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Canciones (españolas) más o menos populares


Es imposible cubrir por completo, tampoco era la pretensión del libro que escribo, el brillante recorrido de la música popular española o en español a lo largo de los últimos ciento y pico años. Por eso, como soy consciente de los muchos artistas que habrían quedado totalmente fuera de una obra de este tipo quiero mitigar esa injusticia. Voy con algunas canciones que me excusen…

Hilo de seda, de Los Pekenikes (que, en realidad, sí salen en el libro, busca, busca): 1966. Instrumentales para fundir España con la música pop.

Cuervos, de Almas Humildes (el grupo de Antonio Resines, el actor no, su primo): 1968. Folk folk.

Ja s'ha mort la besàvia (“yo amaba a la bisabuela, su muerte me ha entristecido, triste de tan contento que estaba”), de Pau Riba (el extraterrestre que menciono en el libro un par de veces y cuya música Jesús Ordovás casi me convence de amar): 1969. El viaje a todas las partes.


Sólo tú
, de Módulos
(estos también han salido brevemente en el libro, compruébalo, y cantaban aquella otra maravilla titulada Todo tiene su fin): 1971. Pop español a prueba de futuro.

Andando, de Nuestro Pequeño Mundo (que no era suya, que era de Almas Humildes, de Resines): 1975. Más folk folk.

Yo te lo digo cantando, de El Luis (el nombre artístico de Luis Barrull Salazar): 1976. La frontera entre la rumba catalana y el rock.

La gata bajo la lluvia (una canción cuya grandeza tardé décadas en admitir), de Rocío Dúrcal (mencionada cuando se hablaba aquí de Maryní Callejo): 1981. Medio siglo de actividad musical, una de las grandes de la música popular española.


En la calle del ritmo
(una de las mejores canciones de la historia de la música pop española), de Los Elegantes (que no podían aparecer tan levemente en este y en mi anterior libro musicales): 1983. Guitarras son cuchillas de afeitar.

El hombre cosa ama la lluvia, de Los Plomos/Los Auténticos (los hermanos Villanueva, los de La estrella, los de Mi abuelo): 1986. Pop sicodélico beachboysero.

Mescalina, de Los Rebeldes (una banda de rockabilly que fue mucho más que una banda de rockabilly): 1987. Rockrockrockymásrock.

Escarcha, de Héctor Lavoe: también de 1987. El rey de la salsa que pudo reinar. Y reinó. Esta canción del portorriqueño inmortal supera el estilo, el género, y se eleva por encima de la idea mágica que tenemos de la música como pura excelencia emocional artística.

El árbol de la magia (que tanto me recuerda a mi primo Quico, fallecido tan joven), de Mercedes Ferrer (a quien ya he mencionado en el libro, de pasada): 1991. La Gran Dama del pop-rock español.


Ella se esconde
, de Rubén Blades
(ese gigante musical panameño a quien pude disfrutar en directo en las madrileñas Noches del Botánico en julio de 2023, justo cuando daba su gira de despedida, y le escuché glorificar a Héctor Lavoe): otra canción de 1991. Afrocubanismo, salsa invencible, jazz mundial.

No me molestes el sueño, de Corazones Estrangulados (uno de nuestros grupos favoritos, míos y de mis dos hermanos, en aquellos años en que vivíamos juntos creciendo en casa de nuestros padres y hubiéramos querido desear tener una banda de rocanrol que se llamara Corazones Estrangulados): 1992. Pop-rock a lo The Motels (menuda versión la suya de Total control), con una voz, una voz…

Chicas fuertes (que se la ponemos a nuestra nieta Eris para que la baile y la cante desde bien pequeña, décadas después de que existiera, la canción, no Eris), de Tahúres Zurdos: también de 1992. Rock importante, con Aurora Beltrán como faro.


Aburrido de esperar
, de Marc Parrot
(que aparecía muy de refilón en mi primer libro sobre la música pop y que también fue algunas veces El Chaval de la Peca, después de dejar dos elepés de debut estratosféricos): 1993. Pop necesario (sólo para locos, sólo para niños).

Y ahora solamente nombres que no podía acabar pasando por alto: Los Diablos (pop facilón y exitoso), Itoiz (“el eslabón perdido de la música vasca”, a decir del periodista musical español Íñigo López Palacios), Barón Rojo (por citar alguna banda heavy), La Unión (que tan de refilón han pasado por aquí, y con cuyo líder, Rafa Sánchez, lleva tocando años la batería mi amigo Ángel Olivares), Malevaje y Celtas Cortos (otros dos grupos que aparecen en el libro muy levemente), José Antonio Labordeta, Andrés do Barro, Urko, Joaquín Carbonell, Estopa (mencionados muy muy de pasada hace unas páginas), Fito & Fitipaldis y El Drama o La Rendición de Brenda (grupos los dos últimos liderados por otro amigo mío, José Luis González Subías, que coincidió con Olivares en la primera banda de pop-rock de ambos: Stress)… ¿Hay alguna canción más bonita que Dudas?


Y Amaia, a quien fui a ver en directo con mi hija María, que está enamorada de su música, y que me maravilló como la artistaza musical que es aquel día de otoño de 2023 en que la disfrutamos en el WiZink Center madrileño (Palacio de Deportes, que cambia de nombre según quien lo pague, el nombre).


Y Walls, también Natos y Waor, que me los descubrió su hermano Arturo.

En aquel primer libro mío dedicado a la música (pop), uno de cuyos capítulos se titulaba ‘Y en España (hasta Confeti de Odio)’, salían Los Estudiantes, Los Relámpagos, Bruno Lomas, Lone Star, Los Canarios (con Teddy Bautista), Mocedades, o Luz Casal, Ketama, Tino Casal y Asfalto (tanto a ella como al grupo madrileño y al de los Carmona y a Tino, que no era hermano ni nada de Luz, los menciono también, de pasada, a alguno varias veces, en el libro que lees), Kaka de Luxe, Duncan Dhu, Parálisis Permanente, Fernando Martín/Desperados, Los Hermanos Dalton, Germán Coppini (y Siniestro Total y Golpes Bajos), Miguel Bosé, Rosendo/Leño, La Orquesta Mondragón, Los Pistones, Miqui Puig/Los Sencillos, Esplendor Geométrico, Ketama, Dover, Mala Rodríguez, Astrud, Amaral, Facto Delafé (con o sin Las Flores Azules), Niños Mutantes, Lori Meyers, Supersubmarina, La Habitación Roja, Maga (a quienes también he mencionado aquí), Los Delinqüentes, Love of Lesbian, Standstill, Jero Romero, Triángulo de Amor Bizarro, Joe la Reina, Rufus T. Firefly, Yo Ciervo, Club del Río…

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