La película española Sirât (subtitulada Trance en el desierto, en un innecesario subrayado de su traumático, aunque no tanto, argumento) es el tercer largometraje dirigido por Oliver Laxe, escrito por él y, como los dos anteriores (Mimosas, de 2016, y Lo que arde, de 2019), por Santiago Fillol.
Si disfruté de Lo que arde, con Sirât no
fui capaz. Ni de disfrutar ni casi de interesarme por esta búsqueda inhóspita
de una hija a cargo de un padre que, inexplicablemente, se acompaña de su otro
hijo, un niño. Una historia lacerante (eso cuentan), ya digo, que a menudo
resulta, según leo, una experiencia intensamente desagradable aunque
artísticamente irreprochable. Para mí no fue ni lo uno ni lo otro.
Estrenada en 2025, y de casi dos
horas de duración (se me hizo un pelín larga, es lo que tiene cuando no se
conecta con lo que a uno le ponen en una pantalla), se alzó con el Premio del
Jurado del Festival de Cannes y fue elegida por la Academia de Cine española
(Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España) para competir
al Oscar a Mejor película internacional.
Lo mejor, la interpretación
ajustadísima de Sergi López y del niño Bruno Núñez, padre e hijo en el filme.
También muchos momentos de la música de Kangding Ray y, en líneas generales, la
fotografía de Mauro Herce.
Como prueba de la excelente acogida de la película de
Laxe, la revista digital FilmAffinity
la situaba en el verano de ese 2025 como la séptima mejor película del año. E
incluso entre las 100 mejores películas españolas de todos los
tiempos (dejándola en el puesto 92).
Trágica y brutal, “una desoladora
respuesta a un presente descarrilado”, dice de ella Elsa Fernández-Santos en El País. Trágica, desde luego. Lo de que
responda a este presente que nos estamos acostumbrando a temer y a temblar
cuando de él hablamos no lo veo yo tan claro. ¿Cuál es su respuesta? Cuando la
veas, me lo cuentas, por favor.
Radical, conmovedora, honda y sorprendente. Es lo que ve en ella Luis Martínez en El Mundo. Un “brillante ejercicio de hipnosis”, un trabajo apabullante que nos deja en estado de trance al contemplarla (...) una obra apabullante que deja al espectador en estado de trance, llega a contarnos Nando Salvá en El Periódico, donde la cataloga de “mezcla extremadamente singular de western, road movie y disquisición metafísica”. Western y road movie, vale, pero ¿disquisición metafísica?
Calificada habitualmente de una
suerte de oda antisistema, me molesto en pensarla como tal y no llego. No
llego. La culpa debe ser mía.
Si no la has visto, prueba tú. Porque
lo que se me haya escapado a mí podría estar al alcance de cualquiera.
Lo de hipnótica también se repite mucho cuando de ella se habla. En fin.


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