Leer a Ian McEwan… Así comienza un poema mío. Jardín de cemento es su primera novela. The Cement Garden fue publicada cuando su autor tenía 30 años, en 1978, y cuatro años más tarde la tradujo espléndidamente al español Antonio-Prometeo Moya. Es la decimotercera novela de McEwan que leo.
“Yo no maté a
mi padre, pero a veces me he sentido como si hubiera contribuido a ello. Y, de
no ser porque coincidió con un momento específico de mi desarrollo físico, su
muerte me pareció insignificante comparada con lo que siguió. Mis hermanas y yo
hablamos de él durante la semana que siguió a su muerte y, a decir verdad, Sue
se echó a llorar cuando los enfermeros lo envolvieron en una manta rojo chillón
y se lo llevaron. Era un hombre frágil, irascible, obsesivo y de manos y rostro
amarillentos. Si incluyo aquí el breve relato de su muerte es únicamente para
explicar por qué mis hermanas y yo tuvimos a nuestra disposición tanto cemento”.
Así comienza la impresionante novela que es Jardín de cemento. No está mal como debut de un novelista que es ya uno de los indudablemente mejores y más reconocidos escritores mundiales.
De la limpia sordidez adolescente, infantil, preadulta, que abarrota como
plomo helado la primera novela de McEwan podría decirse que responde a un
ejercicio artístico de literatura mayúscula, de aquella que crea una especial
pesadumbre comprensible y por tanto humana, tan próxima como la siguiente
página de los libros emocionantes que nos tienen sutilmente en vilo.
“Tampoco sabía
yo dilucidar si lo que habíamos hecho era algo normal, comprensible, aun
tratándose de un error, o bien algo tan insólito que, de descubrirse alguna
vez, ocuparía la primera plana de todos los periódicos del país. O ni siquiera
eso, sino más bien como esas noticias que salen en la página más escondida del
periódico local, que uno las lee y en las que no vuelve a pensar. Al igual que
la imagen del rostro de mi madre, todos mis pensamientos se disolvieron hasta
desaparecer”.
¿Cuánto de sueño y cuánto de realidad componen nuestros días en esa larga y
veloz noche de la adolescencia, atrapada desde la primera infancia entre la
ignorancia y la indolencia, a menudo incluyendo los tiempos de la juventud?
“Cuando tenía
cuatro años, creía que era mi madre quien inventaba los sueños que tenía por la
noche. Si me preguntaba por la mañana, como a veces hacía, por lo que había
soñado, era para ver si yo le decía la verdad”.
La presencia inconmensurable de los padres, especialmente de la madre infinita a la que no se sabe bien cómo amar del todo, se hace magnífica lectura en esta primera obra de arte literario del escritor británico.
“—Es curioso
—dijo—, he perdido la noción del tiempo. Es como si siempre hubiera sido igual
que ahora. No alcanzo a recordar qué ocurría cuando mamá vivía, ni puedo
imaginar que nada haya cambiado. Todo parece inmóvil y fijo, y me parece que
por eso no le temo a nada.
—Salvo cuando
bajo al sótano —dije—, me siento como en un sueño. Las semanas pasan sin que me
dé cuenta y, si me preguntaras qué ocurrió hace tres días, no sabría
decírtelo”.
Jardín de cemento es, a su manera, un sueño precioso. ¿No es así?
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