Los poco más de cuatro minutos de The trooper (‘El soldado de caballería’) constituyeron el quinto corte del álbum Piece of mind (luego, además, motivaría su segundo sencillo). Ese disco, grabado y publicado en el primer semestre de 1983, era el cuarto LP del grupo británico Iron Maiden, que había debutado con el homónimo Iron Maiden (1980), logrado el éxito con Killers (1981) y alcanzado la consagración con el mítico The number of the beast (1982).
La música y la sociedad de los primeros años de la
década de 1980 son tiempos de etiquetas, de tribus urbanas. Conviene adquirir
pronto una identidad propia… antes de que te la adjudiquen (con mejor o peor
suerte). Un grupo no troquelado en un estilo está condenado al ostracismo; su
destino es el olvido de las casas discográficas, de las radio fórmulas y, en el
mejor de los casos, la conversión en grupo de culto. No será el caso de estos
británicos, capaces de hacer reventar pabellones y estadios. Banda emblemática
de la suculenta explotación del merchandising, Iron Maiden tuvo
el acierto de dar con la tecla adecuada para crear una imagen y un sonido
inconfundiblemente propios.
Una canción de los Maiden se
distingue rápidamente, pues tiene el que se acuña como sonido
Maiden. Hasta tal punto, que Iron Maiden no es etiquetado, sino
que pasa a ser buque insignia, junto con los también británicos Saxon, entre
otros, de una nueva etiqueta, la NWOBHM (siglas del inglés New Wave Of British Heavy
Metal, ‘Nueva ola del heavy metal británico’).
Realmente, se trata de la segunda generación del Olimpo del rock duro que
gestaron los dioses del metal pesado: Led Zeppelin, Deep Purple y Black Sabbath.
El mencionado sonido Maiden tiene
unos parámetros imprescindibles. Su base rítmica es muy perceptible, no en
vano Steve Harris, prácticamente omnipresente en los créditos de los
temas, es el principal fundador del grupo, su alma máter y, antes que nada, un
virtuoso bajista, elegido en numerosas ocasiones por las revistas
especializadas como el mejor de los ejecutantes de las cuatro cuerdas. Por
ello, los temas de Iron Maiden tienen una línea de bajo muy destacada, tratada
y cuidada, que se presta al lucimiento de su líder.
No menos representativas son sus guitarras, épicas en
los riffs, armónicas cuando cabalgan paralelas, de
digitación límpida y melódica cuando llega el momento cumbre de puntear en los
solos…
¿Y la voz? Tras su primer disco, interpretado
por Paul Di’Anno, un nuevo vocalista llega a la banda. Su nombre
es Bruce Dickinson, y la potencia y timbre de su voz, así como su
descomunal y arrebatadora presencia en el escenario, completan el perfecto
rompecabezas musical del heavy metal.
Iron Maiden en Piece of mind:
Bruce Dickinson: voz.
Steve Harris: bajo.
Dave Murray: guitarra.
Adrian Smith: guitarra.
Nicko McBrain: batería.
The trooper no era la primera incursión de Iron Maiden en la temática histórica.
El gusto por los ambientes y personajes del pasado es una constante del grupo,
cuyo propio nombre (en español, La
Doncella de Hierro) alude a
cierto aparato de tortura medieval consistente en una suerte de sarcófago
repleto de afilados pinchos en cuyo interior se introducía -viva- a la
desafortunada víctima.
Cuando Dickinson, que ha cursado estudios superiores
de Historia Antigua, ingresa en el grupo y se convierte en su cantante
y frontman, Iron Maiden se ciñe aún más a unos temas que se
ajustan como un guante a su estilo musical épico, y que aportan un gran valor
añadido a las espectaculares puestas en escena de su directo (con su mascota,
el horripilante monstruo Eddie, disfrazado según convenga) y a sus negras
camisetas, lucidas por heavies del mundo entero. Así, por
ejemplo, antes de The trooper, Iron Maiden ya contaba en su
repertorio con temas tan significativos como The Ides of March (‘Idus de marzo’), Genghis
Khan o Run to the Hills (sobre el exterminio de los indios de las praderas en Estados Unidos).
En Piece of mind, amén de la canción que
nos ocupa, también figuran Where eagles dare (con la II Guerra Mundial como
telón de fondo) o Flight of Icarus (centrada en el mito
griego del vuelo de Ícaro). En el siguiente disco de estudio, Powerslave (un
homenaje iconográfico al antiguo
Egipto), llegarían Aces
high (tema al que da paso un discurso de Winston Churchill y
que versa sobre la batalla
de Inglaterra) o Two
minutes to midnight (sobre la Guerra Fría); y,
posteriormente, canciones como Alexander the Great, cuya
letra se dedica al soberano de Macedonia que todos ustedes imaginan.
Bien, pero ¿qué se narra en The trooper?
You’ll take my life but I’ll take yours too
You’ll fire your musket but I’ll run you through
So when you’re waiting for the next attack
You’d better stand there’s no turning back.
The bugle sounds and the charge begins
But on this battlefield no one wins
The smell of acrid smoke and horses breath
As I plunge on into certain death.
The horse he sweats with fear we break to run
The mighty roar of the Russian guns
And as we race towards the human wall
The screams of pain as my comrades fall.
We hurdle bodies that lay on the ground
And the Russians fire another round
We get so near yet so far away
We won’t live to fight another day.
We get so close near enough to fight
When a Russian gets me in his sights
He pulls the trigger and I feel the blow
A burst of rounds take my horse below.
And as I lay there gazing at the sky
My body’s numb and my throat is dry
And as I lay forgotten and alone
Without a tear I draw my parting groan.
Me quitaréis la vida, pero yo también a vosotros la vuestra
Dispararéis vuestros mosquetes, pero yo atravesaré
[vuestras líneas]
Así que cuando estéis esperando un nuevo ataque
Mejor para vosotros si os mantenéis firmes, pues no
habrá retirada.
Suena la corneta y la carga comienza
Pero en este campo de batalla nadie va a ganar
[Siento] el olor del humo acre y el aliento de los
caballos
Según me sumerjo en una muerte segura.
Mi caballo suda de miedo, arrancamos la cabalgada
El potente rugido de las baterías de cañones rusos
Y según corremos hacia la muralla humana
[Se escuchan] los gritos de dolor de mis camaradas al
ser abatidos.
Saltamos sobre los cuerpos de los ya caídos al suelo
Y los rusos efectúan otra descarga
Conseguimos acercarnos, pero aún estamos muy lejos
No viviremos para luchar otro día.
Ya nos acercamos lo suficiente como para poder luchar
[cuerpo a cuerpo]
Cuando un ruso me tiene a tiro en su punto de mira
Aprieta el gatillo y yo siento el impacto
Una ráfaga de disparos derriba a mi caballo.
Y mientras yazgo mirando fijamente al cielo
Con mi cuerpo entumecido y la garganta seca
Y mientras yazgo olvidado y solo
Sin [derramar] una lágrima perfilo el gemido de mi
despedida.
Quizá el lector pueda adivinar el episodio histórico
del que se trata si se recuerdan los versos del poeta inglés Alfred Tennyson (“Hacia el Valle de la Muerte cabalgaron los seiscientos…”), quien
imaginó con su pluma la misma escena que Iron Maiden con sus instrumentos
eléctricos; o un famoso largometraje de 1936, dirigido por Michael Curtiz y
protagonizado por Errol Flynn.
Sí, La carga de la Brigada Ligera, o lo que es lo mismo, uno de los más paradigmáticos ejemplos de cómo una calamitosa acción militar desde el punto de vista táctico, que muestra un completo desprecio por la vida de los combatientes, de la carne de cañón propia, termina por convertirse y pasar a la historia como un símbolo de la valentía, del heroísmo y de los más acendrados valores de una nación, en este caso la Inglaterra victoriana, para la que toda propaganda resulta escasa en ese sentido.
Desde 1853 hasta 1856, se desarrolló la guerra de Crimea, así
llamada por ser su principal escenario la península de tal nombre, hoy perteneciente
a Ucrania. En aquel conflicto, el Imperio
ruso se enfrentó a una
coalición integrada por Gran
Bretaña, Francia, el Imperio Otomano y
el reino de Piamonte-Cerdeña.
Uno de los combates más recordados de aquella
contienda fue la batalla de Balaklava, que tuvo lugar el 25 de octubre de 1854. Aquel
día, la Brigada de Caballería
Ligera británica se lanzó
en persecución de las tropas rusas que habían huido tras su fallido intento de
levantar en Balaklava (actual Sebastopol) el asedio aliado sobre la Flota rusa
del mar Negro.
El trooper o ‘soldado de
caballería’ de Iron Maiden es uno de los miembros de aquella Brigada. Pertenece
a alguno de los regimientos de Húsares,
Lanceros o Dragones que la
integraban y a cuyo mando se encontraba el general James Thomas Brudenell, conde de Cardigan. La carga, parece que propiciada por una mala
interpretación de las órdenes (posiblemente ambiguas) recibidas del jefe de los
ejércitos británicos en aquella contienda, Fitzroy James Henry Somerset, barón Raglan, condujo a la Brigada por un pasillo donde fue
prácticamente aniquilada por el fuego ruso.
La última estrofa de The trooper constituye
una escalofriante y vívida descripción de lo que el guerrero debe sentir, no ya
al morir, sino al verse arrojado a la muerte por sus superiores, por órdenes
que le son ajenas y desconoce, pero que tiene que cumplir por su patria,
representada en el campo de batalla por una bandera que siempre porta un
camarada, por un estandarte que nunca debe perderse y que ha de protegerse con
la vida para que no caiga en poder del enemigo.
El sentimiento del valor, del deber, del honor; pero también, más sí cabe, el horror de la guerra, el horror de la muerte, presentes en la historia en millares de batallas como la de Balaklava, reflejados, esta vez, por un gran grupo de heavy metal.
[ESTE ARTÍCULO
APARECIÓ EN ANATOMÍA DE LA HISTORIA POR VEZ PRIMERA
EL 24 DE AGOSTO DE 2011]
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