Al octavo día los poetas despreciaron la serpiente, Ilhan Berk añadió entonces una torre al Mar de Galilea, el ciervo fue al mercado, la luz afiló su noticia en las columnas. El viento todavía no inclinaba el humo, no había moscas en el matadero. Al día siguiente el cuello de las floristas se alargó hasta el primer centenario, la tierra se desnudó, Ilhan pensó en todas las cosas que no había hecho.
Era el séptimo día, es decir, un
huevo de alondra. Ilhan se avergonzaba ante su saber porque no llovía y la rama
de olivo ya había sido cortada. Entonces llevó a sus hijos al cine, fue al
taller del zapatero, compró panecillos. Cayó la noche como una pelota de goma
en el patio de al lado. Ilhan la recogió y la puso en la puerta del sexto día
para que jugaran Ivy, Leila y Ahmet.
Así fue, llegó el quinto día
preguntando dónde vendían pescado, la hija del afilador fue en bicicleta a
llevarle pan a su erizo, las rosas salieron del aburrimiento, el amarillo
eligió su oficio.
Deprisa se hizo la noche cuarta,
salieron los rebaños sobre las chimeneas, la luna pacía con las gacelas y los
membrillos olían como los bazares. Ilhan hizo café de higo, pensó en una llave
y se acostó.
Al tercer día se oyó decir que
alguien había inventado una silla, Ilhan miró al sol, se acordó del desierto y
le envió una carta. Le había crecido la barba como un jardín y fue a dar una
vuelta por Estambul.
Era ya la víspera del primer día
cuando una mujer preguntó la hora en qué habría de nacer su hijo. Tenía la cara
pálida como las manos de las lavanderas. Eso quiere decir que alguien podía
hervir agua y regar los geranios al levantarse, también ir a una isla y
regresar. Ya casi era hoy.
Las gallinas cantaban, sus patas eran
azules como la historia de un viaje contado en la cantina. Puede oírse el
cielo, dijo.
Al día siguiente Ilhan se puso una
camisa blanca y descansó.
[Arte y texto de Juan Carlos Mestre]
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