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Libros para comprender al ser humano (por Justo Serna)


Si examino con detenimiento la lista de obras que me vienen a la cabeza tan variadas en época, género, tono y ambición— a la hora de hablar de libros que ayuden a la sociedad civil a comprender al ser humano podría creer, a primera vista, que se trata de una dispersión: obras que van del del liberalismo al marxismo, del conservadurismo contrarrevolucionario a la ficción científica, del naturalismo al ensayo antropológico, de la política a la metafísica, del psicoanálisis a la microhistoria.

¿Qué podrían tener en común Edmund Burke y Virginia Woolf, Mary W. Shelly y Hannah Arendt, Karl Marx y Fernando Pessoa, Charles Dickens y Michel Foucault, Jules Michelet y Carlo Ginzburg, Max Weber y Umberto Eco, Jorge Luis Borges y Natalie Zemon Davis?

La tentación sería decir que nada, o muy poco. Pero si los reúno es porque forman una suerte de galería de retratos sobre la condición humana. Sus libros, que leo y releo, no son obras cuyas respuestas me valgan. Son libros que me sirven para seguir preguntando.

Mejor aún: libros que muestran cómo, en cada época, el ser humano vuelve a enfrentarse con los mismos dilemas cambiando de vocabulario, de escenografía, de método. Y esa continuidad en la discontinuidad es, quizá, lo que más nos enseña sobre nosotros mismos.

Lo que atraviesa estos libros no es una doctrina, sino un gesto intelectual: la voluntad de comprender al ser humano en su historicidad, en su fragilidad, en su conflicto y, sobre todo, en su capacidad para inventarse a sí mismo o para estropearse.

Son obras que muestran que la condición humana es siempre un problema abierto, siempre un enigma que se formula de modos distintos según el tiempo, la sociedad, el lenguaje o las pasiones que lo impulsan.

¿Soy yo mismo el hilo rojo? En cierto sentido sí, pero no como protagonista. Más bien como lector que establece un puente entre mundos que, de otro modo, no conversarían. El hilo conductor no es la propia biografía, sino la manera de leer: una lectura que privilegia la complejidad frente a cualquier simplificación; que busca lo humano en sus pliegues y no en sus superficies; que sospecha de las respuestas inmediatas y que reconoce en cada autor una tentativa fallida, valiente, provisionalde pensar lo que somos.

Si hay un núcleo común es este: todos los autores o los libros enseñan que la humanidad no se entiende desde un solo ángulo. No basta con la historia política, ni con la literatura, ni con la filosofía, ni con la antropología, ni con la economía, ni con la semiótica, ni con el psicoanálisis.

Hace falta un cruce de miradas, un ensamblaje irregular, un collage. Ese collage, en mi lista, no obedece al azar o la mera arbitrariedad. Lo mueve una convicción que no se declara, pero que se intuye: que comprender al ser humano exige escuchar voces discordantes, perspectivas incompatibles, narraciones que no se dejan reducir a un relato maestro.

Así que sí, en cierto modo yo soy el hilo rojo. Pero no por imponerme como centro, sino por ejercer lo que se espera de un lector infatigable y, en realidad, de un cuidadoso historiador: hacer convivir lo que parece inconciliable para extraer de ahí una verdad provisional.

Si tuviera que elegir un solo libro que ayudara a comprender lo que es el ser humano, escogería con todas las reservas que la lectura contemporánea exigeEl malestar en la cultura (1930), de Sigmund Freud.

No porque el psicoanálisis conserve intacta su capacidad explicativa, pues una parte de sus supuestos han quedado superados. Elijo el Malestar porque Freud supo formular, como pocos, el conflicto fundamental que atraviesa al individuo en sociedad: esa tensión entre el deseo y la norma, entre lo que anhelamos y lo que nos disciplina, entre nuestras pulsiones íntimas e ignoradas y la maquinaria civilizatoria que pretende encauzarlas.

Lo importante no es la literalidad de sus tesis, ni la exactitud de su descripción de los mecanismos psíquicos. Lo decisivo en Freud es su modo de plantear las preguntas: ¿qué precio pagamos por convivir? ¿qué sacrificios exige la vida en común? ¿qué censuras proyecta la cultura sobre quienes la habitan?

Freud no idealiza al ser humano, pero tampoco lo condena. Lo observa con una mezcla de compasión y lucidez, consciente de que somos criaturas divididas, hechas de aspiraciones imposibles y renuncias necesarias.


Ese enfoque la idea de que el sujeto moderno vive en desajuste permanentesigue siendo una herramienta valiosa para pensar nuestras sociedades. Incluso quienes se alejan de la teoría freudiana reconocen que su intuición central permanece.

¿Qué intuición? El malestar no es algo accidental, sino un componente básico de la vida civilizada. La cultura nos protege, nos afina, nos hace posibles, pero también nos restringe. Y en esa tensión vivimos, sobrevivimos.

Por eso elegiría este libro: no porque ofrezca un diagnóstico definitivo sobre el ser humano, sino porque nos obliga a reconocernos en nuestra contradicción, a aceptar que la convivencia no elimina el conflicto, únicamente lo transforma.

Freud, aun con sus errores y obsolescencias, nos enseña a mirar hacia dentro sin olvidar lo que nos rodea, y a interrogar lo que somos sin renunciar a la complejidad que nos constituye.

 

Este texto pertenece a la entrevista del director de Historia 21 (José Luis Ibáñez Salas) a Justo Serna publicada el 9 de enero de 2026 en Historia 21, que puedes leer completa EN ESTE ENLACE.

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