Existe un hueco en el mundo donde cabe la exacta porción de las tierras de un país de países al que llaman España.
Es un lugar pequeño en medio de lo
universal, y hay que ser muy bobo para hablar ahora del destino.
Se cuentan cosas desopilantes del
pasado de las gentes que murieron entre aquellas costas, entre aquellas
montañas, cerca de sus ríos, bajo los cielos que le cayeron en suerte a ese
país de países.
También se dicen horrores muy comunes
a los de los seres humanos del resto de ese planeta que gira como con desgana
alrededor de una estación de metro.
Horrores y glorias. Horrores para
(casi) todos, las glorias para unos pocos. Pero siempre habrá quien crea que
los horrores no tuvieron importancia y que las glorias salpicaron a cuantos
vivían en aquellos territorios.
Territorios dejados de la mano de
Dios y la Virgen para muchos, territorios dedicados a la memoria eterna de Dios
y la Virgen para cuantos han preferido siempre estar con quien siempre gana.
Incluso cuando no hay nada que ganar.
Reyes, peones camineros, ricos,
presidentes de clubes de fútbol, ganaderos, profesoras de Matemáticas,
cantantes, poetas, ladrones, jinetes, prostitutas, generales, limpiabotas,
toreros, enfermeras, periodistas, empleados de banca, editores, sacamuelas, pobres,
rufianes y feijós.
Protestas, aspiraciones,
explotadores, opresión, laberinto inquieto, herencias y disyuntivas, elecciones
y aristocracias. Audacias y bullicios, procesos y procesados. Cultura y
cálculo. Sufrimiento, anhelos y vidas: lágrimas y sonrisas. Todo el teatro del
mundo al norte de África. Y el trauma.
España, la de los héroes y los
mártires, la de las mujeres agazapadas como si su existencia no hubiese valido
la pena, escondidas por los hombres, a menudo maltratadas, llegadas a la
historia ahora que hay quienes de entre ellas han sabido convencer a muchos
hombres de que también saben, quieren y pueden. Supieron, quisieron y a veces
pudieron.
España, ese amasijo de virtudes,
torpezas, sangre, dolor y sueños, esa casualidad causada por tantos avatares
envejeciendo hasta cambiar una y otra vez lo que pudo haber sido. Y no fue.
España, la de la historia que siempre
acaba mal. España, la
de la esperanza blanca a la que hay que quitarle la camisa
o partírsela. Como Camarón.

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