En recuerdo de Hobsbawm, por Joaquim Prats


Eric Hobsbawm
 falleció el 1 de octubre de 2012 a los noventa y cinco años de edad. Este es un recuerdo del que ha sido uno de los grandes historiadores del siglo XX, quizá el que más ha influido en la formación de historiadores y profesores de Historia, tanto en Europa como en Iberoamérica.

Mi generación descubrió la Historia social con la lectura de dos libros que marcaron nuestra formación: Crecimiento y desarrollo, de Pierre Vilar y Rebeldes primitivos de Eric Hobsbawm. Nos abrieron los ojos y las mentes a una Historia interesante, renovada, que consideraba a los pueblos, a las gentes, en suma, a la sociedad, la principal protagonista del devenir histórico.

Vilar y Hobsbawm eran dos historiadores marxistas (militantes comunistas) que se mantuvieron fieles a su ideología hasta el final de sus días y constituyen un ejemplo de coherencia intelectual y cívica. En el caso de Hobsbawm a pesar de las críticas tan contundentes que recibió de otros historiadores, como es el caso de Tony Judt, tras la caída el Muro de Berlín.


La obra de Hobsbawm es tan extensa como su vida: desde su contribución al debate sobre la transición del feudalismo al capitalismo, los ensayos sobre las revoluciones y los revolucionarios del siglo XIX y XX, el estudio de los nacionalismos, los trabajos sobre la clase obrera y las revueltas campesinas, hasta sus aportaciones a la teoría historiográfica.

Sus obras de síntesis sobre el siglo XX son una de las reflexiones más lúcidas y fundamentadas de la historiografía occidental. La de mayor difusión (traducida a 36 idiomas) es la Historia del siglo XX (The Age of Extremes: the short twentieth century, 1914-1991,), la cual para algunos constituye la más accesible, renovadora y rigurosa historia universal contemporánea.

Su vida, narrada en su autobiografía Años interesantes: una vida en el siglo XX (Crítica, 2003) es un apasionante relato de su trayectoria en lo que él denomina el “corto siglo XX”. Nacido en Alejandría de familia judía, formado en Viena y Berlín, se estableció en Inglaterra cuando el nazismo comenzaba su escalada antisemita.

En 1936 ingresó en el Comunist Party, donde militó hasta su disolución en 1989. Formó parte del grupo denominado “Club de los Apóstoles”, sociedad secreta en la Universidad de Cambridge integrada por los más distinguidos intelectuales que compaginaban distinción e ideas marxistas.

Hobsbawm ha sido el más influyente y prolífico de los historiadores británicos, entre los que se encuentra E. P. ThompsonChristopher HillMaurice H. DobbRodney Hilton y otros, que tanto esplendor han dado a la mejor historiografía europea.

Para Hobsbawm no existía “el fin de la Historia”, como señalaba el titular del obituario que le dedicó The Guardian, en clara referencia al libro de Francis Fukuyama que pronosticaba el final de los grandes cambios históricos tras la caída del Muro de Berlín. En su último libro, publicado el año pasado –Cómo cambiar el mundo. 1848-2011 (Crítica 2011)– sigue propugnado el espíritu de progreso, que arranca de la Ilustración y que augura grandes transformaciones.


“No sé todavía las consecuencias de la grave y duradera actual crisis mundial, -decía en un artículo publicado hace tres años- pero sin duda marcará el fin del tipo de capitalismo de libre mercado que capturó al mundo y a sus gobiernos en los años transcurridos desde Margaret Thatcher y el presidente Reagan”.

Para Hobsbawm, una política progresista necesita una ruptura con los supuestos económicos y morales de los últimos 30 años. Es necesario volver a la convicción, afirma, de que el crecimiento económico y la prosperidad son un medio y no un fin.

Su compromiso político no le restó jamás lucidez y objetividad. En una entrevista que le hicimos en la revista AULA Historia Social, nos comentó: “es cierto que la Historia es siempre un asunto sumamente politizado. El problema no es evitar la politización pero lo que sí puede evitar es subordinar el análisis histórico a fines políticos”.

La izquierda y los nacionalismos han intentado utilizar la Historia para legitimarse, unos para sustentar su agenda política, otros porque cambian una historiografía del pasado nacional por una historiografía nacionalista.

En la misma entrevista acababa diciendo que no era posible impedir el uso de la Historia con fines políticos pero se podía evitar escribir para un debate político en términos históricos. “La función de los historiadores -señalaba- es precisamente hacerse molestos a los políticos”. Ahora más que nunca.

 

[Este artículo apareció el 26 de noviembre de 2012 en la revista digital Anatomía de la Historia que yo dirigí.]

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