La esencia del libro de Simon Critchley titulado En qué pensamos cuando pensamos en fútbol queda resumida en el siguiente párrafo:
“Para mi
sorpresa y satisfacción, mientras escribía este libro, descubrí que muchas de
las cuestiones que considero filosóficamente ciertas (referentes a asuntos tan
genéricos como el espacio, el tiempo, la pasión, la razón, la estética, la
moral y la política) resultaban aún más ciertas en su aplicación futbolística.
Por supuesto, esto implicaría que o bien la filosofía puede verse reducida a
una disciplina deportiva que muchos considerarían banal, o bien que el fútbol
nos ofrece un acceso privilegiado a un conocimiento permanente sobre lo que
significa ser humano en este mundo. Espero poder persuadir al lector de que
esta última es la opción buena”.
Este es el libro de un hincha (que piensa)
El libro de Critchley es (también), hay que decirlo, el libro de un
hincha (“he sido un apasionado del fútbol durante toda mi vida”):
“Debería
confesar que no he escrito este libro desde una perspectiva neutral. Mi único
compromiso religioso es para con el Liverpool Fútbol Club”.
Critchley admite haber sido criado en una devoción fanática hacia el
Liverpool y considera que ha de evidenciar ese compromiso: “porque la
lealtad a un equipo, a una identidad, a un territorio, a una historia
constituye buena parte de la experiencia futbolística, y sobre eso tratan estas
páginas”.
Pero en las páginas de En qué pensamos cuando pensamos en fútbol aprendemos
que, “cuando la devoción degenera en dogmatismo, se traslada hacia la violencia
verbal e incluso física, no puede decirse simplemente que se haya torcido algo:
es más bien que se ha extraviado el sentido básico del fútbol”.
“Hay una
racionalidad inherente al fútbol que permite mantener un compromiso apasionado hacia
el equipo propio y a la vez tolerar, comprender, incluso apoyar, que se anime
sentidamente a los equipos ajenos. En este punto, cuando los hinchas de dos
equipos rivales se encuentran, se establece una discusión de ida y vuelta, a
menudo de lo más interesante, en la que ambos cuentan con sus razones y con sus
pruebas. El fútbol es una disputa y el objetivo de este libro no consiste en
resolverla sino en describirla y seguir alentándolas”.
Sobre la poética del fútbol
Lo que se despliega con el fútbol es “una dimensión especial de la
experiencia temporal”. El fútbol es capaz de trasladarnos a “un estado de
euforia fugaz y compartido”: a eso es a lo que se le llama (a eso es a lo que Critchley
llama) “el éxtasis sensorial”.
“Así que
estamos inmersos en el momento, viendo el partido, rendidos por completo al
presente, aguardando el momento entre momentos, ante un futuro abierto e
incierto. Pero en ese instante el pasado se borra, se va borrando continuamente,
como la memoria de un pez dorado. El pasado de un partido se olvida con rapidez
y a veces cuesta recordarlo”.
Un juego basado en la repetición (que tiene lugar) entre lo objetivo y lo
subjetivo
Los jugadores (y los hinchas) saben que el fútbol es un juego, por tanto,
algo festivo, pero aun así han de jugar con “una seriedad alegre”.
“El juego tiene prioridad
sobre la consciencia del juego”.
Todo se reduce al juego, no a la consciencia del juego: “el fútbol es un juego de movimiento, estructura y forma. Ni es objetivo es un sentido naturalista, pues no puede ser explicado a través de los procedimientos de la ciencia empírica, ni es meramente subjetivo”. Se juega en una zona intermedia entre lo objetivo y lo subjetivo.
Aunque no nos demos del todo cuenta, estamos familiarizados con “la
peculiar mezcolanza de realidad e irrealidad que define la experiencia del partido
de fútbol”. Porque el fútbol tiene lugar “en el reino de la fantasía”, algo
que no es delirio subjetivo pero tampoco algo objetivamente real.
El deporte espectáculo llamado fútbol “no es sólo mediación hasta el final:
su naturaleza consiste únicamente en la reproducción, en una sucesión
interminable de actos miméticos y creativos”. De alguna manera, su
esencia radica en la repetición: en el partido que vemos, en el anterior y
en el siguiente.
El teatro de la identidad (y de la no identidad)
Afirma Critchley que el fútbol “es un drama más cargado de verdad que el
teatro”: es el teatro de la identidad (familia, tribu, ciudad, nación).
También es “el lugar donde el drama de la identidad nacional y la no identidad
se representa de manera trascendental sobre una historia de guerra y de violencia”.
Su verdad ocurre en la actuación y como actuación. Su esencia “se
manifiesta durante el partido, mientras el balón está en juego”.
El fútbol, el juego, “se juega en sí mismo, y los jugadores han de
extraviarse en él”, pero, además, dicho juego acontece “delante de y para
los espectadores”. Donde existe el partido es en el espectador, “el
partido no es para los jugadores, sino para nosotros los hinchas”.
El pensador inglés reconoce que no hay educación moral alguna en el fútbol:
aunque hayamos visto un partido electrizante, cuando acaba… “la vida sigue”.
[Continuará.]
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