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El reinado de Isabel II

Y ahora atendamos otro tramo de tu historia contemporánea, aquel que va desde la muerte del rey Borbón Fernando VII hasta el comienzo de la Restauración de su familia en 1874.


Isabel II reinó desde aquel año 33 hasta su derrocamiento en 1868, aunque comenzó ejerciendo la regencia como sabemos su madre, a quien se la sustituyó en 1840 por el general progresista Baldomero Fernández Espartero, más liberal para los tiempos que corrían y progresista, sí, porque así se llamaban los liberales más decididamente liberales, más alejados del Antiguo Régimen que los casi tibios liberales moderados.

Mayor de edad a los 13 años (sic), Isabel reina (es un decir) desde 1843. Sus gobiernos te instituyeron España, en esencia, en gran medida tal y como eres ahora, aproximadamente, pues fueron capaces de acabar de una vez y para siempre con los fundamentos económicos y jurídicos del Antiguo Régimen, disolviendo el régimen señorial, desvinculando las propiedades nobiliarias de sus herederos primogénitos y completando un amplio proceso de desamortización sobre todo de los bienes eclesiásticos, permitiendo la existencia de una sociedad de clases, basando su acción política en el constitucionalismo que fija las misiones de cada uno de los poderes, facilitando el desarrollo, o su posibilidad, de la economía ya decididamente capitalista, asentando la centralización administrativa y la jerarquización burocrática o el centralismo indudable a la hora de organizarte territorialmente según el modelo uniforme que existirá hasta 1978 en tus tierras, y acometiendo la reforma tributaria conocida como reforma Mon (por ser Alejandro Mon el ministro encargado de pilotarla) por medio de la cual se unificaron los tipos de contribuciones existentes para acabar racionalizando el sistema impositivo y, por tanto, la Hacienda Pública.

La impronta de más calado de aquellos años isabelinos es la de los moderados, no en vano llamamos Década Moderada a la muy moderada que va de 1844 a 1854 y, de hecho, si exceptuamos el insuficiente Bienio Progresista (1854-1856) y algunos momentos del inmediatamente posterior tiempo de los gobiernos de los intermedios políticos (y militares) de la Unión Liberal, a la monarquía de Isabel II bien podemos adjetivarla de moderada, si por tal cosa entendemos (en el lenguaje estrictamente político de la época, quiero que se entienda) actuaciones tales como la creación de la Guardia Civil, santo y seña de una política, la moderada, más preocupada de garantizar el orden público, su orden público, que cualquier otra cosa.

Tres fueron las constituciones de aquel reinado, aunque la última de ellas no llegó a entrar en vigor: la progresista de 1837, la moderada de 1845 y la nonata  y progresista de 1856: la Constitución de 1837 era, digámoslo, progresista aunque poco, pues en ella se combinaban elementos progresistas (soberanía nacional, división de poderes, determinados derechos y libertades) con elementos moderados (Parlamento bicameral, fortalecimiento del poder real); y de ella, de su flexibilidad buscada, nació la Constitución de 1845, manifiestamente moderada como atestigua su fundamentación en principios como la soberanía conjunta entre el monarca (la monarca en aquellos años) y las Cortes, que reforzaba el poder regio, el carácter (muy) conservador del Senado, ilimitado, vitalicio y designado desde el trono, y un sufragio censitario (sólo votan los pudientes, para entendernos) más censitario que el censitario de la del año 37.

Cabe decir, y lo digo, que en aquel pasado tuyo isabelino, España, en el que la participación popular brillaba por su ausencia, los cambios constitucionales se hacían digamos a golpe de sable y que los pronunciamientos militares, la sublevaciones de entonces, eran sus principales detonantes. ¡Qué importancia cobra el poder de tus militares en este siglo XIX, España! De hecho los principales líderes políticos del reinado isabelino son el progresista Espartero, el moderado Ramón María Narváez y el jefe (sí, jefe) de la Unión Liberal, Leopoldo O’Donnell. ¿Y la Iglesia católica qué, se me dirá? Tras perder buena parte de su patrimonio con las desamortizaciones liberales, la Iglesia llega a un pacto con los nuevos tiempos por medio de algo parecido a una reconciliación plasmada en el larguísimo Concordato de 1851: no olvidemos que el predominio de aquellas décadas había caído del lado del conservadurismo político.

Y si de militares se trata, ¿sabes cómo acabaron los años de la monarquía de la hija de Fernando VII? Así. Con una revolución, a la que llamaron La Gloriosa, mezcla de golpe de Estado −militar, por supuesto− y sacudida del árbol de la monarquía demasiado conservadora: al poco caché que muchos de sus protagonistas habían dado al régimen isabelino, tan afín a los grupos sociales más enriquecidos, se unió la extendida mala fama de la reina Isabel II, falta de todo crédito social, y para rematarlo todo actuó una galopante crisis financiera. El caso es que en septiembre de 1868, los militares conspiradores contra la reina y sus hombres de confianza lograron derrocar a aquella y enviarla a un exilio parisino.

 

Este texto pertenece a mi libro ¿Qué eres, España?, publicado en 2017 por Sílex ediciones.

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