Cuando uno quiere documentarse, saber, conocer para poder comprender y luego explicar algo, lo primero que hace es leer cuanto consideran quienes más saben que tiene que ser leído. Pues bien, por error mío, por confiar en exceso en algún prescriptor más perdido que carracuca, me dispuse a leer, en mi acopio de lecturas sobre Madrid, un libro publicado en 2007 titulado Nueva historia de Madrid, escrito por José Antonio Vaca de Osma, un alto funcionario de la dictadura franquista (gobernador de Ávila entre 1957 y 1966) que dio a la imprenta muchas, pero muchas (no menos de 29) obras de carácter histórico, lo que le valió para considerarse a sí mismo historiador. Cosa que no era en modo alguno.
“Justifico mi osadía de hoy para meterme en este
embrollo: debo de ser uno de los pocos madrileños de nuestro tiempo metido a
historiador. Nacido en Madrid, hijo, nieto, biznieto, tataranieto y chozno de
madrileños, desde hace siglos, es posible que alguno llegara a ser amigo de san
Isidro”.
Dice atreverse a decir, y lo dice, que “sin ser capital del país, Madrid se habría quedado en poca cosa, en el «poblachón manchego» de los viejos gacetilleros, y en cambio España, con cualquier otra capital, seguiría siendo España. Aunque muy diferente”.
De lo
inefable de la cháchara del autor da buena muestra esto que sigue:
“Yo, Madrid de mis pecados y de vuestros pecados,
soy un poco como mi amigo el marqués de Bradomín, viejo con el alma joven,
también feo por las obras, el botellón y las pancartas; monumental, gran señor
e histórico. Pese a quien pese, católico y, desde luego, sentimental. Tengo los
brazos y el corazón abiertos, pero los que vengan que pasen por un filtro, que
por ahí hay mucha gentuza y quiero saber con qué intenciones vienen”.
Policial,
católico a machamartillo, histórico… En fin.
Veamos la
categoría de historiador de este escritor que fuera jefe provincial del
Movimiento cuando lo de Franco (y que admite que cuando escribe sobre el
pasado, en modo historiador, lo que hace es “embaucar cordialmente al
lector”):
“En España, por ejemplo, no basta con llegar a los
romanos, incluso a iberos y celtas; hay un sustrato anterior que es el que
aporta la base genética y
caracterial a los primeros hispanos,
luego tantas veces modificados a través de los siglos, no siempre de forma
positiva. Lo mismo ocurre concretamente en lo que se refiere a nuestro Madrid”.
Hace falta
ser retrógrado. Y en pleno siglo XXI… Le leemos barbaridades a lo largo del
volumen como que 711 fue “el año del desastre del río Guadalete en el que don
Rodrigo perdió a España”; que “la guerra es un fenómeno que acompaña a los
humanos a través de los siglos, y no basta, como pretenden menguados políticos
de nuestro tiempo, con la buena intención de suprimir la palabra de la
Constitución para vivir una deliciosa paz perpetua”; que “todo español debe
tener grabada esa fecha de 1212, como la de 1492, como la muy triste de
Trafalgar de 1805 y la de 1808, símbolos de nuestra Reconquista, de nuestra
unidad y proyección universal, de nuestra decadencia tan grave en los mares y
de nuestra independencia: Lecciones de la Historia que debemos tener presentes
en unos tiempos en los que desde la periferia, con el beneplácito de Madrid, se
nos quiere llevar a unos miserables reinos de taifas, rompiendo la unidad de
España, su dignidad y prestigio y el bienestar del país”. ¿Suficiente?
Cuando el
autor llega al momento en que se ve en la obligación de explicar las razones por las que Felipe II
decidió sentar la capitalidad de su reino, los reales de su corte, en la ciudad
de Madrid, lo que hace es acudir a
todos los sitios comunes que han explicado esas causas desde hace décadas. Es
de las pocas veces que se muestra cabal en la explicación histórica:
“Madrid estaba a buena distancia media entre las
grandes ciudades peninsulares; podía ser un adecuado cruce de caminos para
desde allí centrar la acción del rey sobre todas ellas. […]
No hay que suponer tampoco una predilección por
Madrid, por sus grandes encantos, por sus comodidades o por sus dimensiones
superiores a otras poblaciones españolas. Como diría el insigne
Sánchez-Albornoz, la elección de Madrid fue un hecho de voluntad.
Felipe II sabía lo que quería: la Corte, la
metrópoli, el sillón real, a igual distancia de todos, y en España, con sus
inmensos dominios, que le caían demasiado lejos pero que los tenía en mente,
entre legajos y despachos, en su mesa de infatigable trabajo. […]
No creo, como dice algún cronista, que en la
elección de Madrid prevaleciera su mayor proximidad a El Escorial, por ejemplo
más cerca que Toledo o Valladolid.
Insisto en que fue un hecho de voluntad al que los
años, con altos y bajos, con pros y contras, han ido dando la razón”.
Este libro,
donde podemos leer que hay aspectos de la guerra de Sucesión que todavía
perduran o que a finales del XVII “no había partidos políticos, ni régimen
parlamentario, ni oenegés, ni ONU, ni sindicatos, ni Opus Dei, es decir, que la
gente políticamente se aburría, lo que tenía sus ventajas”, este libro, digo, no tiene apenas consideración alguna
sobre Madrid que merezca la pena destacar o ni siquiera tener en cuenta a la
hora de engrosar lo que sabemos o queremos saber sobre mi ciudad. Aunque le agradezco haberme permitido
recuperar unos ripios que hace años me hicieron gracia y que tardaba yo en
recuperar. Aquellos versitos dedicados a la esposa del rey Carlos II (el libro
habla más de reyes y sus cosicas de reyes que de Madrid), María Luisa de
Orleans (aquella “infortunada y bella flor de lis”), que decían:
“Parid, bella flor de lis,
con aflicción tan extraña;
si parís, parís a España;
si no parís, a París”.
Para Vaca
de Osma, los pobres castellanos, vascongados, gallegos, catalanes…, “en su
limitada y escasa vida” de centurias, con todas aquellas guerras,
reclutamientos, tributos, sequías y pestes, siempre estaban dispuestos
(atención) “a darlo todo por unos ideales que parecían salidos de una tradición
de siglos”. Qué falta hace que se conozcan las aportaciones de los auténticos
historiadores. Por ejemplo, la maravillosa y breve historia escrita por Juan Sisinio Pérez
Garzón.
Ni que
decir tiene que lo hace el autor de Nueva historia de Madrid cuando llega a la Segunda República, la Guerra
Civil y el franquismo (un “pacífico, constructivo, admirable espejismo”, dice
de la dictadura de Franco: “cuarenta años de progreso”, “una de las más
positivas etapas de nuestra historia”) es enervar aún más a cualquiera que
tenga una mínima sensibilidad historiográfica, así que te voy a ahorrar el mal
rato de presenciar sus barbaridades. Pero qué diantres, si lo he leído yo…
“Algo más que una guerra, la culminación del odio y
el miedo, envueltos en sangre, que hoy algunos pretenden revivir desenterrando
cadáveres”.
Vaca de
Osma tacha a cuantos hemos escrito usando los conocimientos historiográficos de
haber ejercido una “bilis incontenible” y exacerbado “un odio retrospectivo”.
“Lo que hoy llaman tiranía
franquista”.
Un autor
(“los que no sabemos lo que es Internet parece que seguimos en la Edad Media”,
dice de sí mismo) capaz de escribir que el Desfile de la Victoria, “al margen
de ideas políticas, fue un día grandioso en la historia madrileña”. O que los
totalitarismos, el de Franco, por ejemplo (“tan sui generis”), tienen
sus cosas buenas y sus cosas malas (“características positivas y negativas”,
dice el pseudo historiador polígrafo): entre las malas, ojoooo, “la falta de
libertades políticas”, pero ¿y las buenas?, ¿las vamos a olvidar ahora? ¿Vamos
a olvidar todos los beneficios que ocasionó que el gobierno del general Franco
constituyera un llamado “Estado de obras”? Inefable el ministro falangista.
“Madrid, capital de España, la ciudad
de todos, por la gracia de Dios”.
Suficiente.

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