En 1998, un año después de su fallecimiento, se publicó el libro del escritor argentino Osvaldo Soriano que lleva por título Arqueros, ilusionistas y goleadores, un libro de relatos (y algunas crónicas) escritos a lo largo de 25 años que tiene al fútbol como protagonista. Como se explicaba en su nota preliminar, el volumen reunía “todos los textos sobre fútbol que Soriano publicó en sus cuatro volúmenes de recopilación con las Memorias del Míster Peregrino Fernández, los últimos cuentos que escribió para Página/12, e incluye tres relatos hasta ahora [entonces] inéditos en libro. La épica y el humor, tan fundamentales en su estilo, son dos constantes de estas narraciones en las que, a partir de las fantasías que el fútbol puede poner en juego, Soriano también habla de la supervivencia, de la valoración de los otros y de las capacidades, ambiciones, valentías y miserias del hombre”.
La
compilación y el prólogo corrió a cargo del periodista deportivo argentino
Ángel Berlanga. En ese prólogo, titulado ‘Centrodelantero y escritor’,
Berlanga comienza por decir de Soriano que “lo primero que quiso fue ser
futbolista. Centrodelantero. De San Lorenzo”. También que dejó de jugar por una
lesión en la rodilla. Y que lo segundo que Soriano quiso ser fue periodista y
escritor: “quiso contar”. En los cuentos de Arqueros… Osvaldo Soriano
“inventa y se reinventa, ya que en muchos é mismo es personaje y/o
protagonista”.
“Una cancha
de fútbol resulta, para él, un escenario propicio para enfocar al hombre; en un
partido y sus alrededores caben el talento y la torpeza, la gloria y el
fracaso, la justicia y la corrupción, lo desmesurado y lo conservador, el
picado y la final de un mundial, lo real y lo ficticio, el débil y el poderoso.
Solía citar a Camus: En una cancha de fútbol se juegan todos los dramas
humanos”.
El primer
cuento del libro se titula ‘Centrofóbal’ (donde Soriano nos cuenta que
sabía darle al balón “con alma y vida” y que su padre, el padre del narrador,
entiéndaseme, “era de los que se creían superiores por sostener que el fútbol
consiste en veintidós imbéciles corriendo detrás de una pelota”) y comienza
así:
“Me acuerdo
del tiempo en que empezamos a rodar juntos, la pelota y yo. Fue en un baldío en
Río Cuarto de Córdoba donde descubrí mi vocación de delantero. En ese entonces
el modelo del virtuoso era Walter Gómez, el uruguayo que jugaba en River, pero
también nos impresionaba Borello, el rompeportones de Boca”.
Es una
delicia leer el arranque de ‘Primeros amores’:
“Siempre que
voy a emprender un largo viaje recuerdo algunas cosas mías de cuando todavía no
soñaba con escribir novelas de madrugada ni subir a los aviones ni dormir en
hoteles lejanos. Esas imágenes van y vienen como una hamaca vacía: mi primera
novia y mi primer gol”.
En otro de
los cuentos leemos refiriéndose el autor a Argentina que “a Dios no le gusta el
fútbol, pibe. Por eso este país anda así, como la mierda”. Argentina, su país,
otra de las grandes habilidades literarias y analíticas del autor de Cuarteles
de invierno.
En ‘Orlando
el sucio’, el protagonista le dice al narrador, un trasunto del autor de
todos estos relatos:
“Usted tenía
talento en el área. Es una lástima que haya terminado así, teniendo que
escribir tonterías. Seguro que no aprendió a pegarle con la derecha”.
Uno agradece
que Soriano tuviera que acaba escribiendo tonterías, en lugar de jugando
al fútbol sin que yo pudiera disfrutarlo. La verdad.
Me interesan
mucho las pinceladas aquí y allá sobre la esencia del fútbol, una manera de
mirarlo y entenderlo que suelo compartir con el autor del libro. En ‘Finales’
(inédito hasta 1998 en libro, publicado originariamente en Página/12, el
17 de julio de 1994, el día que Brasil e Italia jugaron en Los Ángeles la final
de la Copa del Mundo), puedo leerle que “de un partido a otro, de copa en copa,
aprendemos cosas nuevas. Hay una moral del que mira y otra del que juega”.
También es
admirable esa poderosa conexión entre la literatura y el fútbol que ya lo es de
por sí cada uno de sus cuentos, pero que en ocasiones Soriano remata con una
suavidad artística de primera categoría, como en este pasaje de ‘El Chango
Agüero, Schopenhauer y el descenso’:
“En la
cancha parecía otro: cambiaba de estatura, de voz, de mirada, y su infinita
soledad tucumana se convertía en una muchedumbre de gambetas y toques al
milímetro. Yo lo veía aparecer como un espectro entre los criminales del medio
y picaba a buscar su pase perfecto. Cuando no llegábamos al arco era por
torpeza mía. Las nuestras eran terribles expediciones a la poesía del gol, pero
el poeta era él. Cuando digo poeta no pienso en versos coquetos sino en la
lóbrega gestualidad de Quevedo y sus paredones de la patria. En Pavese
encerrado en el hotel de Turín. En Pasolini aplastado en Ostia, en Alfonsina
Storni buscando su última pelota allá en el fondo del mar. Algo de eso había en
el Chango Agüero”.
Cuento en el
que brilla con luz propia esta máxima digna de Camus, de Albert Camus: “Ya sé,
no es posible que el fútbol, banal y grosero, evoque los misterios de la vida,
pero a veces, dentro de la cancha, los remeda mucho”. Al fin y al cabo, se
trata de “jugar, fantasear, crear de la nada, sorprendernos con una esfera que
viene y va y en el camino pierde su nombre”.
En ‘Arístides
Reynoso’ volvemos a contemplar las perlas que puede contener un relato ya
de por sí excelente. Perlas como esa de “así son las novelas: risas y llantos,
penas y sobresaltos”. O aquella otra de “el fútbol es duda constante y decisión
rápida”.
Al fin y al cabo, como le contara Soriano a Peregrino Fernández (su brillante invención literario-futbolística que aparece en tantísimos relatos suyos y especialmente en los treces que componen las Memorias del Míster Peregrino Fernández, aquella novela inacabada), sus novelas, sus cuentos, trataban “de los goles que uno se pierde en la vida”. Peregrino Fernández, el dueño de frases tan memorables como la definición de fútbol según la cual, éste “no es más que fantasía, dibujitos animados para mayores” o de la que dice que los humanos únicamente “somos músicas que quedan en los otros”, también de aquello de que “lo dañino del fascismo es que logra que los imbéciles se crean muy piolas: cuanto más idiota es un tipo, más orgulloso lo pone el fascismo; hay obras por todas partes, inauguraciones, banderas, curas, fútbol y mucho silencio”.
Para acabar,
dos lecciones más de Peregrino Fernández, quien (y esta es una) le recomienda a
Osvaldo Soriano (en realidad es éste quien nos la recomienda a todos cuantos le
leemos) la novela del escritor danés Hans-Jørgen Nielsen El ángel del fútbol,
de 1979, y algo esencial sobre los poetas del juego contenido en ese
libro (segunda lección):
«Hay tres clases de futbolistas. Los que ven los espacios libres, los mismos que cualquier payaso ve desde la tribuna y los ves y te ponés contento y te sentís satisfecho cuando la pelota cae donde debe. Después están los que de pronto te hacen ver un espacio libre sin más, un espacio que vos mismo y quizá los otros podrían haber visto de haber observado atentamente. Esos te toman de sorpresa. Y luego hay aquellos que crean un nuevo espacio donde no debería haber habido ningún espacio. Esos son los profetas. Los poetas del juego».


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