Este artículo es continuación de ‘El terrorismo en el País Vasco (1968-1981)’; por José Antonio Pérez Pérez'.
El 7 de junio de 1968, Txabi Etxebarrieta, el joven dirigente de ETA, disparó a bocajarro contra el guardia civil de Tráfico José Antonio Pardines y acabó con su vida. No fue un atentado planificado, ocurrió en un control de carretera situado en la localidad de Aduna (Gipuzkoa). Sin embargo, para entonces la organización ya había tomado la decisión de matar. Aquel encuentro fortuito solo sirvió para precipitar los acontecimientos que vinieron después. Unas horas más tarde, Etxebarrieta resultó muerto en Tolosa como consecuencia de los disparos efectuados por miembros de la Bemérita, tras ser interceptado cuando trataba de huir junto con su compañero Iñaki Sarasketa. Ese día, como afirma el historiador José María Garmendia, "cambió la historia del País Vasco para siempre". Nada fue igual a partir de entonces. ETA cruzó una línea que no se borraría hasta cuatro décadas más tarde. Una semana después de aquellos sucesos varias esposas de guardias civiles recibieron una carta firmada por el Comité Ejecutivo de la Resistencia Vasca. El contenido de la misiva no podía ser más explícito ni más amenazador:
“Todas las fuerzas de
la nación vasca están en pie de guerra; por eso no sería de extrañar que
cualquier día que su marido se aventure a salir al monte (porque sabemos que va
por caminos extraños) aparezca con la cabeza separada del tronco o con el
cuerpo agujereado a balazos. Sería el primero pero no el último y es una pena,
porque nosotros no luchamos contra su marido sino contra el régimen de Madrid,
contra los superiores de su marido que mantienen encadenada a nuestra Patria, a
quienes su marido ayuda, deberemos luchar contra él, matarlo y degollarlo si es
preciso. Los atentados y ataques contra los cuarteles aún no se han producido,
pero se producirán en un futuro próximo, porque para eso trabajamos nosotros,
por eso le prevengo de que convenza a su marido [de] que abandone sus
actividades contrarias al pueblo vasco. Ahora está a tiempo, después podría ser
tarde, porque las actividades patrióticas irán desarrollándose [...]. Todos los
que han desarrollado actividades contra el Pueblo Vasco no serán fusilados,
serán degollados y sus cuerpos echados a los perros para que beban su sangre y
el resto será echado al monte para que sirva de pasto a los buitres y de nada servirán
que se escapen, pues de la misma forma que los judíos encontraron a sus
asesinos, también los encontrarán a ellos. Y una vez que los hayan encontrado,
los exterminarán como si de una plaga se tratase, para mandarles al infierno”.
A partir de ese momento,
los miembros de la Guardia Civil se convirtieron en el objetivo
principal de los atentados de la banda, en la representación más genuina del
ocupante, del opresor del Pueblo Vasco, del enemigo al que había que matar con
el fin de lograr sus objetivos de liberar a Euskadi. Para ello, fue necesario
reducir a los agentes de este cuerpo a simples uniformes, despojarlos de su
humanidad. El término txakurras (‘perros’, en euskera) refleja
perfectamente la intención de quienes apretaban el gatillo y de quienes
jaleaban los atentados de ETA: tratarlos como animales rabiosos a los que era
necesario exterminar.
La estrategia
desplegada por la organización terrorista fue similar a la impulsada por otros
movimientos que propiciaron la persecución de diferentes grupos étnicos,
políticos o religiosos a lo largo del siglo XX. La brutal represión que
desplegó el régimen franquista contra cualquier sospechoso de formar parte, o de colaborar con
aquella organización, hizo el resto. Fue, sin duda, el gran éxito de ETA.
Como consecuencia de ello, miles de guardias destinados en el País Vasco se
vieron obligados a vivir a partir de entonces en unas condiciones
verdaderamente angustiosas, situados en el punto de mira de la organización
terrorista y discriminados por una parte de la sociedad vasca. Profundizar en
su historia y en la de sus familias, que sufrieron con ellos aquella situación,
contribuye a comprender la magnitud de uno de los episodios más siniestros de
nuestra historia más reciente. A ello se dedica el historiador Javier Gómez
Calvo en el capítulo inicial de este primer tomo.
Puedes leer el siguiente artículo de esta serie AQUÍ.
[Imagen: "Funeral
en memoria de los tres guardias civiles asesinados en Aránzazu el 5 de
septiembre de 1975", Archivo Municipal de Bilbao, Fondo La Gaceta del Norte.]
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