La cafetería-restaurante Rolando servía desayunos y menú del día. Sus profesionales empleados, sus precios moderados y su ubicación céntrica, en la calle del Correo, al lado de la madrileña Puerta del Sol, atraían a una clientela numerosa y variada: vecinos, oficinistas, obreros, estudiantes, viajantes, turistas, periodistas, gente de paso, funcionarios de todo tipo, como los administrativos y policías de la cercana Dirección General de Seguridad (DGS).
El viernes 13 de septiembre de 1974 la larga barra del local estaba repleta de parroquianos. En el sumario consiguiente a los hechos que relatamos consta que los empleados no observaron «nada anormal». A las 14:00 horas entraron los primeros comensales al comedor. Las mesas fueron ocupadas por asiduos como Concepción Pérez Paíno, administrativa en el Departamento de Archivo de la DGS, o Francisca Baeza Alarcón, maestra de Ciudad Real, pero también por clientes nuevos: los recién casados Antonio Alonso Palacín y María Jesús Arcos Tirado, ambos aragoneses; el matrimonio formado por los gallegos Baldomero Barral Fernández y María José Pérez Martínez; o Emelina Martín y sus hijas, Emelina y Dolores Aguado Martín, de 14 y 6 años de edad.
En otra mesa se sentaban dos chicos
franceses: Bernard Oyarzabal Bidegorri y María Lourdes Cristóbal Elhorga.
Era la tercera vez que estaban en aquel salón. Como había ocurrido unos días
antes, les atendió Manuel Llanos. Según confesaría Eva Forest, a
María Lourdes «le había impresionado mucho (...) el camarero que le servía, un
hombre joven y muy simpático». En efecto, diversos testimonios coinciden en
describir a Manuel como un profesional de la hostelería vocacional, sociable y
dicharachero. En la ocasión anterior los miembros de ETA le habían dejado una
generosa propina, por lo que temieron que les reconociese y, de algún modo,
descubriese sus planes. Por si acaso, los aceleraron. María Lourdes fingió que
se sentía mal y Manuel, solícito, fue a la barra a pedir una tisana para ella.
Antes de que volviera, los etarras abandonaron el establecimiento. Justo al
lado de su mesa habían dejado una bomba de relojería compuesta por entre
cinco y ocho kilogramos de dinamita goma 2E-C y 1.000 tuercas de unos dos centímetros
de diámetro.
El reloj marcaba las 14:30 horas
cuando explotó el artefacto. Manuel sufrió tales heridas que murió antes
de llegar al hospital. También perdieron la vida Concepción, Francisca,
Antonio, María Jesús, Baldomero, María José y otros comensales. Emelina y sus
hijas sobrevivieron, pero resultaron afectadas. Las niñas estuvieron ingresadas
durante 26 días.
La cafetería Rolando fue el epicentro
del terror, pero la onda expansiva de la bomba también impactó en el edificio
cuyos bajos ocupaba el negocio, así como en los locales adyacentes. El restaurante
Tobogán, enclavado en la calle Mayor, que tenía medianería con Rolando, fue
el que resultó peor parado. Cinco jóvenes burgalesas que habían viajado a
Madrid para presentarse a los exámenes de auxiliar de empresa en la Escuela de
Comercio habían quedado en el establecimiento para comer. Una, María Ángeles
Rey Martínez, falleció. Tenía 20 años.
La bomba mató a 11 personas y,
según el sumario judicial, causó lesiones a 73. Debido a las graves secuelas
que arrastraban, dos de los heridos murieron posteriormente: Gerardo García
Pérez el 29 de septiembre y Félix Ayuso Pinel, el único policía de la lista, el
11 de enero de 1977. El primer atentado indiscriminado de ETA arrojó un
balance final de 13 víctimas mortales y 71 heridos.
El lunes 16 de septiembre de 1974 Eva
Forest, la colaboradora de los terroristas, fue arrestada. A consecuencia de
sus delaciones, los miembros de su red, pero también aquellas personas que le
habían prestado sus casas sin saber que las iba a utilizar como infraestructura
de ETA. Forest aseguró a la Policía que era militante del PCE, lo que era
mentira e hizo sospechar de la implicación del partido de Santiago Carrillo.
Sin embargo, todas las pruebas apuntaban a ETA. Las FCS llegaron al refugio de
Alcorcón, pero demasiado tarde: los autores materiales de la matanza habían
huido cinco días antes.
El 7 de diciembre de 1974 el Juzgado
Militar de Jefes y Oficiales emitió una orden de busca y captura del miembro de
ETA Potxolo y, dos días después, otra de los autores materiales
de la masacre: Bernard Oyarzabal y María Lourdes Cristóbal. No obstante, nunca
fueron detenidos. El Gobierno de Francia se negaba sistemáticamente a
extraditar a terroristas amparándose en un convenio internacional de 1877.
El 1 de junio de 1977 fue excarcelada
Eva Forest, que defendió ante la prensa que no había tenido nada que ver con la
masacre. En sus palabras, «la solidaridad del pueblo es lo que me ha hecho
sentirme fuerte en la cárcel». Ella y su marido Alfonso Sastre, integrados en
el entorno de ETA, se trasladaron a Fuenterrabía.
En octubre de 1977 las Cortes
españolas aprobaron la Ley de Amnistía, que extinguió la
responsabilidad penal de los crímenes que había cometido la banda. También
la del atentado de Rolando.
Además de la justicia, a las víctimas
se les hurtó la verdad durante 44 años. Y es que, al enterarse del resultado de
su bomba, ETA no solo había negado su responsabilidad, sino que acusó a la
ultraderecha y a la dictadura franquista de haberla puesto. La izquierda
abertzale, parte de la oposición, medios de comunicación e intelectuales de
prestigio contribuyeron a difundir las teorías de la conspiración sobre la
matanza, que han tenido un largo recorrido. ETA no asumió la autoría del
atentado de la cafetería Rolando hasta su último boletín Zutabe, fechado
en abril de 2018.
[Este texto es una elaboración de los autores para Insurrección de su libro Dinamita, tuercas y mentiras. El atentado de la cafetería Rolando, publicado en 2024 por Tecnos.]
Por poco no es victima del atentado gabriel salgado perez....
ResponderEliminar¿se llegó a sospechar de ignacio zarzalejos altares?
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