A comienzos de 2026 apareció la cuarta novela del escritorespañolquestáentodaspartes David Uclés, titulada La ciudad de las luces muertas.
Muy pronto me resultó un tostón
infumable, un batiburrillo sin gracia repleto de inane erudición de baratillo
esparcida con aparentes ínfulas de Literatura Grande. Y es lo que acabó por ser
para mí esta afortunadamente no demasiado larga novela. (Matizaría eso de inane
erudición de baratillo, porque el chaval se lo curra). Qué lástima, después
de la gozada que supuso disfrutar de su extraordinaria novela anterior, la muy
famosa La península de las casas vacías.
Y qué diferencia con el batiburrillo grandiosamente literario lleno de personas
de carneyhuesoydeficción de la también reciente novela Bue del argentino
Martín Caparrós.
La ciudad de las luces muertas es Barcelona, vaya por delante, que se me estaba olvidando. (La excelente Bue es Buenos Aires). Una Barcelona irreconocible entre tanta ficción burlesca y novelesca y repensada y reescrita como la que se gasta David Uclés en este descabellado sinsentido sin magia ni entretenimiento. Porque a mí me aburrió, y ahí valen poco las filigranas de la altaliteraturaempequeñecida.
Los protagonistas de la novela son docenas
de escritores y artistas en general, empezando por Carmen Laforet, Mercè
Rodoreda y Montserrat Roig (con citas de las cuales, además, se abre el
libro). De manera que no es de extrañar que el volumen comience con un índice
(larguísimo) de personajes (sale hasta Fermín Cacho, el atleta; también, claro,
Rosalía, que hace de “la promesa”; y hasta el propio Uclés, cantando),
uno de los cuales, por cierto, nos pone enseguida sobre la pista de ese eterno
asunto de la ficción y la realidad, de la literatura y la verdad al decir:
“—Como si lo
literario no fuera acaso real. ¡Más incluso que nosotros!”
La escritura portentosa de Uclés luce
espléndida de vez en cuando, no cabe duda (y eso que todo transcurre durante un
Gran Apagón, sic: “de no haber sido por el apagón y la mezcla de los tiempos”…).
Pero no es suficiente para que “aquella Barcelona de los tiempos” que Uclés
quiere bendecir con su literatura iluminada de magia no siempre idónea
resplandezca sobre las páginas de una novela que no acaba de engatusarme:
“Todavía no se
atisbaba ni un ápice de la claridad del cielo más celeste de todas las ciudades
del mundo ni de los haces de luz azarcones y corales que se crean en el techo
de Barcelona, disparos luminosos del prisma formado por el abrazo de la montaña
y el mar. Pese a la noche cerrada, no sentía miedo. Había salido de la
ceremonia confiada y con gran necesidad de escribir los versos más importantes
de su vida. Como no quería hacerlo en el asfixiante apartamento de su familia,
buscó un recodo tranquilo en el casco viejo”.
Cuando otro de los personajes, escritor, admite que “los escritores nos alimentamos de la miseria y de la infelicidad humanas, como los buitres de la carroña”, en lo que pensé es en que la felicidad está en los libros que se dejan amar, no en estos que hacen todo lo posible por querer ser Grandeza y Rendición en vez de imaginación que enseña y entretiene.

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