Comencé a
leer la novela Cuando vengan los míos, pocos días después de la muerte de su autor,
el escritor y periodista Eduardo
Rodrigálvarez. Su primera y única novela. Su gran novela bilbaína.
Publicada
en 2018, en el año anterior al fallecimiento de Rodrigálvarez, Cuando vengan los míos pertenece al
género de la novela negra, al cual responde con categoría de novela social, también
histórica, pues se sitúa en la España del franquismo, en la Vizcaya de 1960. Los años del franquismo, los años en los que nunca
fue necesario que la verdad saliera a la luz. Años de torturas policiales, todos
los años de la dictadura franquista lo fueron. Años del miedo de muchos y del dolor
de no pocos. Cuando los detenidos “sólo deseaban que el dolor se incrementase
de tal forma que acabara por ser más poderoso que el miedo, y ambos se
durmieran en la inconsciencia”. Son los años en los que el euskera estaba mal
visto en aquel País Vasco por culpa de la represión franquista, que había
logrado “inocular la idea de que era un idioma inculto”.
“La melancolía
es la tristeza de los ricos y la tristeza es la melancolía de los pobres”. Con
esta frase de uno de sus personajes, Ernesto
Acevedo (“un hombre aturdido, siempre a mitad de camino entre sus
reflexiones y sus decepciones”), comienza esta novela de Bilbao, una ciudad que prefiere “la insistencia a la sorpresa”. Otra
frase de Acevedo:
“Media España se ha planteado o ha soñado alguna vez
con matar a Franco”.
Personajes
como El
Dandy, que cree que “todo trabajador, por el hecho de serlo, lleva un
comunista dentro, aunque él no lo sepa”. Personajes que viven en los tiempos
represivos del franquismo en los que nace ETA, “los de la boina”, como los
llama el comisario Andrade, “esos
cuatro locos que andan jugando con explosivos, bicrucíferas y panfletos”:
“A los explosivos y a las pistolas se les acaba cogiendo gusto. En
cuanto vean un fusil se les va a poner la picha gorda”.
El
inspector Anselmo Vela es el protagonista de Cuando vengan los míos (una obra que se fundamenta en la simple consideración
de que “lo cotidiano es lo más complicado del mundo”). Él y su conciencia, con
la que charla a menudo, literal y literariamente.
La obra de Rodrigálvarez
tiene quizás una protagonista más consumada: la ciudad de Bilbao. Bilbao y su
ría, “sucia pero elegante”; la ría, “aquella arteria amarilla que parte a
Bilbao en dos”.
La novela
relata una investigación criminal. Sobre lo que es una investigación criminal,
el comisario Andrade le dice al inspector Vela que “tiene sus pautas, sus rutinas,
su par de hostias si llega el caso, y, vale, también les dejo las diez de últimas
al ingenio, la casualidad, la adivinanza, la intuición si quieres”. Pero Cuando vengan los míos también nos
cuenta una conspiración de esas que pudieran hacernos pensar que las grandes empresas
humanas necesitan tanto de conciencia social como de inconsciencia. Una
conspiración en aquella España del erial,
la de la “cultura secuestrada por los festivales de coros y danzas”. Una
conspiración y una investigación criminal en un mundo que, lo dice una de las
prostitutas de la novela, “está hecho de mentiras, de promesas incumplidas, de
direcciones prohibidas”. En cualquier caso, en lo que narra esta novela, donde
respiran la poesía (ese “algo misterioso que está a la vista de todos") y las comidas
humildes que semejan la felicidad, hay algo de “juegos de viejos derrotados, de
soñadores sin sueños”.
Se me
ocurre, como corolario, una de las sentenciosas frases de Evaristo sobre el
pasado:
“Lo malo no es tener un pasado sino tener un presente.
El pasado existió, el presente existe.”
O mejor
esta frase, que es con la que llega a su fin la novela (no destripo nada):
“Definitivamente,
el tiempo se había detenido”.


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