sueño visto a
través de los ojos de un cadáver”. En este relato, su protagonista, Alegra
Zarco, cree que el amor que queda en el mundo ya es muy poco, solamente el que
había quedado “dicho en los libros, en las películas, en los telefilmes,
en las óperas, clavado en las paredes de los museos, custodiado por vigilantes
armados, e incluso tallado a gritos en las puertas de las letrinas con su
caligrafía subnormal y su voz rota de cisterna, ahí fuera, pocas veces en la
vida real”. No es eso grandeza literaria. Pregunto. Un Tizón que la hace
considerar a su personaje que “la vida es publicidad engañosa”.
Del cuarto, ‘La calidad del aire’,
no puedo decir gran cosa, y no la digo, bueno, algo tendré que decir, que en él
hay en un momento determinado “un cielo color sexo”, que su protagonista llega
a odiarse mientras sus piernas se vuelven de mimbre y cree tener un cesto de
ropa sucia en la cabeza.
“Esto,
después de todo, no ha hecho más que terminar. Dentro de poco, si hay suerte,
estaremos todos perdidos”.
‘Los horarios cambiados’ es
el quinto relato de Técnicas de iluminación. Es la historia de una
pareja.
“Y
a todo esto, en medio de las discusiones, las dudas y los portazos, había que:
bajar la basura, acudir al dentista, pagar las multas, hacer la compra, pasar
la aspiradora, descargar las fotos (¿te has acordado?), comer con nuestros
padres y hermanos de vez en cuando, felicitar a los amigos por su cumpleaños,
ir al cine, llevar el coche al taller de chapa y pintura, celebrar la Navidad,
visitar museos y librerías, depilarse y afeitarse, reservar entradas para el
teatro porque si no luego, cortarse el pelo, reiniciar el ordenador, arreglarse
las uñas, sentarse a desayunar, renovar el pasaporte, cepillarse los dientes
después de cada comida, leer el editorial del periódico, mirar por la ventana,
sonreír, volver a sonreír, mirar de reojo a dos perros de la calle mientras se
apareaban, ducharse, programar el despertador para que sonase a las siete o
quedarse inmóviles un momento, en medio de la nada, a las cuatro de la tarde,
contemplando una mota que palpitaba en el aire o pensando con estupor en la
vida”.
Es un poco eso en lo que entretenemos
el tiempo que transcurre entre la dicha y el dolor, entre contemplar motas que
palpitan en el aire y pensar en la vida con estupor. Qué bien traído. Qué bien
cuenta lo que cuenta Eloy Tizón. Como si cuanto ocurre pudiera ser dicho de
otra manera a como lo decimos. Pero sin extraviarnos. Él, el componente
masculino de la pareja del cuento, escribe y siente en todo momento que
“escribir es imposible pero también es imposible dejar de escribir”. Así es. Escribir
“es estar más despierto de lo normal”, cuando escribes, “un espasmo de lucidez
recorre todo, nos sacude el sistema nervioso con una sobrecarga de vitalidad,
de plenitud, de audacia, de algún modo hay que canalizar toda esa energía
dispersa y un tanto alucinógena que desborda la conciencia”. En lugar de
cantar, bailar, “recibir una bofetada o un electroshock”, que es de lo que nos
entran ganas cuando queremos escribir, y escribimos, lo que hacemos, ese
personaje, Tizón, yo mismo, es volcar “toda esa actividad frenética hacia
dentro y contentarnos con enfilar, con gran aplomo, un signo negro tras otro”.
Tal vez, sí, escribir se parezca “un poco a la felicidad”.
“Uno
inventa pasiones en una página porque las ha vivido antes o porque quiere
vivirlas o para no tener que vivirlas”.
El sexto cuento es ‘Volver a Oz’.
Es el más corto de ellos, su protagonista se llama, sorpresaaa, Dorothy, una
chiquilla a quien “le cuesta distinguir entre realidad y ficción”.
‘Alrededor de la boda’
es el séptimo. Tres amigos que lo comparten todo (“secretos y deudas, alegrías
y resacas, lecturas y altibajos, domingos ensuciados de tristeza…”) son
inesperadamente invitados a una boda. Es tan, tan bueno, su excelencia es tan
notable que solamente puedo decirte que si solamente tuvieras que leer uno de
lo relatos de Técnicas de iluminación (algo incomprensible, ¿sólo uno?)
este sería el relato. Ole, ole y ole (por decirlo en términos profesionales),
señor Eloy Tizón. Me quedo con ellos, con esos tres amigos, “saboreando el
instante, la respiración del mundo”.
Tras ‘Manchas solares’ (“la
gente no reza porque tenga fe, sino para tener fe, qué trabajo te cuesta, tú
hazlo solo por si acaso”), otra narración espléndida, una sinuosa pero sincera
historia de abandono, llega el noveno cuento, ‘El cielo en casa’: “no
hay mucho más que contar, […] pero espera, […] a lo que iba, […] que ahora
viene lo mejor […], lo último que deseo es contar una historia, otra más, eso
no. Basta. Porque a estas alturas las historias deben de estar hartas ya de que
todo el mundo las cuente. […] Por eso te lo cuento”.
Lee lo siguiente de ‘El cielo en
casa’ (¿es o no un excelente escritor Tizón, uno de esos artistas que convence
a las historias de que no estén hartas de que las contemos?):
“Eché un último
vistazo a mi alrededor, el vuelo de una mosca, un grupo de piedras, el río
verde y lento, el impulso vertical de los troncos ascendiendo hasta una altura
fantástica, balanceando sus ramas sin ruido, nada especial, los árboles
eternos. Los troncos de los árboles crecían y se estiraban -como los
cuellos de las modelos-. Y yo me despedí de todo sin lástima, le dije adiós al
mundo con un pequeño te quiero, sentí estallar en el pecho toda la majestad del
universo con sus montañas y océanos y los nombres de cada lagartija y de cada
insecto, de cada brizna de hierba, de cada estrella, de todas las criaturas que
surcan la tierra y los mares y el cielo, de todos los barcos, y en ese momento
crucial de mi existencia no me habría importado morir, allí, sin dignidad
alguna, en plena naturaleza, feliz en brazos de mi verdugo, en el paisaje
tachado”.
‘El cielo en casa’ será ya siempre
aquel relato (también grandioso) en el que leímos que “el sol que nos alumbra
hoy procede de miles de millones de imaginaciones muertas”.
‘Nautilus’
es el último relato del libro, una manera extraordinaria de redondear una
sobresaliente obra de narrativa breve, ficción sumamente conveniente, de la
que, a base de engañar, no engaña. Si alguna vez has sufrido una desgracia
irreparable de las que parecen sumirte en el más terrible abismo mientras tu
cerebro te da señales para que no lo hagas, este es tu cuento.
“Sigues
sin saber para qué vives, nadie lo sabe. Todos tenemos dudas, todos tenemos
miedo, todos estamos muy solos. Uno intenta vivir, mejor o peor, eso es todo.
Salir del atolladero sin demasiadas magulladuras. Hay que vivir sin estar
realmente preparados para la vida, improvisando sobre la marcha, como quien
toca de oído, a ver qué sale. […] Hay que seguir avanzando. Dar otro paso
adelante. Lo das. Haces como si creyeras. Nadie te garantiza nada. Es un acto
de fe. Lo haces solo por si acaso.
Las
estrellas, entretanto, siguen siendo un jeroglífico. Uno se asoma a esa
vertiginosa instalación eléctrica, a ese palacio de Versalles galáctico
mientras por dentro siente, siente, cualquiera sabe qué siente uno ante el
silencio iluminado de los abismos, tantas cosas, un respingo de orfandad y una
especie de ternura, o todo lo contrario, un ahogo aquí dentro en el pecho que
te impide respirar, casi te asfixias, yo creo que es algo que tiene que ver con
el tiempo, todos esos interrogantes científicos sobre los agujeros negros y el
big bang y la antimateria y para qué sirve la vida si es que sirve para algo y
si estamos totalmente solos o no”.
‘Manchas solares’

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