El oficio de historiador enriquece a la sociedad civil cuando se lleva a cabo con la prestancia de los buenos escritores, de los buenos indagadores en el pasado histórico, no de los meros oteadores del pasado.
La memoria es parte de la Historia, del oficio de los historiadores, pero
no es parte esencial del mismo, dado que si la una, la memoria histórica, digo,
es un acercamiento tentativo y a menudo político, ideológico, la otra, nuestra
disciplina, es, por el contrario, un entramado metodológico con pretensiones
científicas que quiere mostrar una interpretación de la verdad, de lo que fue
la verdad en el pasado, de lo que en el pasado tuvo lugar, no de lo que se
quiere que se recuerde del pasado.
Tiene razón el escritor Antonio Muñoz Molina cuando afirma (en un artículo
suyo para El País de mayo de 2022, en el que se columpia cuando habla de
contenidos educativos, eso sí) que “si el objetivo de la Historia es alimentar
la autoestima, personal o colectiva, el orgullo, el patriotismo, la
consecuencia inevitable es el embuste, o esa falacia a la que ahora se llama
untuosamente el relato, o esas formas de memoria histórica que
borran o tergiversan todo aquello que contraríe la nobleza sin mancha del pasado
que se ha elegido rescatar”.
Hay que historizar (¿existe ese verbo?, da igual, yo me lo quedo) la
memoria. Porque sin hacer concordar lo que quiera que sea la verdad histórica
con la memoria (tan inconsistente ella, tan atrozmente irresponsable), el
trabajo del historiador es el de mero correveydile paniaguado e
ideologizado. Porque la educación es clave, y, de eso, los que editamos
manuales didácticos curriculares relacionados con la Historia sabemos un rato.
[arte de Aledo & Vallaure]
Extraído de mi artículo ‘La primera democracia española del siglo XX’, aparecido el 30 de junio de 2017 en Nueva Tribuna.

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