Accedí (tarde) a la literatura de Ángel María de Lera ante la recientísima recuperación de su figura como escritor y bajo el acicate de querer leer su gran novela sobre la Guerra Civil, aquella famosa en su tiempo, muy famosa, Las últimas banderas, sobre la que ya he escrito ESTO.
Ahora, poco después, he leído su debut literario, la novela Los olvidados. De Lera llegó pronto al éxito, rápidamente, quiero decir, pero no a la literatura, pues su primera novela, esta, precisamente, vio la luz cuando él tenía ya 45 años. Pero el tiempo no pasó bien por su realismo social, ni por el de nadie (su populismo expuesto de manera algo folletinesca tampoco ayudaba a que perdurase su arte), y hasta hace relativamente poco cayó tan en el olvido como si ello remedara el título del que quiero hablar. Acabó de escribir Los olvidados en 1955, novela que apareció por primera vez dos años después en un volumen junto a las de, ellos sí, jóvenes autores (Enrique José Agustín, Cástulo Carrasco y Víctor Alperi), en la colección Nova Navis. Pasó muy desapercibida, pero dado el éxito de su segunda novela, Los clarines del miedo, de 1958, la propia editorial Aguilar la reeditó en 1960 en una edición corregida por el propio autor con algunas alteraciones no pequeñas de la primera, sin añadidos, pero con numerosas supresiones de diversos párrafos.
En el año 61, Ángel María de Lera
decía de su literatura (que prácticamente acababa de echar a andar) lo
siguiente:
“Tengo un concepto
épico de la novela. Para mí, la vida del hombre es eminentemente trágica,
luchando contra el imposible, contra su destino. Esto es lo que me interesa
novelar: seguir al hombre y a su camino de sufrimiento, ya que es el único ser
en el mundo que sabe que tiene que luchar y no hay solución en la existencia,
que sabe que tiene que morir y lucha como si viviera en la eternidad”.
No me extraña que tuviera ese
concepto de la novela. Los olvidados es todo eso.
Ángel María de Lera ofrece en sus
novelas “una visión humanista y cordial con la condición del ser humano”. No lo
digo yo, son palabras de Asunción Castro Díez, quien se responsabilizó
del cuidado de la edición que yo he leído de Los olvidados, la publicada
en 2004 por Cátedra, en su reputada colección Clásicos Castalia. Añade ella que
el autor “denuncia en sus novelas la miseria e indignidad del ser humano en la
sociedad de posguerra adaptándose a las posibilidades que una época de férrea
censura imponía”. En De Lera, heredero del realismo galdosiano y barojiano,
la novela (que se nutre de la vida, como leemos en la larga introducción de
Castro Díez) es sobre todo un medio excelente para comunicar inquietudes
sociales, sin que el estilo, el fondo artístico, valiera más que esa capacidad
de actuar sobre la sociedad para hacerla saber sus desequilibrios e injusticia.
En sus novelas, en Los olvidados ya resulta evidente y primordial, los
protagonistas son los perdedores y su lucha por la supervivencia.
Los olvidados transcurre muy cerca de donde vivo, de donde yo mismo me crie: el entorno de la madrileña plaza de Legazpi, junto al río Manzanares, llegando, cerca, a la zona conocida como Las Carolinas, donde se asienta el poblado chabolista que es el principal ámbito de lo narrado (“aquella troglodita colonia” que De Lera conocía de primera mano habitada por “la corriente emigratoria de Andalucía”), un paisaje en modo alguno inusual en las afueras de la ciudad (poblado por “gentes díscolas, discutidoras, agresivas y superlativamente sucias”, sic y resic) desde el que las mujeres se desplazaban al vertedero inmenso y cercano de La China a recoger basura seleccionada. He de decir que los topónimos que yo aporto ahora son ignorados por De Lera, que se limita a dar muy pocas pistas sobre los sitios donde transcurre la novela, más allá del Mercado de Frutas y Verduras o la plaza de Legazpi o el Manzanares o el barrio de Usera.
“Después de la
alameda se encontró en una explanada donde por doquier, sin orden ni concierto,
habían brotado pequeñas casitas de adobes y latas, muchas de las cuales
parecían más bien abscesos de la propia tierra. La entrada de algunas de ellas
se abría al ras del suelo, como bocas de minas. Podría confundirse muy bien
aquel extraño poblado con un cementerio en la noche de difuntos, con sus
lucecitas desperdigadas entre las sepulturas alumbrando los tristes
pensamientos de los yacentes; pero las delgadas columnitas de humo que se
elevaban de aquellas cancerosas arrugas de la tierra y un olor acre de grey
humana testificaban la presencia viva del hombre”.
De Lera reconoció que el personaje de
Antonio (“nunca se hace bastante por los demás”) es en realidad una suerte de
trasunto literario de un anarquista ya anciano a quien conoció en la prisión de
Ocaña, donde ambos penaban su pertenencia al bando derrotado en la Guerra
Civil, pero que el protagonista de Los olvidados (“un ángel ácrata”)
también le debe mucho a su propia biografía. Ambos, el autor y el viejo
Antonio, tienen en común, sin ir más lejos, que pese a haber perdido una guerra
(algo que en el libro se insinúa levemente, eran otros tiempos, los de la
dictadura franquista) no se sentían vencidos.


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