el mismo cerebro que no recuerda ni mi primer beso ni mi primer gol
pero sí a mi padre fumando puros y quemando las vitolas
y a mi madre cogiéndole puntos a las medias de las mujeres de mi
barrio,
el mismo que tiene a gala poder devolverme cada vez que quiera la
risa de mi amigo Manolo,
la de mi amigo Jose, la de Antonio,
el ruido acuoso del agua de la fuente del Matadero donde saciábamos
nuestra sed de niños,
el mismo cerebro donde ahora habita algo más poderoso que nada de
cuanto lo haya visitado,
el mismo donde acudo cada vez que necesito ser feliz y no ahora que
la dicha me inunda,
el mismo cerebro donde están todas las canciones que me han hecho
temblar,
el mismo cerebro que no olvida el olor de la arena de las playas de
Suances y su mar Cantábrico,
sí, ese rojo de aquella lata de galletas es un estandarte que
preside cada una de mis hazañas,
que refulge en la mirada de ella cada vez que me susurra teamo.
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