Los reyes son los padres.
De los príncipes, rechista la pequeña
de ellas.
Será de las princesas, quiere afinar
la mayor de las tres. Los padres de las princesas.
Todo lo que saben de ese mundo que
hay ahí fuera lo saben porque lo han aprendido, en realidad solamente conocen
de ese mundo que hay ahí fuera lo que aprenden.
Ayer bajaron a sus dominios un libro.
Ya habían tenido alguno. Creen saber leer. La mayor leyó mucho antes de todo
esto. La pequeña lee ahora en voz alta. La mediana escucha. Saben más de
cualquier cosa que de ellas mismas.
Rosa del Cairo, Priscila Desierto y
Dueña Juana han escuchado muchas veces eso de alfinalsonpersonas. Ellas tres no
saben lo que son. Únicamente están, hacen cosas, dejan de hacerlas, van
y vienen y cumplen con los requisitos imprescindibles de los seres vivos. No
con todos. Lo de reproducirse, como que no. Pero ahora aprenden sobre la marcha
de ese libro que no entienden del todo bien, pero en el que ha sonado ya varias
veces la palabra amor. También la palabra esperanza. Esta última
la conocen bien. Son pura esperanza en su trinidad de aspecto humano que sube y
baja desde las entrañas de una ciudad que no saben que es Madrid. Hoy están
debajo de la Casa del Reloj.
Arriba, por encima de ellas, se mueve
el jaleo de algo que va a ocurrir y ya lo es, jaleo, antes de tener lugar, que
quizás lo sea más, jaleo, que cuando se produzca. Abajo, las tres se huelen
algo, porque están acostumbrándose a conocer lo que esos humanos se traen entre
manos mientras ellas intentan conocer lo que cada una de ellas, todas juntas,
quieren. Todavía no les ha dado por bailar, pero todo se andará. Ahora lo que
hacen es dejar el libro en su sitio (allí donde ellas viven cualquier
lugar es útil para cualquier cosa) y quedarse atentas a lo que se cuece sobre
sus cabezas, mirándose. Algo de unos reyes. Debería estar lloviendo, piensan no
saben por qué. Pero no. No llueve. Lo que hace es un frío maravilloso, de los
que invitan a creer que nada como estar fuera de casa, en todas las calles. Ese
frío que las está esperando, a ellas tres, que saben lo que es el frío
solamente de oídas.
Suben las tres al jaleo sin que el
jaleo repare en ellas. Escabullirse, pasar desapercibidas, no ser nadie, son
sus virtudes. La virtud de cada una es ser ninguna, la de las tres juntas, la
invisibilidad. Fuera, entre esos edificios cerca del río, hay mucha gente
disfrazada subida a unas carrozas imposibles de explicar, las tres primeras
llevan cada una a un rey, uno es negro. Ellas tres saben mirar todo eso como si
lo comprendieran. Enseguida saben que acabarán sabiendo lo que es. Sea lo que
sea. Tres reyes. Se van, las carrozas se van, salen del recinto donde ellas
ahora están prácticamente solas, tratando de imaginarse bailando. Pero antes
han de conseguir lo que han ido a buscar. Comida.
Nadie las ha visto jamás comer. En
realidad, es muy posible que ningún ser humano sepa de ninguna de las tres,
algo que se antoja imposible teniendo en cuenta que hay quien está siendo capaz
de contarnos cosas de ellas, como todo esto de la Casa del Reloj y la cabalgata
de los Reyes Magos que parte desde ella. Alguien que ahora seguro que nos dice
que ellas están escuchando una canción de La Plazuela y que no saben cómo
bailarla. Hasta que saben. Y se ponen a bailarla. La bailan como lo que son.
Imaginarios seres reales de los que pueblan los cuentos de Navidad, los cuentos
de la Noche de Reyes. Los cuentos. “Si algo me ha enseñao mi casa y las
fachadas de mi calle es que por fuera son sencillas y por dentro tan los
detalles, yo quiero igual a to el mundo que por mi casa pase, siempre que no
hable mal de nadie: las mentiras son mentiras y las verdades son verdades”.
Son clavadas a Lola Flores, las tres,
no a Lola, a Lolita y a Rosariyo, no, tampoco a Antonio, qué demonios,
solamente a Lola, la Lola de España. Ellas lo saben, y a menudo se esfuerzan en
serlo, a sabiendas de que nadie ve en ellas ni a Lola Flores ni a nadie,
solamente la gente vislumbra en las tres el rumor desvencijado de seres
imaginarios que nada más aparecen en los cuentos de Navidad, en los de Noche de
Reyes, en los cuentos que lo único que quieren es ser ficción y no explicar
nada. No todo es saber.
A Rosa del Cairo, a Priscila Desierto
y a Dueña Juana el único ser humano que las conoció, por decir algo, antes que
tú que lees todo esto ahora, fue Lucia Berlin, que se acercó a ellas a
preguntarles por una mercería, cuando las tres se quedaron mudas ante la
inesperada situación y lo único que supieron y pudieron hacer fue mirarse la
una a la otra y la otra a la otra y a la una y la una a la otra otra y ponerse
a bailar una canción de Alaska que no era Bailando.


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