El pez se supo escabullir cuando él metió sus brazos en el agua. Los peces no saben dejarse atrapar. Algunos hombres no saben pescar peces con las manos. Casi ningún humano es capaz de hacerlo. Pero él siguió paseando con los pies dentro del marpiscina valenciano y decidió que aquel otoño no estaba yendo mal. Ya no volvió a pensar en los peces. Solamente en la grandeza emocional que anida en la desdicha. Así era, es de intenso Curtis, Xan Curtis.
Tengo nombre de personaje de novela, de protagonista
de novela; de protagonista de novela mediocre, le corrige siempre ella. De
personaje de cuento grande, resume Xan para zanjar el asunto. Nombres. ¿A quién
le importan cuando los lee? Curtis, el escritor que jamás escribirá un párrafo.
Xan Curtis, rico por parte de madre. Intelectual afectado, pero dicharachero,
por parte de padre. En realidad, Xan Curtis Gómez. Pero, claro, el Gómez
siempre escondido cuando se quiere ser el protagonista de un cuento grande de
pocas palabras, sólo a la vista cuando lo que uno pretende es lucirse como un
Gómez de Sansinalo de los de toda la vida.
La arena quemando un poco, pero enseguida se está
fuera, sedentario sin fumar en una terraza acalorada y concurrida. Instantánea,
una terraza instantánea, de esas que nunca estuvieron donde están hasta que son
parte esencial de las necesidades de la gente ociosa que necesita inventarse
sus propias preocupaciones para creer que su vida es eso, una vida.
Cuando se sentó aquel algo a su lado, arrastrando una
silla desde otra mesa, sin pedir permiso a quienes allí bebían yoqueséqué, Xan
sonrió y pasó miedo, se asustó, quiso levantarse, finalmente se quedó inmóvil y
dijo solamente ¿otravez? Era el pez.
Xan Curtis, el de nombre para relato grande, para
cuento grande, da solamente para lo que ella decía de su nombre, para personaje
de novela mediocre. Pero seamos serios, no da ni para nombre para un cuento
mediocre. Da para titular un cuento como este: Xan y el pez. No da para más.
Xan no necesitaba luchar en la vida, Xan no precisaba
tener esperanza (y mucho menos la manía de perderla), Xan no necesitaba ningún
alien divino para poder soñar, Xan Curtis llevaba la alegría puesta y su gran
día era todos los días. Xan Curtis era rico por parte de madre y era un
intelectual que nunca necesitó poner por escrito un solo párrafo para que
Germán Coppini escribiera una canción sin tenerle a él en cuenta, ignorando que
este que escribe, y a quien lees, alguna vez iba a escribir un cuento en el que
Xan y el cantante y compositor se dieran la mano mirando cada uno para un lado.
Todo ello mientras un pez rencoroso se sentaba en una terraza para pedir
explicaciones.
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