No escribo sobre discos o conciertos. No
suelo escribir.
La música es mejor que lo que yo escriba
sobre ella. Considero.
Mi relación con la música como intérprete:
una canción de los Jam y el Smoke on the water
con una sola cuerda. Otros siguieron, se dedicaron a ello o al menos lo
intentaron. Yo no llegué a fracasar. Ni tan siquiera.
Bailar, eso sí, he bailado mucho. En las
miles de fiestas que organizamos mis amigos y yo. Y en alguna otra. También pude
imitar a Jagger en nuestra casa de Suances ante mis primos.
Ayer contemplé la música ante mis propios
ojos. Una música exhibida, en otra magnífica noche madrileña en el Botánico de la Universidad Complutense, con la consideración que los artistas tienen hacia sí
mismos y hacia el público que acude a conmoverse con ellos una vez más.
Zahara no es lo que parece. He visto en directo a grupos de rock con menos energía roquera que pasaban por ser un vendaval sonoro: nada comparado con la estremecedora intensidad de la música en vivo que ayer desplegó Zahara con su banda valiéndose de un repertorio que ya se acomoda entre el de los grandes artistas musicales españoles.
Zahara no es lo que parece. He visto en directo a grupos de rock con menos energía roquera que pasaban por ser un vendaval sonoro: nada comparado con la estremecedora intensidad de la música en vivo que ayer desplegó Zahara con su banda valiéndose de un repertorio que ya se acomoda entre el de los grandes artistas musicales españoles.
Zahara, intensamente acompañada por una banda donde descuellan Manuel Cabezalí, líder de los magníficos Havalina, y Martí Perarnau IV, que cuando quiere es también Mucho), es una artista de tal calibre que
es capaz de acabar su magnífico espectáculo bailando. Bailando una canción de
Aretha Franklin. Una canción llamada Respect,
casi como inmortal título del espectáculo que acabábamos de ver dedicado al alma
de la música y a la visibilización evidente, triunfal, de la labor de las
mujeres que osan ser músicas, que osan ser la música.

¿Hay vida en Marte?
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