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La desconfianza se cura con la esperanza: estamos apañados, Victoria Camps

La filósofa española Victoria Camps, que a su dilatada carrera como escritora une su faceta como política (es consejera permanente del Consejo de Estado), publicó en 2025 el libro La sociedad de la desconfianza. Acabado de escribir en el mes de junio de ese año, Camps pretendió hacernos leer un libro “confiado”, no pesimista. Como siempre pasa con estos grandes retos no lo consigue del todo, pero su intento merece la pena. Porque confiado es el breve volumen, pero crear confianza en el futuro ya es otro cantar, una empresa descomunal. Al menos se agradece la ausencia de nihilismo y de la verborrea a menudo incomprensible de los que se dicen filósofos.

 

“Todo apunta a que a la democracia y a la manera de vivir que se ha instalado en la sociedad de consumo le falta cooperación y le sobra egoísmo. Por eso el clima generalizado es de desconfianza”.

 


La propia autora desvela pronto la tesis del libro: “que la raíz de la desconfianza está en eso que hemos venido en llamar individualismo”, que no es otra cosa que, por un lado, “una concepción distorsionada del valor de la libertad”, y, de otro, “un abandono de la lucha por la igualdad”.

Lo de la libertad, eso de ser libre. Victoria Camps define aquí la libertad afirmando que “ser libre significa poder elegir bien o mal, acertar o equivocarse en la elección”. A la hora de emplear la palabra libertad no se puede olvidar que si “la idea de deber moral desaparece y se entiende que ser libre es carecer de límites, volvemos a algo cercano al estado de naturaleza hobbesiano que, en lugar de ir eliminando represiones y prohibiciones, se impone reforzarlas y ampliarlas”. Esa libertad de la que se han apropiado los conservadores reaccionarios enfundados en un liberalismo de poca monta, defensor de los tiburones, olvida el deber moral que le dota de carne al empleo de la libertad. En un sistema económico ineficiente e inestable como el que sufrimos/disfrutamos lo fundamental es su ser un sistema inequitativo en el que la libertad realmente no existe. Y debería.

Lo que es necesario “para superar la indiferencia natural hacia los demás” (tan acentuada en los tiempos que corren) es la ética, pues ella nos permite “entender de verdad que nuestra especie es una y que cada persona que la compone tiene derecho a una consideración igual”.

Y ahí viene el corolario de todo cuanto nos explica Camps en este librito:

 

Pasar de los derechos a los hechos es una de las claves para recuperar la confianza”.

 

Esta época nuestra se caracteriza por una serie de ánimos negativos, cuales son “la insatisfacción, el malestar y el descontento”, causados a raíz de las recientes crisis sucesivas mundiales que los gestores públicos (los políticos) han sido incapaz de remediar o aliviar, a decir de la autora. Menos mal que nos queda la ética para tratar de restablecer la necesaria confianza, ahora que lo que se ha producido es el triunfo del libertarismo.

 

“Mi recorrido docente por las teorías éticas de los filósofos me ha convencido de que lo que necesitamos por encima de todo es recuperar el sentido de las virtudes éticas o cívicas para implantarlas en nuestras vidas”.

 

Se pregunta Camps sobre algo medular de esta sociedad de nuestro tiempo: “¿Cómo extrañarse de que las generaciones más jóvenes no adquieran un ethos democrático, tolerante, respetuoso, equitativo, si nada ni nadie se lo inculca ni lo ven ejemplificado en ningún lugar?” Y nos ayuda a responder la cuestión:

 

“Para que todo cambie hay que empezar por la educación, pero educar es una tarea colectiva”.

 

Según leía el libro iba teniendo en cuenta que tarde o temprano íbamos a llegar a las tesis sostenidas por Byung-Chul Han en un libro que yo acababa de leer, El espíritu de la esperanza. Y, en efecto. Camps enseguida nos pone en guardia sobre lo que ahora mismo está en cuestión: la esperanza. Que solamente surge en colectividad, nunca en el sujeto, siempre en el nosotros.

 

Confiar en que lo que está mal puede ser corregido y mejorar es el tipo de esperanza que necesitamos”.

 

De hecho, la autora llega a hablar indistintamente en el libro de confianza y de esperanza.

Vivimos tiempos en que “ninguno de los problemas que la gente considera más preocupantes para su vida diaria tiene vías de solución creíbles. Ni de solución ni de ser atendidos con seriedad”. Pero hemos de tener presente que en toda esa problemática siempre encontraremos esos “fallos éticos que piden y pueden ser corregidos”.

 

“Nos sobra insatisfacción y descontento, pero faltan incentivos que alimenten la esperanza”.

 

Esa voluntad de cambio necesaria para transformar la sociedad “tiene que contagiar a todos, no solo a los representantes políticos”. Se trata de vencer a la desidia en la forma de gobernar y al egoísmo de quienes ven en la libertad únicamente derechos y nunca deberes.

Políticamente, Camps, de antiguo vinculada al PSOE, admite que la socialdemocracia está ahora mismo desprestigiada ante “la batalla de las identidades”, que “ha adquirido un peso en las políticas públicas de la izquierda que deja en un plano muy secundario las políticas sociales”. Es como si fuera más progresista “el reconocimiento de las identidades” que el interés por las desigualdades.

Son muchas las páginas que Victoria Camps le dedica a la vejez en La sociedad de la desconfianza. Y parte de un hecho incontestable, que lo que el ser humano ha conseguido hasta ahora con este nuevo impulso técnico y científico no ha sido prolongar la vida sino la vejez.

 

“Este no es un libro sobre la vejez, sino sobre la confianza. Si traigo a colación el aumento de la esperanza de vida es para poner en cuestión que existan razones suficientes para hablar de la vejez como una etapa esperanzadora. Envejecer es encontrarse de cara con la proximidad de la muerte, que siempre es un mal trago, con la diferencia con respecto a tiempos pasados de que esa perspectiva poco halagadora puede durar muchos años y en unas condiciones que hacen más difícil la preparación por la aceleración de los cambios que se producen a nuestro alrededor”. 

 

Como la docente que siempre ha sido Camps, no puede evitar escribir un capítulo completo sobre el “desconcierto educativo”, al fin y al cabo también ha escrito libros sobre educación.

 

“Lo habitual y lo más fácil es concluir que, si hay crisis, es porque se educa mal, y que lo primero que debe hacerse para corregir los incumplimientos o la falta de conciencia moral es analizando los fallos de la educación”. 

 

Pero el problema es que “no creemos en la educación”, ni los partidos políticos ni la familia y la escuela parecen creer en las capacidades educativas. Pareciera que a ese respecto todo fuera a peor. Es como si pareciera que la desconfianza en el porvenir de la condición humana corriera pareja a la eficacia de los esfuerzos educativos, asegura Camps. ¿La razón principal? Que “la socialización se realiza por contacto con un entorno cambiante y complejo, un entorno más nocivo que benéfico contra el que debe luchar la voluntad de educar: las formas de vivir que promueven la economía de consumo, la mercantilización de cualquier propósito, las redes sociales, el valor supremo dado al enriquecimiento personal, se conjugan mal con las limitaciones intrínsecas a la voluntad de educar. 

Convendría no olvidar nunca que “educar es algo más que enseñar unas cuantas disciplinas con éxito. El fin de la educación es construir un ethos, un carácter, unas costumbres, una manera de ser que tienda a la excelencia, como nos enseñó Aristóteles”. El saber moral no solamente consiste en conocimientos teóricos, sino que “se transmite por imitación y a través de modelos”.

Camps acaba por echar buena culpa del mal de la educación a la importancia que tienen en el sistema educativo, no que se les da, sino que tienen los psicopedagogos, tan nefastos por ignorar la experiencia educativa y propagar medios y formas no contrastados. Pero también aclara que para educar, para enseñar, para favorecer el pensamiento crítico es indispensable recurrir a la disciplina, la autoridad, el establecimiento con claridad de la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, a inculcar la necesidad de imponerse límites. Sin olvidarnos de la necesidad de enseñar a ser libre.

Es esencial lo que sigue. Se pregunta la autora “¿Por qué hemos dejado de confiar en la socialdemocracia, la que fue una de las mayores transformaciones del siglo pasado?”. Su respuesta:

 

“A día de hoy, si es difícil que la ciudadanía establezca diferencias entre las políticas de centro derecha y de centro izquierda es porque la derecha ha hecho suyos los avances de la protección social más asentados, mientras la izquierda apenas reacciona a las llamadas de unos desprotegidos cuyas características ya no son las primeras que hubo que atender, sino otras de nuevo cuño: inmigrantes, ancianos y ancianas dependientes, enfermos crónicos, enfermos mentales, discapacitados, nuevos pobres y marginados sociales y culturales”.

 

Existe una indiferencia hacia la desigualdad que es visible incluso en las políticas supuestamente de izquierda, hay una “escasa incidencia en las políticas de igualdad al dar prioridad al reconocimiento de las diferencias en detrimento de avanzar en la corrección de las desigualdades materiales” Sostiene Camps que, “si las diferencias tienen que ser respetadas, las desigualdades, que mayormente son económicas, tienen que ser corregidas”, que esas desigualdades “requieren políticas y reformas más costosas social y económicamente que el reconocimiento de diferencias identitarias, las cuales, al fin y al cabo, solo chocan con algunas resistencias ideológicas”. Subraya la autora que “el reconocimiento de la identidad nacional, sexual, étnica, cultural o religiosa” ha de formar, evidentemente, parte de una política de progreso interesada en afirmar la dignidad de la persona. Las discriminaciones de individuos pertenecientes a grupos marginados secularmente no son aceptables en una democracia de derecho. Pero el precio de luchar contra esas discriminaciones “deja de ser el proyecto común y encuentra un sustituto más popular, más emotivo y estimulante. Es el triunfo de la libertad individualista donde cada uno reclama su «igual» libertad sin pensar en cómo queda la libertad de los demás”.

 

La igualdad material es el requisito más importante para que, una vez conseguida, desaparezcan las diferencias discriminatorias de todo tipo”.

 

No debemos olvidar, defiende el libro, que las identidades han de estar incluidas en “círculos inclusivos” pertenecientes “en la identidad que nos incluye a todos, que es la identidad humana”. Para ello hay que dispensar un tratamiento realmente humano “a todo el mundo por igual, sin desigualdades que condenan a existencias inhumanas”.

Por ir concluyendo:

 

“El caso es que instalarse en una actitud pesimista y catastrofista no es la mejor manera de recuperar la confianza perdida. La esperanza nos constituye como seres humanos, pero la esperanza no se sostiene si no incluye la fe en las personas”.

 

Vivimos unos tiempos en los que las nuevas generaciones se inclinan hacia posiciones reaccionarias, incluso fascistoides, “porque proyectan en ellas la rebeldía antisistema propia de la juventud” y “su voto está movido por el miedo”. Pues vaya… Al parecer encuentran en aquéllas “una definición de sí mismos que alimenta su antisistema”. Estamos apañados. Porque Camps acaba concluyendo algo tan banal como que “hay que seguir agarrándose al dicho de que la esperanza es lo último que se pierde”. Pues vaya, estamos apañados.

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