En los años de la dictadura del general Franco, en lo que hoy es el pequeño pasaje de Montserrat, dentro ya de Madrid-Río, cerca de la actual calle Antonio López y del puente de Toledo, casi a la orilla del río Manzanares, un barrendero de la zona, el conquense Desiderio César Fernández (nacido a finales del siglo XIX en la localidad de Torrubia del Campo), a quien se le conocía como Zésar, consiguió comprar un terreno, en lo que entonces todavía era parte del municipio de Carabanchel Bajo, durante los años de la Segunda República, concretamente en 1934, y construyó él mismo su propia casa, donde también viviría su madre, que incluía un teatro, llamado de entre varias maneras Teatro Curva, a base de emplear materiales reciclados, de derribo, para entendernos. Una pequeñísima sala de teatro con cabida para sesenta espectadores y un minúsculo escenario. Tras la Guerra Civil, hubo de llevar a cabo el arreglo del edificio —(churrigueresco, gaudiano, por dar alguna idea de su aspecto) dañado, donde hasta había un bar diminuto (llamado Hostería de las Caracolas) y una biblioteca—, que pudo inaugurar el día 21 de noviembre del año 1942. Actor, director y dramaturgo, también productor teatral, escenógrafo, taquillero y acomodador, su vocación escénica era algo descomunal: llegó a escribir cientos de obras de todo tipo y a crear su compañía de actores, aficionados, eso sí. Anunciaba aquellas representaciones en la prensa pero también por medio de programas de mano que él mismo escribía, publicaba y repartía en tiendas e incluso en hogares cercanos. Y no sólo se ocupó de publicar programas de mano para promocionar su teatro-escuela, sino todo tipo de obras impresas: carteles, folletos e incluso periódicos.
El crítico de arte, también crítico teatral, Manuel Sánchez-Camargo elogió en diversas ocasiones el trabajo de Zésar, y éste se encargó así mismo de mostrar en su sala teatral (donde su compañía representaba sus obras los domingos, a las siete de la tarde, a un precio de cincuenta céntimos cada entrada, una peseta con el paso del tiempo) las palabras que le dedicaron nada más y nada menos que dos eminencias dramatúrgicas de aquellos tiempos (y de siempre), Antonio Buero Vallejo y Jacinto Benavente. Se sabe que otro autor teatral, el popularísimo Carlos Arniches, fue espectador ocasional y entusiasta de las funciones del Teatro Curva. De hecho, Zésar participó brevemente como actor en la película La chica del gato, dirigida por Clemente Pamplona e interpretada por Gracita Morales, basada en la obra teatral homónima de Arniches y estrenada en 1964 (cuando, como veremos, su teatro ya había sido demolido; aunque se rodó algo antes, pues en algunas escenas se ve el edificio). Otros espectadores de postín fueron los escritores Gonzalo Torrente Ballester, César González Ruano o el afamado fotógrafo Alfonso (Sánchez García).
De Torrente Ballester puedo aportar algo a este respecto. En su novela de 1987 Yo no soy yo, evidentemente, aparece como personaje un dramaturgo algo chiflado que representa sus obras en un lugar llamado la Curva de Zésar. Ese nombre, Curva de Zésar, también Curva Zésar sin más, se le dio asimismo al Teatro Curva: la expresión Curva Zésar se podía ver además en un rótulo pintado sobre una de las fachadas laterales del peculiarísimo edificio. Reproduzco a continuación algunos de los momentos donde se habla del edificio teatral en el libro de Torrente Ballester (merece la pena leerla, aunque la cita es larga, muy larga):
“El otro día
recordaste aquel lugar estrafalario, La Curva de Zésar, con sus sombras
de cemento, sus símbolos eróticos y su escenario.
[…]
—Y, dígame, señor:
hay algo en ese relato que no sé si es histórico o fantástico. ¿Existió la
Curva de Zésar? Así, con Zeta.
—¡Ya lo creo!
Muchas personas de mi edad, y aún más jóvenes, la recordarán perfectamente. No
fue una invención mía, no, sino de un chiflado con manía teatral, aunque no
erótica. El interior de la Curva de Zésar era una monstruosidad de cemento, más
bien surrealista: formas sin referencia concreta, abrumadoras, sin belleza,
pero con algo característico. Si acaso, el interior de una gruta. Sí. La
palabra más adecuada es grutesco, así, con u, como en italiano.
[…]
—Señor
Mendoza, no es fácil recordar al dedillo algo que sucedió hace casi medio
siglo. Tenga usted en cuenta que esa novela la escribí hacia mil novecientos
cuarenta y uno, aunque haya sido publicada varios años después. Pero creo
recordar que el origen fue el antro aquél de Zésar. Yo creo que, por aquellos
años, era lo único verdaderamente extraordinario, verdaderamente inverosímil
que había en Madrid. Por otra parte, carecía de relación con la situación real,
hambre, persecución política y toda la parafernalia del fascismo suelta por la
calle. Tendría usted que conocer la época y el ambiente para darse cuenta de la
magnitud del contraste. Una casa vulgar, aislada en la Pradera de San Isidro, y
un interior insospechado, yo creo que el mayor disparate arquitectónico que vi
en mi vida. No sé de nadie que haya conocido a Zésar de cerca, en su intimidad,
pero tenía que ser un paranoico de tomo y lomo, un demenciado total, acaso con
algún dinero, o quizás un empleo compatible con su locura. Uno de esos que centran
su insania en una manía inofensiva, aunque aparatosa, que se manifiesta de modo
que no afecte a su conducta pública y que, por lo tanto, le permita circular
libremente. Creo recordar que, en alguna de las primeras representaciones que
nos ofreció, estaba presente la Policía, pero, finalmente, se desentendieron de
él, Zésar no era tonto. Cuando la Policía dejó de estar presente, sus
monodramas dejaron de ser monólogos incoherentes, con referencias reiteradas a
un tema central bastante oscuro, generalmente un símbolo, para añadirles
contenido metafísico y político. Hablaba de Dios y hablaba de Julio César,
personaje en el que indudablemente quería representar al Dictador. También debo
decirles que la forma de sus monodramas cambió sustancialmente. Al principio,
consistían, como le dije, en monólogos de coherencia difícil, que recitaba
sentado en un rincón del escenario, vestido de algo semejante a un moro.
Después introdujo una especie de diálogo, si puede entenderse como tal una
serie de preguntas y respuestas, como un catecismo. Se tapaba la cara con un
triángulo dorado, y preguntaba Jehová; se cubría la cabeza con una corona de
laurel, y respondía Julio César. Recuerdo que una vez cambió estos símbolos por
los de un cocodrilo y un hipopótamo. Se había hecho unas máscaras de cartón,
pintarrajeadas, que le permitían mantener un diálogo lírico sobre los grandes
ríos. Yo no sé lo que sabía Zésar de la historia del teatro, pero creo que,
para sí mismo, inventó la máscara.
—¿Y eso no lo ha
contado nadie?
—A las
representaciones de Zésar iba bastante gente: el teatro tenía cabida para unas
treinta personas, de las cuales, unas eran fijas, los críticos, algunos
escritores conocidos, y, otras, variables. Yo no sé de nadie que haya escrito
sobre el teatro de Zésar más que las reseñas profesionales en los diarios de
entonces. Allí se pueden encontrar, seguramente. Pero, algo de conjunto… no sé.
Tenga en cuenta que estoy aquí encerrado hace bastante tiempo. La gente se ha
portado mal conmigo. Han olvidado mis servicios a la causa. No fui lo bastante
famoso para que me tomasen como símbolo”.
Quede dicho. Pero no olvides que lo
que acabas de leer forma parte de una novela. Una novela.
Le leo al periodista Pedro García Cuartango que Zésar (admirador del teatro clásico, su fuente de inspiración fundamental) calificaba a sus obras como “dramas sintéticos” y que llegaron “a ser tan populares que se reseñaban en las páginas de espectáculo de ABC”. Shakespeare del Manzanares le llamaban algunos a aquel conquense singular. Por su parte, Fernando Collado, también promotor teatral y además escritor experto en la dramaturgia española del siglo XX, dijo del antiguo barrendero que era “un raro misionero del arte utópico”.
Fuera de la relativa pero no lo suficientemente exitosa sala de Zésar junto al Manzanares, su compañía teatral (aquella pretendida escuela gratuita de vanguardia) actuaba también en otros lugares, como el Teatro Cómico de Madrid (antes conocido como Teatro de Capellanes), donde asimismo escenificaba sus propias obras. Y Zésar escribió muchas, ya se dijo. Escribió comedia, drama, sainete, también folletín, variedades… Títulos de algunas de ellas: La legión muda, Viaje divertido a la tierra, La voz de la penumbra, Hamlet de Dinamarca, Sancho Panza y Don Quijote, El pícaro Esteban, Los misterios de Asia, Pasan las aves, Mis hijos de color verde, El príncipe salvaje, El regocijante (su obra capital, a decir de él mismo), Club de hombres extraños… Una de las últimas, la comedia autobiográfica Desiderio V, rey de la Esperanza.
El encauzamiento del río Manzanares y la urbanización de sus márgenes, tan aledaños, llevados a cabo desde 1948 y que se concretarían quince años después en aquellos terrenos donde estaba el Teatro Curva (expropiados por el Ayuntamiento de Madrid), produjo su demolición en 1963, el año de mi nacimiento, razón por la cual jamás pude ver semejante edificio que estuvo situado al lado del puente de Toledo, junto a la glorieta del Marqués de Vadillo, y que en 1954 el escritor Juan Antonio Cabezas había incluido en su monumental guía de Madrid titulada simplemente Madrid. Una aclaración: aquel año 1948, quede constancia, todos aquellos lugares habían dejado de pertenecer al municipio de Carabanchel Bajo para pasar a integrar el municipio de Madrid.
Sobre su fachada principal, en los últimos días de vida de aquel conjunto diminuto, extraño, anómalo, esencialmente hermoso por su contraste con la monotonía en el fondo bárbara de aquellos tiempos, colgaba un cartel que decía, dando una idea del carácter de lo que había sido aquel sueño visionario hecho realidad en medio de la cruda realidad:
“Cerrado
este teatro-escuela.
Agotados medios
propios y negada subvención.
Particularmente se
enseña como casa-museo.
AVISO:
Esta dirección no
quiere hablar de los asuntos que propaga
(no insistan los
muy curiosos)”
Muchos años después, en 2022, el Ayuntamiento de su pueblo, Torrubia del Campo, homenajeó a aquel hombre de teatro (auténtico off-off) al poner su nombre a un local municipal, el llamado Salón Cultural, que pasó a denominarse desde entonces Curva de Zésar.




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