El octavo libro del escritor español Eloy Tizón es el cuarto suyo de relatos, el cual, publicado en el otoño de 2023, lleva por título Plegaria para pirómanos. Espléndidamente editado por Páginas de Espuma, tan de libros de cuentos ella, luce una cubierta preciosa cuya ilustración reproduce una obra de Andrea Torres Balaguer, de 2018, Vermillion: en uno de los relatos del libro (el tercero) podemos leer que la vida está contenida en puñados de arena luminosa que alguien nos lanza y yo he visto ahí la poderosa imagen pintada por Andrea.
Plegaria para pirómanos es mi primer Tizón, un autor de quien llevo escuchando maravillas desde hace mucho tiempo y a quien tenía casi más necesidad de leer que tiempo para hacerlo.
“¿No es eso lo propio de la
literatura? ¿Dejarnos levemente insatisfechos?”
Esas dos preguntas se leen en el primer relato, ‘Grafía’, donde se
nos presenta al escurridizo protagonista del libro: Erizo. Un caso poco
habitual, el de un personaje que se repita en varios relatos en un volumen de
este tipo.
‘El fango que suspira’ eleva el
tono del libro. Baste decir de él que podemos leer en sus páginas que “tenemos
muerte de sobra”, o esto otro:
“¿El sentido de la vida? ¿La luz al
final del túnel? Uno discurre su vida al lado de figurantes. Caminamos en
círculos. Decimos esto y hacemos lo contrario”.
Al final, “se apagará el oro de los insectos” (sic). Erizo sigue
apareciendo, quiero constatarlo. También que aquí sale ya un pirómano, llamado
Renzo, eso sí.
En ‘Agudeza’ se cae en la cuenta (yo caigo) de que Erizo no es un
único personaje, es un nombre. Menudo nombre para un personaje que no es ni
siquiera siempre el mismo. Pero aquí podemos leer algunas de esas
singularidades tan de Tizón, como que “vivir es no enterarse”. De hecho, me he
permitido escribir un poema con varias de ellas, un poema que no es mío,
entonces, claro, y que puedes leer al final de todo esto. “Voy a hacer como que
no me entero del extintor”, dice Erizo. Yo tampoco.
He de decir que no hay más pirómanos en Plegaria para pirómanos. Es
sólo que mientras yo lo leía ensimismado creía ir descubriendo cosas que no
iban siendo tales. Como que lo de la piromanía escondía un hilo argumental. No
lo hace.
La brevedad de ‘Dichosos los ojos’ no me deja ver la puerta que, en
medio del campo, divide una nada de la otra en este mundo de ficción en el que
me muevo con torpeza. Por mi culpa, sin duda. (Aquí Erizo no hace acto de
presencia.)
La vida es “el paréntesis entre dos muertes” y “el arte no es cosa de
broma”, puedo leer (y leo) en otro brevísimo relato, el titulado ‘Mi vida
entre caníbales’. “Yo no quepo en mi vida”, dice su protagonista, tampoco
es Erizo que lo es una niña de doce años cuando ocurría lo que ella misma nos
cuenta.
Un niño soldado con un lanzallamas “casi más grande que él, dispuesto a
quemarlo todo”, en ‘Ni siquiera monstruos’, donde Erizo, quien quiera
que sea, ha vuelto. Y sale mucho Detroit, la ciudad donde “llueven gallinas”.
La realidad y sus discontinuidades: “a partir de cierto punto, todo es caída”.
Como esas respuestas que, cuando damos con ellas, “lo que ha cambiado es la
pregunta”. Y terminar así un cuento:
“Somos basura, de acuerdo,
pero basura bellísima”.
Llegamos al séptimo de los nueve relatos, ‘Anisópteros’, donde
alguien suelta que “los relojes nunca se cansan de señalar la hora” y le dice a
la otra protagonista del cuento que se acuerde de vivir. Aquí vuelve a aparecer
Erizo, muerto, eso sí, y también uno de los personajes femeninos de ‘Mi vida
entre caníbales’. “La realidad son trozos” y un sofá puede robar la esperanza.
En ‘Cárpatos’ regresa Erizo, vivo, sí, asistimos al “milagro de
sentirse ni feliz ni desgraciado” y hay una conexión con ‘Ni siquiera
monstruos’. Es un viaje “a los descartes rotos del porvenir” con la ayuda de
una droga tan peligrosa que le deja a uno “conforme con la vida”. Quizás sea el
mejor de los relatos de Plegaria para pirómanos.
El último cuento se titula ‘Confirmación del susurro’ y, en él,
alguien le escribe una carta a Marianne en la que le dice cosas como que “nos
entraban ataques de risa o de fontanería". Ese alguien es una estrella musical
que alguna vez se vio a sí mismo “vivir desde fuera”, para quien “la vida es
mitad magia y mitad espanto”, es algo carente de moraleja alguna. Ser feliz
fingiendo serlo. Dice el personaje de ese cuento, el narrador, lo escribe, se
lo escribe a Marianne, que
“cuando empiezas a escribir
un libro, eres un niño; cuando acabas, un adulto”.
Antes del poema prometido, una de bonus tracks de Plegaria para pirómanos:
1.
“Soportamos la desgracia con relativa entereza porque
se renueva a diario, porque siempre es actual, física, moderna”.
2.
“Escribir es como perseguir patos”.
3.
Hay gente que es spam y las farolas tienen un “halo de
santidad”.
Y ahora ya, venga esos versos que no son
míos, que constituyen un saqueo en toda regla del libro de Tizón pero con la
imposible intención de hacerlos parte de un poema que bien podría titularse ‘No
quemarte’ (o algo así):
Tolerar el mundo
después
de haber sido tocado por la belleza.
¿Quién
nos curará del fuego?
preguntaba
Cortázar.
La
voluntad del trigo,
merodear
como un lobo pálido,
firme,
rocoso, anacreóntico,
abandonado
por Dios;
el
invierno en la boca,
una
rosa de oxígeno y
el
corazón,
que
es un trapo sucio.
De
todo lo eterno,
el
amor es lo que menos dura.
Guarda
silencio.
No
quiero morirme en voz alta.
Gracias
por la tristeza,
Halma
Tigredi (que eres una catedral),
y
por el grito de la literatura.



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