Señora Casa del Reloj, es usted todo un monumento, si se me permite decirlo. Un monumento en mi barrio madrileño. Un monumento en una ciudad sin un millón de muertos que nos hablen todos los días, a todas horas, de patrias y de distinciones susurradas por un recuerdo imaginado. Un monumento de paz junto a un río tranquilo. La paz de Matadero Madrid. La paz de Madrid Río.
A ella y a mí nos gusta el faro de Suances, aunque nunca me lo haya dicho. Lo sé porque cuando pienso en el futuro busco un faro y sé que en su sonrisa de bosque español brilla dulcemente aquel que en la punta del Dichoso todavía ilumina el porvenir de cuantas almas surcan el mar Cantábrico en la oscuridad.


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