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El más allá donde cantan para siempre Vainica Doble

Un sonido igual al del aguacero fuera de los muros de nuestro hogar, esencial sinfonía a la manera de Vainica Doble: cinco suspiros por cada caramelo de limón.

El abismo del deseo de pasado frente a la memoria útil y el dinero y las lenguas con las que construir pueblos e inventar la democracia sin el dátil de Vainica Doble…

 


Todos los caminos llevan a ningún sitio

Pintaron a Vainica Doble en una cueva prehistórica: ahora sale a la luz aquel vestigio prestigioso. En este caso, lo extraño en la belleza era el sonido. Su silencio atávico y de vinilo monoaural, de geología contemporánea. La noticia ha causado una impresión impresionista, dado el caso. Imprimía carácter ser de Vainica. Le daba a uno un aura de sabiduría y de barrio y de hogar y de riesgo. Revolucionaria forma de ser en estos tiempos sin tiempo. Todo a la vez: academia y feudo, callejeo y peligro.

La gruta era conocida en el lugar. No tenía nada especial, salvo cuando fue refugio durante la guerra. Si estuvo habitada cuando nos hacíamos a ser una especie, nada dejaron aquellos ancestros para recordárnoslo. Pero, recientemente, en la década pasada, alguien las pintó. Las pintó a Vainica Doble. La pintó, a la cueva. ¿Y por qué es prehistórica si no sabemos a ciencia cierta que hubiera sido lugar de paso o vivienda de aquellos tatarabuelos de los tatarabuelos de los tatarabuelos… de los primeros humanos con ganas de serlo? Porque siempre se ha dicho que lo es. Y ahora, además, es la cueva prehistórica donde están pintadas Gloria van Aerssen y Carmen Santonja. Las pintaron cuando ya las dos estaban muertas, pero si las ves, si ves ese retrato rupestre suyo pareciera que Gloria van Aerssen y Carmen Santonja habitaran la cueva cuando los seres humanos no sabían tratar a los perros, ni los perros existir.


A Vainicia Doble las recuerdo desde pequeño. No puedo decir muchas cosas elogiosas de ellas, porque, aunque me compré hace años un disco con sus canciones más populares, siempre caigo en la cuenta de que no las he escuchado bien. Sé que fueron grandes, influyentes, reputadas, también desconocidas para la posteridad, a menudo tan desinformada. Pero qué más da: ahora ellas están inmortalizadas en las paredes del pasado ancestral, mirándonos desde su excelencia artística y su sabiduría ignorada. Va siendo hora de que diga yo dónde está esa pintura, dónde la cueva. Daré una única pista: la cueva prehistórica, que quizás no lo sea, donde pintaron a las dos Vainica Doble, que son tan admiradas por quienes saben hacerlo, está en mi imaginación de escritor de ficciones, no en la deliberada memoria de escritor de Historia. Está en mi imaginación de escritor de ficciones durmiendo el sueño de los justos.



 

 

De haberlo sabido

hubiésemos matado de angustia a Platero,

habríamos obligado a Ángeles Santos a exiliarse de sí misma,

prendido fuego a la Sagrada Familia,

ahogado en alcohol a Vainica Doble,

a las dos;

de haberlo sabido

tendríamos que haber anestesiado a Ignacio Aldecoa,

deberíamos haber ensangrentado todos las tambores de Buñuel,

lapidado a Buero Vallejo,

colgado de una viga a Chillida

y a Oteiza.

De haberlo sabido

nos habríamos ahorrado el llanto de los pájaros

y su chirriante esfuerzo cantarín

incapaz de salvarnos del siglo XX y su fuego de náusea.

Pero Ángeles Santos no pintó a Platero en vano

sobre las paredes de la Sagrada Familia,

ni Vainica Doble cantaron sin recompensa cuentos de Ignacio Aldecoa,

tampoco Buñuel dejó de rodar el tragaluz de Bueno Vallejo

(Bueno, sí, Bueno)

mientras Chillida esculpía el alma de Oteiza

y en toda España soplaba a menudo ese viento

del que respiramos nuestros labios antes y después

de cada beso.



 

Déjame vivir con alegría

Yo no cambio tu ananás por mi limón, cantaba de camino a Cataluña en mi primer viaje sin mis padres, acompañado de los otros alumnos, alumnas más bien, de mi colegio al que llamábamos El Tinte.

Seguía cantando. No sólo en el autocar, en semejante viaje a través de la estepa meseteña en dirección a Zaragoza y su río Ebro, aquellos días tan río, también en el hotel nada más llegar ya de noche, borracho de la libertad extraña y acogedora.

Vainica Doble se empeñaban en administrarme una buena medicina, la de la música que empezaba a descubrir con apetito, qué digo, con hambre, en aquellos días de mis poco más de los 13 años. La medicina que tenía un prospecto donde aprendí a leer bien a las claras Déjame vivir con alegría.

Qué alegría.

Ahora que Gloria y Carmen están muertas, ese destino idiota que es la muerte me traslada a una mañana de verano, recién acabadas las clases, en aquellos últimos años de la EGB, en que me despedía de Cuca y de Ricardo, de mis padres, para subirme a un autobús que me llevaba directamente a la luz y al futuro. Al más allá donde cantan para siempre Vainica Doble.

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