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¿Una novela sobre Madrid?

Es posible que el escritor español Antonio Gómez Rufo se inspirara en las novelas del británico Edward Rutherfurd —Rusos y, sobre todo, la excelente London (de 1991 la una y de 1997 la siguiente), o en algunas de sus posteriores novelas históricas—, quizás en el pionero de este tipo de obras (consistentes en narrar toda la historia de una ciudad o de un determinado territorio), el estadounidense James A. Michener, para escribir su vigésimo cuarta novela (se dice pronto, vigésimo cuarta), Madrid, publicada en 2016 y que yo acabo de terminar de leer tras meses y meses, años, incluso, de ir compartiéndola con la lectura de muchas otras (mejores, casi todas).

En realidad, su título, el título del libro del que me dispongo ahora a escribir, es Madrid (la novela), un marchamo que pretende dejarle claro a quien lo lea que lo que va a leer no es un ensayo o un recorrido historiográfico dedicado a la capital de España, sino una novela. Aunque en realidad es más aquello que esto. Sin ser finalmente ni lo uno ni lo otro. O sí, que ya no sabe uno.

De su ser un ensayo, un tratado, un libro de no ficción sumido en un libro de ficción, hay pruebas a manta en sus más de 900 páginas. Por ejemplo estos dos párrafos:

 

“El primer intento de regular el desmedido desarrollo de la villa fue la creación de la Junta de Policía y Ornato, en 1590, que hizo cuanto pudo sin mucho éxito. Pero sobre todo ese fue el año de la división civil de Madrid en cuarteles. Con anterioridad, y como en otras grandes ciudades de la Edad Media, Madrid se organizaba administrativamente en parroquias o collaciones, creándose en el año 1202 las primeras diez parroquias que los Reyes Católicos ampliaron a doce y Felipe II a trece.

Fue en ese año 1590 cuando el corregidor Luis Gaitán de Ayala encargó a su arquitecto Pedro Tamayo que dividiera de otro modo la villa y Tamayo proyectó seis cuarteles que partían de forma radial desde la Plaza Mayor. Sus nombres eran los de los edificios más notables que albergaban cada uno de ellos. Así permaneció en Madrid hasta 1770, cuando su división fue en ocho cuarteles con ocho barrios cada uno de ellos. En 1802 pasaron a ser diez los cuarteles, luego en 1835 su denominación pasó a ser comisaría y, en 1840, distrito. Los dos grandes cuarteles, Norte y Sur, finalmente contaron con doce distritos y 89 barrios, división que se estableció tomando como referencia a la calle de Alcalá y la Plaza Mayor”.

 

Otra muestra de lo que digo es esta interesante disertación sobre las entradas y salidas de la ciudad en torno al siglo XVI e incluso posteriormente:

 

“Los accesos de entrada y salida de Madrid por los que llegaban más y más forasteros estaban flanqueados por cinco puertas reales o de registro [luego se citan seis, no cinco], aquellas en las que se pagaban los impuestos: la de Segovia, la de Guadalajara, la de Toledo, la de Atocha, la de Alcalá y la de Bilbao (también llamada de los Pozos de la Nieve). Asimismo se accedía por catorce portillos de menor importancia o de segundo orden: el de la Vega, las Vistillas, Gilimón, el Campillo del Mundo Nuevo, Embajadores, Valencia, Campanilla, Recoletos, Santa Bárbara, Maravillas, Santo Domingo o Fuencarral, Conde Duque, San Bernardino o portillo de San Joaquín, y San Vicente.

Las puertas principales permanecieron abiertas hasta las diez de la noche en la época invernal y en verano una hora más. Una vez superado este horario y solo en caso necesario un retén permitía el paso. El oficio de vigilancia lo hacían los portazgueros. Los portillos, por el contrario, se abrían a las primeras horas del día y se cerraban con la puesta del sol, permaneciendo bajo cierre toda la noche. Entre todas esas puertas y portillos principales, la de Alcalá era la más importante antes de la llegada de Carlos III porque entre sus funciones estaba la de ofrecer una cañada real para los rebaños de ovejas trashumantes”.

 


El libro está repleto de elogios, piropos, adjetivaciones a la ciudad, como si Madrid, cualquier localidad, tuviera vida propia y características ajenas a las vicisitudes de sus habitantes y de quienes se relacionan con ellos. Por ejemplo:

 

“Madrid, ciudad insólita: la calle donde vivió Lope de Vega se llama hoy calle de Cervantes y la calle donde vivió y murió Cervantes se llama calle de Lope de Vega. Madrid y sus paradojas”.

 

Cosa que, por cierto, es inexacta. No murió Cervantes en una calle que se llame ahora ni se llamara nunca Lope de Vega. Atención, hay más errores o confusiones de este tipo en el libro, por lo que no acaba por ser una herramienta muy fiable para el estudio de Madrid, razón fundamental por la que yo me había dispuesto a leerlo.

Sobre lo de Madrid como un organismo vivo. Gómez Rufo se refiere a ella, a cualquiera otra, como eso…

 

“Una ciudad es un organismo vivo, por mucho que sus piedras parezcan inamovibles sus trazados invariables y sus límites trazados. No se trata de sus gentes, que nacen viven y mueren y por lo mismo cambian y son variables y mudables, es la propia ciudad la que a veces defendiéndose otras imponiéndose, la mayoría de las veces exigiendo, se retuerce sobre sí misma como un alma se arruga en el fuego de los infiernos del dolor de la melancolía. Las ciudades también miran a lo alto y a sus lados con satisfacción o desdén y esa mirada requiere ser atendida, porque si se elude la propia ciudad se anquilosa y muere, apática y dejada, como una viuda en las profundidades de lo rural. Madrid, como toda ciudad, no dejó nunca de estar viva, con sus entrañas mudando la piel y sus vísceras reponiéndose del gasto de sí misma. Y por fuera, presumida como toda ciudad hermosa, no dejó de reclamar ser engalanada por el placer de sentirse atractiva, no para satisfacer la vanidad de los reyes ni el orgullo de sus vecinos. Madrid supo siempre de su eternidad, olvidando su origen pero sin pensar en que alguna vez podría llegar el tiempo de la caducidad, y desde una inmodestia nunca reconocida pero permanente en su piel y en sus huesos fue evolucionando década a década, siglo a siglo, sin perder jamás la búsqueda de un horizonte utópico que la convirtiera en un ideal, sin que el transcurrir de los tiempos llegara a lograrlo. Por eso jamás se rindió ni a los demás ni a sí misma”. [Sic, sic y resic].

 

Más de lo mismo. Leemos en el libro: “Madrid, la ciudad que sabía mostrar en los recovecos de su caos la silueta subyugante de una sirena mitológica”. Toma ya.

Vayamos con Gómez Rufo al siglo XVIII, cuando Madrid “es una ciudad que multiplicó por doce su población en muy pocos años y a la que no le estaba permitido ampliar su extensión”, razón por la cual “no tuvo más remedio que crecer a lo alto en vez de expandirse. Era en definitiva una ciudad medieval reconvertida en moderna con necesidad de albergar a sus vecinos e imposibilitada para hacerlo y abastecerlos sin una reforma total que se proponía pero que nunca se terminaba de hacer, por muchos que fueran los planes para llevarla a cabo y mucha la coincidencia en sus vecinos y autoridades para que se hiciera”. Concluye el autor que “siempre se topaba con el mismo problema: la falta de medios económicos para hacerla realidad”.

Lo que de novela tiene el libro es básicamente que sus protagonistas, a lo largo de unas sagas familiares, se van contando unos a otros la historia de Madrid, al tiempo que ellos mismos la viven, alejándose por tanto la obra de Gómez Rufo de aquellas referencias que mencioné al principio de este texto (especialmente de las novelasnoevelas de Rutherfurd). Lo que se narran son las vivencias hasta fechas recientes de tres familias, los Vázquez, los Posada y los Tarazona, que llegaron a Madrid un día de junio de 1565. Aunque, a medida que uno avanza en la lectura del libro, y especialmente en las más de cien últimas páginas, cuanto a ellos les ocurre se desvanece en medio de ese intento de explicarnos la historia de la ciudad de Madrid.

 

“Las personas mueren, los relatos acaban y los ríos se despeñan y apaciguan antes de ahogarse en el mar, pero las ciudades permanecen, su historia no se detiene y las incesantes corrientes de personas y acontecimientos siguen fluyendo hasta desembocar en la infinitud. Como Madrid y su apacible, lento, paseo hacia la eternidad”.

 

Madrid (la novela) se permite algunas (digamos) gracias, como hacer aparecer en el siglo XIX a Francisco Calvo Serraller (en realidad un conocido y reconocido historiador y crítico de arte fallecido en 2018) para hablarnos de Goya desde su cargo palaciego.

En el libro, a veces, no tan a menudo como un hubiera querido en un volumen de estas dimensiones, aparece la literatura excelsa que sabe gastarse el autor. Así, cuando se habla del Madrid de la década de 1950, ya bajo la dictadura franquista…

 

“Madrid era una ciudad de hermosos atardeceres naranjas y blancos, lilas y rosáceos; una ciudad ancha, retrepada y marrón, una ciudad encrespada y de paso, mudable, como si nunca hubiese sido nueva, como si nunca se hubiese terminado de hacer. Parecía un refugio para guardias de tráfico, cobradores, ordenanzas y botones de banco. Un foro de funcionarios, conserjes y ujieres orgullosos del poder minúsculo que le proporcionaba el uniforme prestado que se ponían cada mañana para, amparados en él, ordenar, permitir o prohibir detrás de una mesa, a la que se pegaban como si fuese la de un jefe de negociado o la de un ministro. Una ciudad de mentiras, apariencias engañosas y alegrías falsas, que podía ser colonial sin serlo; el escenario donde se representaba cada día la función de las desigualdades como una farsa para ocultar que lo imposible sucedía de verdad. Madrid mentía, no era difícil saberlo porque los esfuerzos por ocultarlo tampoco eran denodados, sobre todo porque a todo el mundo le convenía fingir que era ciego. Un Madrid que se seguía desnudando cada tarde por el oeste con la inigualable visión del Sol cayendo y dejando el cielo manchado de colores rojos, rosas y violetas de una belleza especial; un cielo teñido como en una acuarela de trazos largos y encendidos que dibujaban matices calientes. Un Madrid, en efecto, que parecía desnudarse allí cada tarde para dormir los días de nubes blancas. breves y deshilachadas”.

 

El siglo XX, juega fuerte Gómez Rufo, acabó por demostrar que “la realidad de Madrid era que siempre fue una ciudad cosmopolita que quería ser provinciana, a diferencia de otras ciudades españolas que, siendo provincianas, no cejaron en su empeño de querer ser cosmopolitas”.

Despido mi exposición sobre la lectura de Madrid (la novela) reproduciendo algunas de las palabras dedicadas en él a aquel infausto Once de Marzo, aquel terrible día 11 de marzo de 2004.

 

“Los ciudadanos que estuvieron todo el día ayudando a los heridos a salir de aquel infierno dijeron que lo más sobrecogedor, por encima del amasijo de los hierros retorcidos y ensangrentados, además de los restos de carne humana esparcidos por todas partes, de los cuerpos mutilados y amontonados, era el sonido de los teléfonos móviles que sonaban en vano. Y los libros: muchos libros que se quedaron sin leer, abiertos, desperdigados, con las hojas agitadas por el aire como plumas blancas, como palomas muertas en el momento final de una cacería innecesaria”.

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