Me siento en un banco del muelle de Santurce junto a la escultura que recuerda a los niños que fueron evacuados en barco de este mismo lugar en la primavera de 1937. Son dos críos, seguramente dos hermanos cogidos de la mano junto a una vieja maleta. Trato de imaginar lo que llevaban en ella aquel día: media docena de mudas, unas blusas, dos jerséis gordos y unas gorras de lana.
“Hay cosas que una nunca olvidan, por muchos
años que pasen. Tuve mi primera regla mientras jugaba en el patio de una
residencia francesa. Me asusté tanto que empecé a llorar creyendo que tenía una
herida, hasta que una cuidadora me atendió, me explicó cómo ponerme unos paños
y me tranquilizó”.
Cuando me lo cuenta se emociona y recuerda la ausencia de su madre. “Yo
la necesitaba a ella”. Viene también a mi memoria el triste viaje de Victoria,
la hija de aquel concejal comunista de Gijón. Salió con su hermanito cogida de
la mano desde el puerto de El Musel tres meses más tarde que los niños
vascos y no volvió a ver a su padre. Lo fusilaron poco después de la caída de
Asturias.
“No
puedo olvidar la partida. Todos allí, amontonados en las bodegas. Recuerdo a un
niño con el dedito enfermo. Fue todo el viaje llorando. Ay, mi dedito, ay, mi
dedito. Hasta que llegamos a aquel barco ruso donde se lo curaron. Esa noche
nos dieron caviar para cenar, pero nosotros, pobres, nunca habíamos comido eso
y no nos gustó. ¡Cómo nos trataron de bien aquellos marineros!”
Los
soviéticos, sin cuernos ni rabos,
les atendieron como si fueron sus propios hijos en unas colonias cerca
de Moscú, donde vivieron unos años rodeados de cariño hasta que los alemanes
invadieron la URSS. Entonces llegó de nuevo el miedo y revivieron la tragedia
que habían padecido en su propio país en 1936. “Los rusos nos evacuaron
entonces más allá de los Urales hacia Siberia, Saratov, Ufá y
Novosibirski”. Mientras me lo cuenta va trazando con el dedo una línea
imaginaria en la página de un viejo atlas que tiembla entre sus manos. “A mi
hermana la llevaron a Taskent con los más mayores, a trabajar a las fábricas de
armamento”. Al terminar su relato brindamos con vodka por aquellos rusos y le
tiembla la barbilla. Me dice que algunos murieron en Stalingrado. Cuánto dolor
y cuánto sacrificio.
Los niños que fueron
evacuados a Francia, Bélgica o Inglaterra, regresaron al terminar la
guerra a una España miserable de “vencedores y vencidos” como la de Areilza en
su famoso discurso. Ya lo dijo Agustín González en aquella película tan hermosa
y descorazonadora. “No hijo, no ha llegado la paz, ha llegado la victoria”. Los
niños rusos volvieron más tarde, no todos, veinte años después, a mediados
de los años cincuenta, convertidos ya en hombres y mujeres con oficios y
formación, algunos incluso universitaria, algo absolutamente impensable para
los hijos de los trabajadores en aquella España de entonces, donde solo había
sitio en las aulas para los ricos. Victoria llegó a ser encargada de una gran
empresa en Rusia y tuvo más de cien hombres a su cargo. Allí conoció a un chico
de Bilbao, de los que salieron de Santurce, y se casaron. A su regreso a nuestro país se instalaron en
Basauri, donde pasaron a ser “los rusos”, gente discreta y amable que,
sin embargo, fue recibida al principio con recelo por sus vecinos y vigilada
por las autoridades franquistas, temerosas de aquellos jóvenes educados en el comunismo.
“Lo éramos, del PCE y del PCUS. Un día antes del 1 de Mayo la Policía venía a
casa, lo revolvían todo y a veces nos llevaban detenidos hasta que pasase
aquella fecha”. Todo era nuevo para ellos en aquella España que trataba de
olvidar la guerra, sumida todavía en el atraso y la ignorancia, donde las
mujeres se llevaron la peor parte, relegadas a sus labores domésticas como
imponía el nacionalcatolicismo.
“Cuando llegué aquí me presenté en una fábrica.
Les dije que había sido encargada en una empresa en Rusia y se rieron de mí.
Tuve que trabajar durante años montando pinzas de madera en casa para una
serrería y lavando buzos de trabajadores de Firestone y la Basconia. Lo peor
eran las costumbres y la escasa educación que había en España. Recuerdo cuando
les hablaba a mis amigas de Basauri de los métodos anticonceptivos. Me miraban
asustadas, avergonzadas, como si viniera de otro planeta”.
Mientras cierro los ojos imaginando a Victoria, rebelde, insumisa y tierna, tratando de explicar a aquellas mujeres que podían ser igual que los hombres, empieza a llover en el muelle de Santurce. Me acerco a los dos críos de bronce y acaricio sus caras como si aún estuvieran aquí, a punto de partir. En realidad, seguirán siempre vivos en mi memoria.
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