La película española Lo que arde es la primera de esas películas en las que casi literalmente se ve
crecer la hierba de cuantas haya visto que me ha gustado. Mucho. Su corta
duración, algo más de ochenta excelentes minutos, ayuda a que O que arde
(este es su título original, siendo gallega como es) pueda ser disfrutada sin
que la palabra tedio le ronde a uno mientras pudiera tener la sensación
de que no pasa nada en ella. Por que sí ocurre.
Me resultó impresionante la escena en la que unas cabras se comen unas
fotos en el interior de una casa abandonada por el fuego. El fuego, destructor
del pasado, asesino de la memoria. El fuego, auténtico protagonista de Lo
que arde. El fuego, para quien no
hay Goya alguno jamás.
Lo que ocurre en Lo que arde es arte, arte
cinematográfico. Sutil y abierto, arte para pensar
y disfrutar de la belleza y del horror como si tal cosa pudiera ocurrir.
Estrenada en 2019, fue dirigida, magnífica y delicadamente, sin
petulancias, por Oliver Laxe, autor de su guion junto a Santiago Fillol, brillantemente fotografiada
por Mauro Herce (no en vano se alzó con el Premio Goya a esa categoría aquel año) e
interpretada por actores no profesionales que cumplen merecidamente como
intérpretes de la verdad cinematográfica, sobre todo sus dos protagonistas, Amador Arias y Benedicta Sánchez (Mejor Actriz revelación pese a su avanzadísima edad en aquellos Goya). En
ese2019, el Festival de Cannes, en su diferente sección Un Certain
Regard, la otorgó el Premio del Jurado.
En una escena del film, Benedicta le dice a Amador, su hijo, para
replicarle porque él acusa a los eucaliptos de su maldad innata, que “si hacen sufrir es porque sufren”. Y Lo que arde acaba por ser un velado manifiesto de las
realidades que la realidad oculta en lo más profundo de los montes, en lo más
profundo de las personas, en la soledad y en la terca manera que algunos
humanos tienen de ausentarse de lo que se cuece en el mundo. No consigue
ni intenta hacer comprensible lo incomprensible, sólo lo muestra, desnudo,
atado a la naturaleza singular de las mañanas, las tardes y las noches de un
espacio rural sencillamente silencioso, tal vez obtuso, en cualquier caso
verdadero, atado a los siglos, al miedo y al amor.
Me resultó impresionante la escena en la que unas cabras se comen unas
fotos en el interior de una casa abandonada por el fuego. El fuego, destructor
del pasado, asesino de la memoria. El fuego, auténtico protagonista de Lo
que arde. El fuego, para quien no
hay Goya alguno jamás.
Por cierto, a la hierba no la vemos crecer en esta película quizás por
culpa del fuego, que arde precisamente para que la hierba no deje de crecer. Y
con esta paradoja y las siguientes críticas de la película acabo.
["Un cine contemplativo pero nunca redundante; ajustadísimo en cada
plano, sin regodeos de grandilocuencia”. Javier Ocaña: El País


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