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La gente y la literatura brillante de Felipe Benítez Reyes

El escritor español Felipe Benítez Reyes, de extensa obra, autor de ensayos, también traductor, poeta (recibió en 1996 el Premio Nacional de Poesía), novelista, cuentista, e incluso autor de una obra teatral, publicó en 2025 otra de sus novelas (yo había leído con gran disfrute dos de las suyas hace años, El novio del mundo, de 1998, y Mercado de espejismos, nueve años posterior): la admirable y divertidísima La gente.


Probablemente este libro no sea una novela (lo veremos a medida que hable yo, que hable de él el autor y quien se camufla de autor y quien no), no importa, lo que sí es es una excelente reflexión literaria sobre lo que la literatura acaba por ser, sobre lo que es la ficción y lo que es la escritura hecha acerca de lo prodigioso de esta nadería que es la vida de tantos y tantas.

 

[…]

 

Dice el prologuista (que escribe en 1988 desde la localidad gaditana de Rota) haber encontrado “el manuscrito de las páginas que siguen” entre los papeles de un familiar suyo, un tío abuelo, Miguel Rancés Olivares, abogado. Entre los títulos que éste pretendió darle a ese manuscrito (que es sobre todo “el reflejo de una época y de unas gentes”) estaba el de La gente, que finalmente adopta el descubridor, por que ese era el único subrayado (en rojo), aunque considera que él habría elegido otro de ellos, Los afanes, pues ¿acaso no es la existencia, nos dice, nos pregunta, “una sucesión desordenada de anhelos que tienden a incumplirse”?

 

[…]

 

De inmediato aparece la gran palabra de nuestros tiempos literarios, la palabra memoria (“de sobra sabemos que la memoria admite fantaseos y adornos, en el caso de que la memoria no sea más que una fantasía muy adornada”). Todo comienza así:

 

“La memoria es una habitación cerrada en la que caben un juguete roto y una ciudad entera, los imperios imaginarios que vagan por el aire como arquitecturas inestables de una pesadilla y el aletazo en el vacío de todos nuestros fantasmas, incluido –como principal– el que solemos ser ante nosotros mismos”.

 

De “indeciso” fundamento, en ella, en la memoria, todo gira “con el vértigo de un remolino de imágenes” incapaces de estarse quietas a las que miramos “con el ansia de quien intenta retener la silueta de un relámpago”. La pureza literaria de Benítez Reyes en su esplendor. Y esto no ha hecho más que empezar.

 

“Una cosa es lo que uno supone en esta vida y otra muy distinta lo que sucede tras la muerte, ya que a partir de ahí se pierde el hilo del guion”.

 

Que la Guerra Civil española es lo que flota en el ambiente de cuanto leemos en el libro acaba por ser indudable, si bien no es éste en modo alguno un libro sobre la Guerra Civil. Se sabe en él de vecinos (de Rota, pues es en Rota donde los personajes viven) a los que se les pueden atribuir al menos dos ejecuciones sumarias; vecinos que denunciaron a quince personas del pueblo, “de las que cinco fueron paseadas y otras tres condenadas a perpetua”; vecinos que pidieron asistir a la tortura de alguien llamado Guindillo al que “le cortaron una oreja para mostrarla luego como un trofeo, igual que en las corridas de toros”, lo cual se llevó a cabo en la sede local de Falange; vecinos que habían acabado casi locos después de que le encarraran durante algunos días unos falangistas con un maniquí “al que pusieron dentro de un ataúd de cartón, con un traje viejo y con una fotografía de Azaña, recortada de un periódico, sujeta con goma arábiga a la cara del muñeco”; vecinos sufrientes de “las directrices paramilitares dispuestas por Melero de Soto”, que se había autoinvestido como cabecilla de “aquella jefatura del desorden en nombre del restablecimiento del orden”. Vecinos de Rota que consideraban la guerra “un tiempo irregular”, como si hubiera sido solamente “un error que se había corregido por sí solo, como por sí solo se produjo”. Vecinos de Rota, como Domingo Reyes, a quien lo fusilaron en un descampado (después de que lo detuvieran o secuestraran, “según se mire”, el cabo Pelota, Pachuco el Insomne “y dos más”) y lo tiraron en una fosa común no se sabe bien en qué cementerio, si en el de Puerto Real o en el de El Puerto de Santa María, lo que produjo un añadido pesar en su hermano José, que “parecía llevarlo como si fuese un coágulo de ámbar”. Vecinos como Javier Méndez, fusilado el 16 de septiembre de 1936 “porque debía cien duros a Melero de Soto”. Aclaremos que el tal Melero de Soto fue “el primero que, nada más enterarse por la radio del Alzamiento, se plantó en la Plaza del Consistorio con una escopeta de caza para ayudar en lo que fuera necesario; el primero que se puso a las órdenes del gerifalte falangista Zamacola cuando este llegó al pueblo con su centuria portuense y el primero que gritó consignas retadoras ante la Casa del Pueblo, cerrada ya a cal y canto. El pionero de casi todo, como quien dice, lo que le valió para que se le considerase la persona idónea, por encima de los títeres asustadizos del ayuntamiento, para dirigir los destinos de la Patria a escala local”.

Se sabe de vecinos, tal y como cuenta Rancés Olivares, sacados a la fuerza de sus casa para ser matados, incluso aunque parecieran ser “de los suyos”, unos de los que mataban en Rota en el verano de 1936 y aún después. De vecinos que supieron de lo del campo de concentración “que se habilitó en los terrenos del antiguo Consorcio Almadrabero”, donde “hacinaron a varios centenares de prisioneros de guerra traídos de medio país”, de que “se contaba que el sargento Vázquez, que era natural de Algodonales y tenía media cara quemada, se divertía con ellos” maltratándolos con una brutalidad gratuita. Vecinos de Rota, entonces chiquillos, que se agolpaban para ver a los cautivos cada tarde tras la alambrada: “algunos les lanzaban mendrugos y otros les tiraban piedras”. Vecinos que acabaron negando haber participado en las acciones represivas de las que durante tantos años presumieron.

Miguel Rancés Olivares —que sobre aquella guerra poco opina, salvo que “en tiempos de guerra, al fin y al cabo, no te mueres de nada en concreto, te mueres de guerra, digamos”— considera que casi todos los que se dedican “a ese ejercicio de riesgo” que es la poesía lo que hacen es escribir “versos sin grandeza”. Para él, la vida llega a ser un “espejo hecho pedazos que uno se empeña en reconstruir con el miedo de un niño que acaba de destrozar por accidente el objeto más preciado de la casa”. Miguel Rancés Olivares, que escribe así, de la mano artística de elevada finura de Benítez Reyes:

 

“Un mar anochecido de índigos profundos y uno refulgente de amarillo de cromo, mares invernales como de esmeralda sucia, mar añil de los veranos, mares otoñales de jade traslúcido y de zafiro poliédrico, mares por momentos de púrpura”.

 

[…]

 

La gente, una novela en la que se nos habla de “un galerista de Sevilla que gestionaba unos cuarenta metros cuadrados de universo consagrados a la fugacidad rotatoria de las tendencias artísticas”, de boîtes donde...

 

“El humo de los cigarrillos vagabundea por el aire dibujando ectoplasmas. Como si fuese la fumarola que sale de la lámpara maravillosa antes de que se corporice el genio que concede tres deseos. […] Y el olor de aquello”.

 

Del “carruaje abstracto del tiempo”. Una novela que da en ser “una historia de fantasmas, que es el género al que acaban perteneciendo en esencia casi todas las historias. Fantasmas, sí, pero cuando nos encontramos ante fantasmas salidos de la literatura, ¡menudos fantasmas! Una novela que pone delante de nuestra alma lectora una diminuta parte de “esta entretenida feria de las fugacidades” que es el devenir humano.

 

“Todas las personas de las que he hablado aquí están muertas. Al recordarlas para redactar este informe –o lo que quiera que sea–, han salido por un momento de su otro mundo y al instante han regresado a él, obedientes al mandato de la nada”.

 

Mención aparte, no podría ser de otra manera, merecen los ‘Apéndices’ que cierran el libro. Entre los papeles de Rancés Olivares, no solamente estaba La gente, también había anotaciones de sumo interés, que sigue mostrando una verdad como un templo: que “en una guerra, al igual que hay grados en la culpabilidad, hay grados en la inocencia, pero nadie es inocente del todo”.

Lo que conviene no olvidar, como leemos en el colofón de esta obra mayúscula es que los verdaderos monstruos, no los de la novelas que son ficciónficción, viven entre nosotros y nada los distingue, no hay señal que nos advierta: “el monstruo lo llevan dentro”…

 

          “Sales a la calle y ahí están”.

 

Este texto pertenece a mi artículo ‘Felipe Benítez Reyes escribe sobre monstruos en La gente’, publicado el 30 de diciembre de 2025 en Letras 21, que puedes leer completo EN ESTE ENLACE.

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