Pasados unos minutos de las doce de la noche del 19 de junio de 2016 se producen dos hechos importantes en Madrid: ya es mi cumpleaños y Neil Young termina su concierto. Derrotado y feliz, no sé qué hacer y solo se me ocurre abrazarme a un desconocido que estaba a mi lado, con aspecto parecido al mío. Abrazarme y decirle ‘y, ahora, ¿qué hacemos?’, dando a entender que nos habíamos quedado huérfanos. ‘No lo sé, yo solo soy fontanero’, me contestó. Esa es la relación que quiero tener con la música pop: la que no te da un oficio cualquiera.
Pasados unos minutos de las doce de la noche del 19 de junio de 2016 se producen dos hechos importantes en Madrid: ya es mi cumpleaños y Neil Young termina su concierto. Derrotado y feliz, no sé qué hacer y solo se me ocurre abrazarme a un desconocido que estaba a mi lado, con aspecto parecido al mío. Abrazarme y decirle ‘y, ahora, ¿qué hacemos?’, dando a entender que nos habíamos quedado huérfanos. ‘No lo sé, yo solo soy fontanero’, me contestó. Esa es la relación que quiero tener con la música pop: la que no te da un oficio cualquiera.
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