El libro bíblico del Apocalipsis cierra el Nuevo Testamento. Normal. En él se cuenta la batalla final entre el diablo y el ejército de ángeles, comandado por el arcángel San Miguel. San Miguel Arcángel es precisamente el santo patrono del Cuerpo de Gendarmería de la Ciudad del Vaticano. Pues bien, cuando el papa Francisco dio una homilía el 2 de octubre de 2021 con motivo de la misa celebrada en la Gruta de Lourdes de los jardines vaticanos para sus gendarmes, con motivo de la festividad de su patrono, que había tenido tuvo lugar el 29 de septiembre, contó aquello tan apocalíptico de cómo será el fin del mundo. Cuando San Miguel estará “guiando al ejército de ángeles en esa lucha final con la espada matando al diablo, matando a la bestia” y dándole así a Dios la victoria definitiva sobre el mal.
Se preguntó
entonces el pontífice:
“¿Por
qué la gente se pelea?”
Francisco explicó
lo de que “todo es armónico, todo está en equilibrio, pero en un equilibrio no matemático:
un equilibrio humano”. Cosas de Dios, que hizo la Creación con armonía.
Eso sí, más tarde, “sucede algo: la serpiente seduce. Y esa armonía entre el
hombre y la mujer se destruye”. Porque “siempre hay una serpiente, es decir, el
diablo. El diablo siempre actúa contra el hombre por envidia. La destrucción de
nuestra armonía es obra del diablo”. Que conste. Envidioso como es, el diablo
se pone a destrozar esa armonía propia de las relaciones humanas, explicaba
aquel día el Papa, y logra hacer surgir “tantas enemistades, tantas guerras”: las
cosas del diablo, siempre presto a “destruir la belleza que Dios ha hecho
para nosotros”. Pero ahí está Jesús, que vino al mundo a “para dar su propia
vida para resolver este problema y vencer al diablo en la cruz”. Las cosas
de Jesús.
El pontífice
de la Iglesia católica recordó a sus ayudantes aquel día de 2021 cuántas veces
padecían inquietud, problemas, cuantas perdían el equilibrio, la paz y la
armonía. También “cuántas veces la gente se grita, nos gritamos uno a otro y se
pierde la paz”, porque sí, a menudo “la gente no escucha al otro y se pierde la
paz”. Las cosas de la gente.
¿Pero todo
eso nos ocurre por culpa de quién? Del diablo. Las guerras son, cómo no, “fruto
del diablo, no tengo miedo de decirlo”. No es algo anticuad, quita, sigue
Francisco, lo que es es “la verdad, y la verdad no es ni moderna ni anticuada,
es la verdad”. Cosas de Francisco. Es papa, al fin y al cabo. No falla.
“El enemigo de la naturaleza humana, ese es el diablo. ¿Por qué? Por
envidia. La Biblia dice que con el diablo entró en el mundo la envidia que destruye,
que nos separa a unos de otros”.
¿Y qué hizo
Dios al respecto? Nos dio a los ángeles para defendernos, que nos acompañan. ¿Y
el jefe de los ángeles sabemos quién es? Sí, es San Miguel, aquel que combate
la última batalla contra el diablo. Por eso hay que rezarle, a San Miguel. Y a
su ejército de ángeles.
Francisco
acabó aquella homilía tan de papa con aquello de que “todos los días debemos
luchar. Porque no es fácil vivir hoy, no es fácil la vida cristiana: siempre
hay dificultades”. Menos mal que tenemos la ayuda divina de San Miguel, para derrotar
siempre al diablo y acabar con nuestras divisiones y con la envidia. Palabra de
papa.
Estamos
ahora en septiembre de 2024. El papa Francisco vuelve a hablar del fin
del mundo. Esta vez lo hace por medio de un discurso en Bélgica a las
autoridades de aquel país, dado en el Castillo Real de Laeken, residencia de la
casa real belga, en la periferia de Bruselas, en el que advirtió de que “estamos
cerca de una guerra casi mundial” y pidió, ese fue su deseo, que “los
gobernantes sepan asumir su responsabilidad, el riesgo y el honor de la paz”, y
lo hagan “fijándose en Bélgica y en su historia, sepan aprender de ello y, así,
ahorren a sus pueblos catástrofes incesantes e innumerables lutos”. Cosas de
Bélgica.
Francisco
dijo rezar “para que los gobernantes sepan asumir su responsabilidad, el riesgo
y el honor de la paz, y sepan alejar el peligro, la ignominia y la absurdidad
de la guerra”. Peligrosa, ignominiosa y absurda: cosas de la guerra. También
dijo rezar para que esos mismos gobernantes (los gobernantes, por antonomasia),
“teman al juicio de la conciencia, de la historia y de Dios, y conviertan la
mirada y los corazones, poniendo siempre el bien común en primer lugar”.
Defendió para lograr todo ello “una acción cultural, social y política
constante y oportuna, a la vez valiente y prudente y que excluya un futuro en
el que la idea y la práctica de la guerra, con sus consecuencias
catastróficas, vuelvan a ser una opción viable”.
Y,
atención, que ahora llega la gran creación poética del pontífice, cuando añadió
la petición de que se llame desde Bélgica “a Europa a reemprender su camino, a
recuperar su verdadero rostro, a confiar nuevamente en el futuro abriéndose a
la vida, a la esperanza, para vencer el invierno demográfico y el infierno de
la guerra”.
Vencer el invierno
demográfico y el infierno de la guerra:
cosas de Francisco.
El papa
Francisco considera el asunto del fin del mundo de una profunda relevancia
espiritual. Aunque no siempre lo logra, procura tratarlo no de una forma literal
y catastrófica sino como una exhortación a la conversión personal y
espiritual. Suele ligar el fin del mundo a la transformación interior del
ser humano que pase por renunciar al egoísmo, la avaricia y la indiferencia
hacia los demás. Una transformación que esencialmente es una renovación
espiritual asentada en el cultivo de una fe activa y viva, basada en el amor
y el servicio a los demás. Sin todo ello, sin asentar las bases para un
mundo más humano y solidario, nada se podrá hacer ante los desafíos éticos y
sociales actuales.
En esas
reflexiones suyas sobre el fin del mundo, cuando no son meros recordatorios
apocalípticos, es habitual que lo que propugne sea ejercitar con denuedo el
cuidado de la Tierra como un hogar común. Hay que estar alerta ante la
destrucción ambiental, fruto de la irresponsabilidad humana. También ata a ese
pensar en el fin del mundo la acción social comprometida: reitera que los
católicos tienen el deber de promover la justicia y la solidaridad, también la
equidad, según dictan los principios del Evangelio.
Al fin y a
la postre, el auténtico fin del mundo donde habita es en el odio, la injusticia
y la indiferencia. Solamente el amor y la fe activa harán que lo que prime sean
la paz y la fraternidad. El cumplimiento de ese mensaje, tan cristiano, tan
católico, es para Francisco lo que alejará el apocalipsis. Sin una renovación
espiritual no habrá una sociedad más justa y solidaria, y sin esa sociedad no
habrá un mundo mejor. Lo contrario: el fin del mundo.
Palabra de
papa.
Así que no
habrá un mundo justo sin reflexiones de carácter espiritual. Nada sin Dios. Más
de lo mismo.
El
argentino Jorge Mario Bergoglio, nacido en Buenos Aires en 1936, hijo de un
italiano huido del fascismo y una bonaerense hija de italianos, fue ordenado
sacerdote a los 33 años. Elegido papa en 2013 por el Colegio Cardenalicio de la
Iglesia católica, es el papa número 266, el primer pontífice jesuita y el
primero nacido en el hemisferio sur, el primer papa americano y el primero no
europeo desde el siglo VIII. Eligió como nombre pontificio Francisco en honor de san Francisco de Asís.
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